El Colegio de San Sebastián y sus usos culturales y sociales (1767-2013), por Víctor Manuel Heredia

Conferencia: Ateneo, miércoles 21 de mayo de 2014

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Víctor Manuel Heredia Flores. Universidad de Málaga

INTRODUCCIÓN

No es mi intención hablar en esta charla del origen y de la historia del Colegio de San Sebastián y Noviciado de la Compañía de Jesús, ni de las características artísticas ni de los valores arquitectónicos del complejo construido por los jesuitas entre los siglos XVI y XVII. Para ello existen otros especialistas, más doctos y sabios en esas materias que han pasado ya o van a hacerlo por esta tribuna.

En realidad, seguramente tampoco soy la persona más adecuada para hablarles del tema que me trae aquí hoy. Estoy profundamente convencido de que hay voces más autorizadas en la historia del edificio de San Sebastián o, si me lo permiten, de San Telmo. Porque el cambio de santo no es asunto menor a la hora de hablar de este inmueble. Si con los jesuitas el Colegio recibió la denominación del santo soldado martirizado por su fe, como edificio al servicio de la Monarquía borbónica y del Estado será más conocido por la advocación del santo dominico Pedro González, más conocido como San Telmo y hoy menos reconocido como patrono de los marineros y navegantes, que fue confesor del rey San Fernando y cuya festividad recaía antiguamente en el 14 de abril. Cuando Mónica me propuso esta charla me habló de la necesidad de contar la que podríamos llamar “vida civil” del edificio. Por tanto, el objeto principal de la presente charla es describir los usos que ha tenido el antiguo complejo de la Compañía de Jesús después de la expulsión de la orden de los reinos de España en 1767.

Vista desde la plaza de la Constitución, Óleo de Mariano Bertuchi (Archivo Familia Bertuchi)Vista desde la plaza de la Constitución, Óleo de Mariano Bertuchi (Archivo Familia Bertuchi).

La tarea se presenta compleja por la diversidad de instituciones que han ido pasando por este caserón y por las segregaciones que se hicieron a finales del siglo XVIII. Me ha parecido oportuno abordar este recorrido no solo a partir de las instituciones sociales, culturales y educativas que han tenido o tienen sede en San Telmo, sino que también he procurado tener en cuenta a las personas que han sido protagonistas de esas instituciones y que, por tanto, le han dado vida a este enorme e histórico inmueble. Profesores, maestros, alumnos, directivos, académicos, conserjes…, seleccionados de una manera algo descuidada y sin ningún afán de exhaustividad, desfilarán a lo largo de esta charla. Y aunque no hemos podido identificar su identidad, no quiero dejar de mencionar al fantasma que, según me comentaba el personal del Colegio de Prácticas, deambula por el edificio y hace alguna trastada de vez en cuando.

Tampoco puedo olvidar mi propia implicación personal con este lugar. Yo también fui a la EGB y también corrí y jugué (y hasta al fútbol) en los patios de este edificio. Y tampoco puedo dejar en el tintero una mención a mi amigo Miguel Fenech, gran conocedor y enamorado de San Telmo, y un reconocimiento a Pedro Davó, recientemente fallecido y a quien debemos muchas de las noticias documentales sobre este conjunto. En mi opinión, está pendiente un reconocimiento a la obra de un historiador leal y humilde de cuya fuente muchos hemos bebido en el último cuarto de siglo.

LAS INSTITUCIONES SOCIALES Y CULTURALES

A la hora de abordar la trayectoria del antiguo Noviciado jesuita a partir de 1767 hay que distinguir tres partes o sectores en el complejo:

-El edificio principal;

-La iglesia de San Sebastián, cuyo destino se mantuvo vinculado al anterior hasta mediados del siglo XIX;

-La esquina a la Plaza Mayor, que fue segregada para construir la sede del Montepío de Cosecheros.

