El cobrador del Frac por Manolo Mellado Torres

Me habían enviado a Senegal a cobrar unas facturas de la Consejería de Sanidad. Una especie de hombre del frac.

En otras condiciones, nunca habría aceptado algo así, pero había conseguido ese empleo a través de un conocido, Eduardo Capriles, que pertenecía al partido del gobierno y que me debía ciertos favores desde cuando coincidimos en una empresa privada. Yo era bastante hábil en esos menesteres; había tenido cierto éxito negociando lo inverso, o sea, pagos a los proveedores en nombre de la Comunidad. Cuando me encargaron esa nueva actividad, me negué en redondo: no existía ninguna posibilidad de éxito.

–Pero, Eduardo…, ¿y qué gano yo con esto? –inquirí visiblemente nervioso, sabiendo que, en el muy probable caso de fracasar, me podía ir despidiendo del puesto de trabajo.

–“Tío”, olvídate, no lo puedes rechazar –me contestó tajante–. Eres consciente de que yo soy aquí tu único valedor. En las altas esferas estarías mal visto y ya no te podría garantizar la continuidad en el empleo que, aunque precario, en definitiva es un cargo de confianza.

–¡Huf! –resoplé, rindiéndome. Por desgracia, sabía que, por esa vez, Eduardo estaba en lo cierto.

–No repares en gastos. Lo importante no es lo que nos cueste, sino el resultado final –reiteró encarecidamente, soltando una frase hecha muy al estilo de políticos y autodenominados gestores de empresa–. Ya sabes cómo son los jefes. Además, tu fluido conocimiento del idioma inglés te hace la persona idónea. Aquí, excepto la señora, nadie sabe inglés, y eso que llevamos no sé cuantos años de educación bilingüe. Si por ella fuera, iría ella misma, pero ya está algo mayor; no es lo que era.

–Pero ¿qué dices? ¿Qué tiene que ver el inglés en todo esto? Si en Senegal se habla francés –le comenté extrañado.

–¿Sí? “No me jodas…”. Bueno ¿y qué más da? Todo el mundo habla inglés en esos países. Además tú estudiaste francés en el bachillerato, ¿no? Mira, al consejero no le podemos ir con problemas, sino con soluciones; así que te vas y punto.

Pues, eso. Allí estaba; con todas las vacunas del mundo puestas en cada centímetro cuadrado de mis brazos y la maleta llena de otras pócimas para los mosquitos y el paludismo, descendiendo del avión que me había llevado de París a Dakar, después de haber salido el día anterior de Madrid.

«¿Y ahora qué? ¿Y a quién entrego este montón de facturas? Unos cien mil euros de servicios médicos prestados a una serie de individuos, inmigrantes indocumentados, que dicen ser originarios de este país», recapacité, según pisaba el ardiente cemento de la pista de aterrizaje del aeropuerto.

–No el Señor Director no le puede recibir. Pero sí, tiene usted razón; hemos recibido unas cartas certificadas explicándonos su petición –me contestó educadamente la hermosa secretaria del Director General de Sanidad, en un francés casi perfecto, solamente aderezado con un ligero acento africano–. En cualquier caso, yo le comunicaré que ha estado aquí. Déjeme la dirección del hotel donde se hospeda y ya nos pondremos en contacto con usted.

Salí, mientras me pareció escuchar unas sonoras carcajadas provenientes del despacho del director.

Permanecí unos tres meses en el hotel. Aunque intentaba no parecer excesivamente pesado, siempre que podía me acercaba por la dirección general, no sólo para interesarme por mi asunto, sino también para disfrutar de la presencia de aquella secretaria, la cuál, además de simpática, agradable, de color caoba claro y nariz recta, era toda ella un conjunto de exuberantes curvas insinuantes; el prototipo de africana con la que todos los “blancos” tenemos la fantasía de compartir una noche. Me daba cita para seis o siete días más tarde, que luego cancelaba por diferentes motivos: enfermedad del director, una reunión importante no prevista con el ministro, una visita de dirigentes extranjeros del negocio del petróleo; «¿y qué diablos tendrían que ver las refinerías de petróleo con la sanidad?», me preguntaba yo. Cada vez que esto se repetía, me ponía en contacto con Madrid para insistir en que me parecía que no iba a conseguir ningún resultado positivo. Pero la respuesta era siempre la misma: «Mientras no te den una negativa, la cosa va por buen camino. Lo importante es que sientan tu presión, de forma que se establezca el procedimiento de cobros y después todo será coser y cantar».