Se puede decir que nos encontramos en el edificio que ha actuado como buque insignia de la cultura y de la enseñanza pública en pleno corazón de la ciudad. Desde que fuera incautado a la Compañía de Jesús, la Administración le ha ido dando sucesivos usos, siempre relacionados con actividades formativas y culturales, a veces albergando instituciones educativas públicas, a veces acogiendo a asociaciones privadas dedicadas a la promoción cultural. En el primer caso, las Reales Escuelas, el Colegio Náutico de San Telmo, la Escuela de Bellas Artes y las Escuelas Normales de Magisterio. En el segundo, la Academia de Bellas Artes, la Sociedad Económica de Amigos del País, la Sociedad Malagueña de Ciencias o el propio Ateneo. Las únicas excepciones, en cuanto que se trataba de instituciones de carácter marcadamente económico, han sido el Consulado y el Montepío de Cosecheros, aunque la primera tuvo entre sus fines el mantenimiento de actividades educativas.

Desde que las instituciones de poder abandonaron la Plaza Mayor a mediados del siglo XIX, caso del Ayuntamiento, la Casa del Gobernador o la cárcel, ha sido San Telmo el gran edificio que ha aglutinado las funciones públicas educativas, culturales y representativas en el corazón de la ciudad. Paso a relacionar los organismos, instituciones y asociaciones cuyo paso por el inmueble se conoce fehacientemente:

Siglo XVIII: Reales Escuelas (1767-hacia 1799)

Montepío de Cosecheros (1782-hacia 1829) Consulado Marítimo y Terrestre (1785-1859)

Colegio de San Telmo (1787-1847)

Siglo XIX: Sociedad Económica de Amigos del País (desde 1841)

Instituto Provincial (1847-49)

Academia de Bellas Artes (1850-1960)

Escuela de Bellas Artes (después de Artes y Oficios) (1851-1985)

Escuelas Normales de Magisterio (1859-1960)

Escuelas públicas anejas

Sociedad Malagueña de Ciencias (1878-hacia 1975)

Siglo XX: Museo de Bellas Artes (entre 1920 y 1960)

Colegio de Prácticas nº 1

Archivo intermedio de protocolos

Siglo XXI: Ateneo (desde el año 2000)

LAS REALES ESCUELAS

Las circunstancias e incidencias de la expulsión de los jesuitas de los reinos hispánicos y, en concreto, de la ciudad de Málaga ya han sido descritas con maestría y detalle por el doctor Soto Artuñedo, por lo que no me voy a detener en ello.

La primera transformación que se produjo en el edificio tras la expulsión tuvo un evidente significado simbólico. Siguiendo la orden de 31 de julio de 1767 que mandaba poner el escudo de armas reales en los edificios que habían sido de la Compañía, el corregidor marqués de Villel dispuso que el escudo real se colocara en el lugar en el que estuvo el de la orden. El cambio, que se realizó el 13 de octubre de 1768 y costó mil reales, pretendía borrar la huella de los jesuitas y marcaba la pertenencia del edificio a la Corona.

El enorme inmueble que quedaba disponible, con una privilegiada ubicación en el corazón de la ciudad, despertó rápidamente la atención de algunas instituciones, que en el mismo año solicitaron que les fuera cedido. Así lo hicieron las religiosas dominicas de la Aurora y la rectora del Colegio de Niñas Huérfanas. Pero el marqués de Villel informó que el edificio debía ser destinado a casa de estudios de gramática, filosofía y teología, dando de esa forma continuidad a la enseñanza impartida por los jesuitas hasta entonces. Finalmente los estudios de filosofía y teología se interrumpieron definitivamente, pero se pudieron mantener las escuelas de primeras letras y las cátedras de latinidad y retórica.

Las escuelas de primeras letras, rebautizadas ahora como Reales Escuelas, contaban con dos clases, una de leer y otra de escribir, que en el verano de 1767 eran frecuentadas por cerca de 900 alumnos. Dadas la nueva disponibilidad de espacio en el edificio fueron trasladadas a su interior desde unas casas que hacían esquina entre las calles San Telmo y Cobertizo de los Mártires, y que fueron vendidas en 1780 a José Ordóñez y Natera.

Una real cédula de 1769 destinaba el Colegio a casa de enseñanza o de pensión, dirigida por preceptores seculares, y con aulas y habitaciones para los maestros y profesores. Entre las instrucciones que debían seguir los maestros se indicaba expresamente que: “el profesor debe formar también en la virtud y santo temor de Dios, procurar dar buen ejemplo a sus discípulos y portarse con modestia y compostura en palabras y acciones”.

Las Reales Escuelas de Gramática siguieron utilizando los materiales didácticos de los jesuitas, aunque parece que no llegaron a funcionar bien y que las cátedras de latinidad y retórica ofrecieron un bajo rendimiento. Según un informe de 1779 no se había matriculado ningún alumno interno, había pocos externos y los estudios estaban en franca decadencia. Aunque pasaron a depender del Consulado en 1785, la situación de estas enseñanzas no mejoró, y nuevos informes fechados en 1800 inciden en los mismos problemas: los maestros eran muy mayores y no seguían un método común, los ayudantes se quejaban de sus bajos sueldos y los maestros de no disponer de vivienda en el mismo edificio, además existían desavenencias entre ellos… Entre las soluciones propuestas se señalaba que había que reunir todas las clases en una sola casa y que los maestros debían reunir excelentes condiciones de saber y moralidad, “sin hijas que puedan distraer a los jóvenes”.

El Consulado reunió las clases en una misma casa de la calle Compañía, cerca de Puerta Nueva, y redactó unas nuevas ordenanzas para el gobierno de las escuelas, que llegaron a tener 500 alumnos, dos maestros y cuatro ayudantes. Durante muchos años fue director de estas escuelas gratuitas don Antonio Cánovas, padre del futuro político, que al parecer también ejerció, con no demasiada pericia, la docencia en estas clases. Finalmente, el Ayuntamiento se hizo cargo de las clases de leer y escribir de la Junta de Comercio en 1850.

Las cátedras de latín y retórica heredadas del Colegio de los jesuitas se mantuvieron en un clima de desinterés y pasividad por parte de los profesores, que así expresaban su descontento por haber perdido las viviendas que disfrutaban en el edificio al crearse el Colegio de Náutica. Estos estudios humanísticos quedaron suprimidos en 1841, aunque los continuó a título particular Juan Hurtado de Mendoza hasta que se creó el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza.

Mientras tanto, el edificio apenas había sufrido transformaciones, si bien se iban a producir las más importantes de forma casi inmediata. Por un lado, la segregación de las cuatro casas de la calle de los Mártires, con la condición de que debía quedar a su espalda un callejón para dar luz al colegio y las viviendas, así como para servir para la recogida de aguas. Por otra parte, en 1779 se hicieron obras de adaptación para instalar las escuelas y las viviendas de los maestros, que supusieron la demolición de la pared divisoria entre el patio de los naranjos y el de la fuente, además de otras reformas menores.

EL MONTEPÍO DE COSECHEROS Y EL CONSULADO

El Montepío de Socorro a Cosecheros del Obispado de Málaga fue creado en 1776 con el objetivo de facilitar préstamos sin usura a los viñeros y agricultores que producían los frutos típicos del país, y sobre los que se basaba la riqueza mercantil de la ciudad. Dos años después solicitó parte del edificio de las Reales Escuelas para sus oficinas, puesto que no se había establecido el internado previsto por falta de demanda. Se le concedieron las piezas situadas en el extremo suroriental del Colegio, con la obligación de costear las obras precisas para independizar sus instalaciones de los locales destinados a escuelas. En concreto se trataba de las clases alta y baja de gramática, con su patio y fuente, que estaban junto al callejón. Las obras realizadas por el Montepío incluyeron la compra de un portal y un balcón del edificio-tribuna que daba a la Plaza Mayor para instalar una portada de acceso. Estas obras quedaron terminadas en 1782 y fueron dirigidas por el arquitecto José Martín de Aldehuela, que diseñó una portada de mármol gris de estilo neoclásico. En la parte superior, flanqueado por cestos de frutos, un gran medallón simboliza las funciones del Montepío de Cosecheros: un labrador se arrodilla ante una ninfa, representación alegórica de Málaga –sobre cuyo escudo se apoya-, la cual le da unas monedas en señal de recompensa mientras que con la otra mano rechaza a otro campesino en actitud abandonada. Sobre las imágenes figura el lema de la institución: “Socorre al diligente, niega al perezoso”.

Aldehuela tuvo que respetar la primera crujía de la fachada, que forma el edificio-balcón en el que se aloja la portada, con tres balconadas superpuestas destinadas a la contemplación de los espectáculos que se desarrollaban en la Plaza, y que es anterior al resto de la casa, por lo que la fachada y el espacio interior no guardan relación espacial, ya que son elementos independientes.