En los primeros días que anduve por allí, lo prioritario fue interesarme por su sistema sanitario. Mis sospechas se cumplieron; la verdadera decepción vino cuando descubrí que los pocos hospitales existentes eran gestionados por cada ayuntamiento y los cobros los hacían los propios profesionales de la medicina: Después, si tenían una “iguala”, los ciudadanos podían reclamar el gasto.

«Entonces, ¿qué departamento tenía la responsabilidad de pagar las facturas?», me pregunté.

Desde que me cancelaban una reunión hasta que me fijaban otra nueva, no podía alejarme mucho; pero, previendo que era la última oportunidad que tenía antes de volver al desempleo, no podía desaprovechar el tiempo de asueto, así que hice algo de turismo empapándome de aquél exótico continente.

Cada semana me costaba del orden de dos mil euros, por lo que el total fue de unos treinta mil. En todo el proceso, invité a cenar a medio ministerio; no quedó nadie que tuviera cierta responsabilidad a quien no intentara ganarme para mi causa y apoyo. Me aseguraban que estaban haciendo todo lo humanamente posible, pero que los problemas sanitarios del país eran muy importantes y el señor director estaba saturado de trabajo; en cualquier caso, decían que había manifestado algunas veces que en cuanto pudiera se ocuparía de mi asunto. De hecho, en varias ocasiones me sugirieron que me volviera a España, que el director me llamaría en cuanto tuviera un hueco. Sin embargo, en Madrid insistían en que me mantuviese “in situ”.

Ante la indicación de la secretaria, el primer día de mi llegada había dejado una copia de las facturas en el ministerio. Waliya, que así se llamaba, se entretuvo por mera curiosidad leyendo la lista de personas objeto de la factura, incluyendo la ciudad de la que decían ser originarios. Descubrió el nombre de un hermano suyo que había desaparecido a los 16 años. Por intercesión de ella, el Director General decidió pagar esa única factura en que estaba implicado el hermano. Waliya, me imagino que para ganarse mi confianza, me confesó que recibió la orden de enviar la lista sólo a los registros civiles de las ciudades que aparecían en la misma, con el único propósito de utilizar los datos de gente que había emigrado y eliminarlas del rol de desaparecidos; en los casos de personas en que no aparecía ninguna ciudad de origen, se enviaron a Saint Louis.

Cuando el ingreso de aquella factura llegó a las arcas de la Comunidad, todo fueron alegrías y parabienes, porque a pesar de ser la única cobrada, entendían que se había abierto un procedimiento para el pago del resto y de las futuras que pudieran presentarse.

Dado el carácter humanitario del problema, el propio ministro decidió pagar el viaje de la secretaria y su familia a Madrid, a cargo del Gabinete de Dirección Técnica (cuya misión es la construcción de hospitales). Yo, por mi parte, me ofrecí a localizar al hermano.

A través de Eduardo, concerté una entrevista con la Consejería, donde la secretaria y su madre agradecieron personalmente el interés que nos habíamos tomado y Waliya transmitió el reconocimiento y deseos de amistad y entendimiento del ministerio de su país.

Se despidieron de los funcionarios, abrí la puerta del despacho, cedí el paso a las dos mujeres y mientras salía, di un leve tirón de la hoja de la puerta para no hacer demasiado ruido. Involuntariamente, se quedó ligeramente entreabierta y desde fuera escuché:

–Ya sabía yo que esto iba a salir bien. Estaba seguro. Como hicimos lo que teníamos que hacer… –expresó el consejero–. Todavía recuerdo la última conversación que tuvimos tú y yo antes de su partida:

–¿Qué, ha aceptado?

–Claro, no le quedaba más remedio – repitió Eduardo.

–Bien, no podemos permitirnos ningún problema. Ahora, piénsalo bien; que te quede claro que si hay el más mínimo incidente, tú te encargas de presentar a tu amigo como el chivo expiatorio; máxime cuando no es de nuestra cuerda.

–Ni siquiera del partido –terminó Eduardo riendo a medida que cerraba la puerta.

Ya en la calle, la madre entró en el taxi. Waliya apoyó sus carnosos labios sobre mi mejilla en un acto de despedida que se me antojó innecesariamente largo. Sentí su cálido aliento cerca del oído. Lenta y suavemente me comentó:

–Mi madre no va a dormir en el hotel esta noche. Después de cenar, y hasta que cojamos el avión mañana, quiere pasar todo el tiempo que queda con mi hermano. ¿Me invitas a tomar algo después de que se vayan los dos?

Manolo Mellado Torres

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