Por su parte, el Consulado Marítimo y Terrestre fue erigido en 1785 gracias a la iniciativa del marqués de la Sonora, con la finalidad de dar representación a los intereses mercantiles de la ciudad. Mientras conseguía una sede propia se le concedió el uso compartido de la casa del Montepío de Cosecheros, para que pudiera celebrar sus sesiones con estrados decentes y ante el retrato real bajo dosel. En el patio, rodeado de un banco de piedra, hay una fuente con una inscripción fechada en 1782, año en que se terminó la renovación de este sector. En las salas que dan al patio se distribuían el cuerpo de guardia, la caja de caudales, la bodega y el Tribunal del Consulado, mientras que en la planta alta se disponían varias salas para las cátedras y el salón de sesiones, con el retrato del monarca.

El Consulado quedaba encargado desde el mismo momento de su constitución de establecer escuelas gratuitas de comercio, pilotaje, agricultura y dibujo. En 1786 solicitó la cesión de todo el edificio del antiguo Colegio de San Sebastián para instalar su audiencia, las aulas y todas sus oficinas, con el compromiso de conservar y mantener a su costa las escuelas de primeras letras y latinidad que existían en la casa. Con esta obligación se dictó una real orden de 11 de julio de 1786 que concedía al Consulado todo el edificio, incluida la iglesia, que serviría como oratorio particular de las clases.

Las obras de adaptación comenzaron de forma inmediata, dirigidas de nuevo por Martín de Aldehuela, aunque su finalidad cambió apenas iniciadas, ya que el Consulado recibió al poco tiempo la orden de desalojar la mayor parte de los locales para facilitar la creación del Colegio de Náutica que pensaba erigir Su Majestad. En noviembre del mismo año se abrió comunicación entre el antiguo Colegio y el Montepío y el Consulado acordó con esta institución el uso compartido de la puerta de entrada desde la Plaza.

La adaptación dirigida por Aldehuela incluía, además de la adecuación del edificio para la nueva escuela de náutica, la preparación de un salón de actos y de las oficinas del Consulado. Sabemos que estaban terminadas en 1789, porque en ese año el arquitecto pidió el pago de sus honorarios como director de las obras.

El Consulado creó inmediatamente tras su creación las clases de idiomas, pilotaje, comercio y dibujo, pero fueron suprimidas al año siguiente cuando se creó el Colegio Náutico de San Telmo. Como entre las funciones del Consulado estaba el fomento de las enseñanzas profesionales, durante las décadas siguientes sostuvo, de manera intermitente, algunas cátedras de este tipo. En 1789 se autorizó la enseñanza de Comercio a cargo del Consulado en un aula cedida por San Telmo en el patio principal, aunque el tema no se volvió a tratar hasta 1797. No fue, de hecho, hasta 1818 cuando se puso en marcha la cátedra de Comercio y Economía Política en un salón del patio para cuyo más fácil acceso se abrió una puerta a la calle San Telmo. Hay noticias de que el Consulado hizo facilitar en 1799 un local en San Telmo para que se instalase una academia de arquitectura regentada por Tomás Hermoso, que tuvo que tener una breve existencia.

En 1833 se establecieron por disposición gubernamental las enseñanzas de Química y Geometría y Mecánica aplicadas a las artes, que dependían del Conservatorio de Artes de Madrid y cuya creación quedaba confiada a la Junta de Comercio, que era la nueva denominación del Consulado desde 1829. El Colegio de San Telmo de nuevo cedió los espacios necesarios en el edificio. La cátedra de Geometría y Mecánica empezó a funcionar en 1834 ocupando el sitio de la antigua aula de latín, regentada por el joven Eduardo María de Jáuregui, bajo cuya docencia alcanzó gran brillantez y desarrollo. En el curso 1839-1840 la matrícula pasó de 80 alumnos, entre los cuales se encontraban nombres como Cánovas del Castillo y Rodríguez de Berlanga. Una década más tarde, en 1844, se puso en marcha la cátedra de Química aplicada, para la que el Colegio Náutico cedió dos aulas, una para la clase y otra para el laboratorio, a cambio de que el director de San Telmo pudiera utilizar la tribuna de la Junta para asistir a los actos públicos. Poco después estas enseñanzas industriales quedaron bajo la supervisión del Instituto de Segunda Enseñanza. En 1822 se cerró, de mutuo acuerdo, la puerta de comunicación que mediaba entre la Casa del Consulado y el Colegio de San Telmo, quedando ambos edificios aislados entre sí.

Como dije más arriba, en 1829 el Consulado se convirtió en Junta de Comercio, y al ser extinguido el Montepío de Cosecheros, ocupó el resto del piso principal y otras dependencias para sus oficinas y juzgados. Aunque en 1849 la comisión liquidadora del Montepío pidió la entrega de la ya por entonces conocida como Casa del Consulado, la Junta se mantuvo en el inmueble hasta su extinción en 1859. En ese momento ya existían habitaciones arrendadas a particulares en el edificio.

LA SOCIEDAD ECONÓMICA DE AMIGOS DEL PAÍS

La Sociedad Económica de Amigos del País fue fundada en 1789 por la iniciativa de un grupo de miembros destacados del clero, la aristocracia, el ejército, las letras y el comercio de la ciudad con la finalidad de promover el desarrollo de la agricultura, la industria, el comercio y la educación, de acuerdo con los principios de las élites ilustradas. Es la más tardía de las tres instituciones malagueñas más características de la Ilustración, junto con el Montepío y el Consulado, y también la última en llegar a la casa de la Plaza de la Constitución.

La Sociedad carecía de sede propia, de forma que se solía reunir en los salones capitulares del Ayuntamiento, hasta que, según Bejarano, en 1841 se le concedió permiso para celebrar sus reuniones en el salón de la Junta de Comercio. Años más tarde, en 1856 consiguió que se le asignase un espacio en la Casa del Consulado, gracias a las gestiones de Jorge Loring. En este edificio, que compartió durante un tiempo con el Tribunal de Comercio, pudo instalar su espléndida biblioteca, auténtica joya de la Sociedad, que la mantenía abierta al público en el piso principal de la casa. En la crujía de la fachada aún se mantuvieron locales y viviendas de uso particular que contaban con un acceso independiente.

Asentada como principal ocupante del inmueble, la Económica acabó por darle denominación también, y se convirtió en la base de operaciones de una intensa labor social, educativa y cultural. El periodo de mayor brillantez en este sentido fue el que coincidió con la llegada del político republicano Pedro Gómez Chaix a la dirección de la Sociedad, en la que se mantuvo entre 1906 y 1926. Entre los numerosos proyectos desarrollados “en pro de la cultura popular” en esa etapa se pueden destacar las clases nocturnas gratuitas de diversas materias mercantiles e industriales, las conferencias, las exposiciones de labores y trabajos manuales y los certámenes escolares. Todo ello sin descuidar el mantenimiento de la biblioteca pública de la institución, única que llegó a tener un inventario impreso, y de otras iniciativas de mayor alcance como la promoción de un conjunto de casas para los obreros damnificados por la inundación de 1907, que dio lugar al Barrio Obrero América.

Gómez Chaix, hijo de Pedro Gómez Gómez, destacado político republicano que había sido alcalde de la ciudad y representante de la burguesía mercantil malagueña, de filiación liberal y ligado a los negocios vinícolas, era uno de los mayores contribuyentes de la provincia. Abogado y profesor de la Escuela de Comercio, concejal, diputado y senador, fue fundador y propietario del periódico El Popular, cabecera de referencia del republicanismo local.

Como muestra de esa intensa labor cultural, podemos recordar que en los salones de la Económica ofreció dos conferencias los días 17 y 18 de abril de 1934 la escritora chilena Gabriela Mistral (1889-1957), la primera sobre su país natal y la segunda acerca de la cultura hispanoamericana. La poeta, en una entrevista que publicó el diario El Popular el 20 de abril, recordó la vigencia de los autores clásicos españoles y destacó, especialmente, la admiración que en los países hispanoamericanos se sentía por autores más actuales como Unamuno o García Lorca. Mistral, considerada como una de las más importantes poetas del continente americano y de las letras hispanas, realizó una ingente actividad pedagógica en su país y en México, y recibió el Premio Nobel de Literatura en 1945.

El fin de la II República y el triunfo de las tropas franquistas supusieron una transformación de la Económica, que había sido un notorio centro republicano, y que quedó rebautizada como Centro de Estudios Andaluces. Aun así continuó seguido actuando como un importante agente cultural, organizando conferencias y exposiciones y manteniendo su archivo y biblioteca.

EL COLEGIO NÁUTICO DE SAN TELMO

El Colegio Náutico de San Telmo fue fundado por una real cédula de Carlos III fechada el 27 de marzo de 1787, a imitación del centro del mismo nombre establecido en Sevilla desde el siglo XVII. En su erección intervinieron el interés del Consulado por desarrollar los estudios náuticos y la iniciativa del malagueño José de Gálvez, ministro de Indias, y se justificaba su creación en la necesidad de disponer de más personal instruido en la ciencia náutica dado el aumento de la actividad naviera después de la liberalización del comercio con las Indias en 1778. El Colegio, inaugurado el 1 de junio de ese año, ocupó la mayor parte del edificio, que no tenía fachada a la Plaza pero sí el acceso por la calle Compañía. Como primer director fue designado José Ortega y Monroy, amigo y antiguo compañero de Seminario del ministro José de Gálvez.

Los alumnos eran de dos clases. Por un lado estaban los colegiales de número, para los que se establecieron inicialmente cien plazas, que debían ser “naturales de mis dominios, hijos de familia sin nota particular, notoriamente pobres, de edad de 8 a 14 años, sanos y robustos”, procedentes del arzobispado de Granada u obispados de Málaga, Almería o Cartagena, con preferencia para los huérfanos cuyos padres hubiesen sido gente de mar, siempre que acreditaran limpieza de sangre y no haber ejercido oficios viles.

Los porcionistas formaban otra categoría de alumnos, que pagaban cuatro reales diarios, no tenían que ser huérfanos y cuya estancia dependía de la voluntad de sus padres. Esta clase de alumno de carácter noble desapareció definitivamente en 1817.

En 1789 se dispuso que el Colegio y sus alumnos y empleados quedaran sujetos a la jurisdicción castrense. En ese tiempo se compraron las casas de la calle Cobertizo de los Mártires que habían sido vendidas diez años antes, con el objeto de ampliar las instalaciones del Colegio y destinarlas a viviendas de los alumnos porcionistas. La antigua iglesia de los jesuitas fue abierta al culto de nuevo el 14 de abril de 1790 con una solemne función religiosa dedicada a San Telmo, patrón del Colegio y nuevo titular del templo.

La carrera de estudios incluía clases de primeras letras, que comprendían lectura, escritura, doctrina cristiana y compendio de la Historia de España, y después continuaba con las asignaturas relacionadas con la ciencia náutica: francés, dibujo, matemáticas, navegación, artillería y maniobra. Los porcionistas asistían a clases separadas de los colegiales y para ellos existían además clases de baile. Los alumnos no aptos para el estudio, es decir, que después de tres o cuatro años fueran declarados “ineptos para la ciencia y profesión náutica”, serían separados del Colegio, aunque quedaría a cargo del mismo ponerlos a oficios. Los estudios tenían una duración de diez años y finalizaban con un viaje de prácticas a las Indias, después del cual los alumnos obtenían los títulos de pilotos y pilotines que les facultaban para embarcarse en los buques de la Armada real y de la marina mercante.

La adaptación del inmueble a sus nuevas funciones docentes, que necesitaban unos equipamientos específicos, obligó a realizar ciertas reformas, como la habilitación de una sala para instalar el navío de prácticas o la habilitación de un observatorio astronómico aprovechando el contorno de la cúpula de la iglesia, para lo cual fue necesario construir una escalera de acceso volada sobre los tejados, obra ejecutada en 1793.

El Colegio fue dotado económicamente con 250.000 reales del fondo del 1% de la plata procedente de Indias, 194 acciones de la Real Compañía de Filipinas, 120 acciones del Banco Nacional y, a partir de 1804, de las rentas sobrantes del Acueducto de Molina Lario, que quedó desde entonces bajo su administración y al que acabaría por dar nombre. Hay que recordar que el obispo Molina Lario había dejado establecido que los beneficios generados por la obra hidráulica fueran destinados a sostener una escuela de náutica.

Pero a pesar de tener asignadas esas rentas, la situación económica del centro se fue deteriorando con el paso de los años a causa del impago de las rentas que debía percibir, hasta el punto de que en 1827 se denunciaba que “el establecimiento se halla expuesto a su ruina y a que perezcan de necesidad sus alumnos”.

Manuel Burgos Madroñero, gran conocedor de la historia del Colegio, escribió que, sin duda, fue “la institución de más alto nivel técnico y científico que hubo en Málaga hasta entonces”. Francisco Bejarano confirma el éxito de San Telmo pese a los numerosos problemas económicos que atenazaron su existencia: “A pesar de todas las estrecheces y dificultades señaladas, aquella institución dio una selecta serie de pilotos y capitanes que, en los barcos mercantes (de la casa Heredia, de Málaga, principalmente) y en los navíos de guerra, surcaron todos los mares del globo y adquirieron fama de valerosos y entendidos”. Según Manuel Burgos 558 alumnos pasaron por las aulas del Colegio entre 1787 y 1841, de los que 393 fueron colegiales gratuitos y 165 porcionistas de pago. Los porcionistas eran hijos de la aristocracia y de la burguesía que pagaban su enseñanza y estudiaban en régimen especial y separado, eran instruidos e iniciados para pasar a la carrera militar, en especial a la escuela de Guardias Marinas de Cádiz, o para ejercer el comercio. Los colegiales de número eran, pues, los verdaderos santelmistas, los que “convertidos en pilotos, contramaestres, técnicos de maestranza, patrones y expertos hombres de mar y de otros oficios mecánicos y técnicos, posibilitaron en gran parte el desarrollo mercantil-marinero e industrial de Málaga en el último cuarto del siglo XVIII y gran parte del XIX”.

En 1793 se hizo a la mar la primera promoción de santelmistas para hacer el viaje de prácticas. Durante el transcurso de los años algunos alumnos murieron en el Colegio, como ocurrió durante la epidemia de fiebre amarilla de 1804, en la que fallecieron el director Ortega Monroy y una decena de colegiales. Otros desertaron en el viaje, y hubo alguno que protagonizó actos heroicos o canallescos. Entre los primeros podemos mencionar al alumno José Joaquín Ureta, que en abril de 1804 se embarcó en el bergantín “Amistad” con destino a La Habana, y que regresó al Colegio en noviembre de 1805 después de participar en la batalla de Trafalgar.

Entre los segundos, el caso de Antonio Alfairán, que desertó del Colegio en la noche del 12 de septiembre de 1819, o el de Antonio Ortiz, cuyo mal comportamiento fue constante durante su estancia en el Colegio y empeoró tras regresar de su primer viaje en 1831. Isabel Grana nos aporta este testimonio del director: “… por lo descompuesto e insubordinado que ha venido de su primer viaje, y aunque siempre ha sido malo, ahora es perverso. Noches pasadas acometió al alumno José Bages en el refectorio con un tenedor tirándole 2 o 3 veces, y anoche a la salida del mismo refectorio dio un trastazo a una de las luces tirándola al suelo; en sus conversaciones es indecentísimo, la subordinación es ninguna y por último, da muy mal ejemplo con su relajadísima conducta ajena seguramente a la buena educación que se da en este establecimiento”. El director propone como único remedio su embarque en algún buque, lo que hizo poco después.

Pero, sobre todo, el santelmista que ha pasado a la historia ha sido, sin duda, Pedro Blanco, uno de los malagueños de mayor –y más negativa- proyección internacional de todo el siglo XIX. Famoso negrero en África, rico comerciante en Cuba, intrigante político en Málaga y, por fin, intendente honorario de la Marina española. Su apasionante biografía quedó reflejada en una novela del cubano Lino Novás, titulada “El negrero” y que apareció en 1933. En ella se narran las aventuras de un chico que, después de estudiar náutica en San Telmo, se embarcó en 1810 para no volver, y vivió numerosos sucesos en el mar hasta crear su propia factoría para el tráfico de esclavos en la costa de Sierra Leona. Ha sido definido como “un ser atroz, digno de figurar con otros negreros o dueños de factorías de la trata en esa historia universal de la infamia”. Pero como todo criminal tiene su corazoncito, Pedro Blanco regresó a su Colegio en 1842, y durante su visita regaló un traje de calle para cada alumno al comprobar el estado en que se hallaban los existentes, puesto que el más nuevo tenía no menos de quince años.

En las nueve columnas del patio principal todavía se pueden leer los nombres de algunos de los alumnos del Colegio de San Telmo que terminaban sus estudios y se disponían a embarcar en su primer viaje, que solían comenzar en Málaga, Cádiz o Cartagena, y que les llevaba a puertos americanos como Veracruz, La Habana o Montevideo. Por citar un ejemplo, traigo aquí el nombre de Huertas y de Pacheco, ambos embarcados en el año 1836 y que dejaron grabados sus apellidos en una de esas columnas.

En 1839 solo había 32 colegiales en el Colegio y otros 8 navegando. Cuatro años después el mismo comandante de Marina diría lo siguiente: “Este establecimiento, aunque regido por militares, es puramente civil y una institución filantrópica dedicada a la conservación y educación de huérfanos”.

Uno de los últimos actos solemnes en los que participó el Colegio de San Telmo como tal fue en los festejos organizados en octubre de 1846 con motivo del matrimonio entre la reina Isabel II y don Francisco de Asís. Para la ocasión fueron vistosamente adornadas e iluminadas las fachadas de varios edificios públicos, entre ellos el de San Telmo.

EL INSTITUTO PROVINCIAL DE SEGUNDA ENSEÑANZA

El proyecto para establecer un instituto de segunda enseñanza en la ciudad, de acuerdo con las directrices que emanaban de la nueva legislación liberal relativa al sistema educativo, avanzó de manera muy lenta durante varios años.

En 1842, después de que fracasara la iniciativa de creación de un colegiouniversidad, el gobierno señaló que solo accedería al establecimiento de un instituto de segunda enseñanza. La junta formada entonces acordó dirigir una exposición al regente solicitando la concesión del edificio de San Telmo para establecer el Instituto, “mediante tenerse noticias confidenciales de la supresión de dicho Colegio”, así como la de sus rentas y las del Acueducto para subvenir los gastos de su creación y sostenimiento. Pero a finales de ese año se interrumpen las noticias de este expediente.

El nuevo Instituto Provincial de Segunda Enseñanza acabaría por ser instalado en el caserón de San Felipe Neri en 1846, iniciando entonces una etapa plagada de dificultades como resultado de la desconfianza de las clases mercantiles acerca de su utilidad.

En el verano de 1847 se procedió a suprimir el existente Colegio Naval, unificándolo con el Instituto. El proceso fue el siguiente. El 30 de junio se dispuso por real orden que los Colegios de San Telmo de Sevilla y Málaga pasaran a depender del Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas; otra real orden de 1 de julio del Ministerio de Marina disponía que el Colegio malagueño entregase sus archivos, dependencias, efectivos y bienes al jefe político de la provincia. Con los bienes y propiedades procedentes del Colegio y del Acueducto que estaba a su cargo se constituyó el denominado Caudal de San Telmo.

Entonces, la citada autoridad, Melchor Ordóñez, manifestó a la superioridad la conveniencia de trasladar el Instituto al edificio de San Telmo, aplicando sus rentas al sostenimiento del centro de segunda enseñanza. Como consecuencia, una real orden de 20 de Agosto de 1847 dispuso que el Instituto fuera trasladado al edificio del Colegio Naval, quedando las enseñanzas de éste integradas en el Instituto, junto con las enseñanzas industriales que sostenía la Junta de Comercio. Por esta disposición, los 30 alumnos que cursaban estudios de náutica pasaron a seguir su carrera en el Instituto. Del Caudal de San Telmo se formaron dos partes: una, perteneciente al Acueducto y aplicada en su reparación; y otra, correspondiente a las fincas del Colegio y consignación que libraba el Gobierno con destino al mantenimiento de los estudios de náutica. Todas las enseñanzas quedaron bajo la dirección del Instituto, cesando la inspección que tenía la Junta de Comercio sobre las industriales de geometría, mecánica y química, “previniendo también que la Junta inspectora decidiera de la suerte de los colegiales internos, siendo el espíritu del Gobierno disolver un colegio en donde habían ingresado alumnos, que no reunían varios de los requisitos que previenen los estatutos”. El Instituto inauguró el curso de 1847-1848 en San Telmo, para lo que fue necesario realizar obras de albañilería, carpintería y pintura para acondicionar el edificio como sede del Instituto.

La implantación de la cátedra de Náutica no evitó que la supresión del Colegio de San Telmo provocara las protestas de los sectores de la ciudad ligados al comercio; así, en mayo de 1849 la Junta de Comercio presentó a la reina una reclamación en la que se ponderaba la importancia de los estudios náuticos para la actividad comercial de Málaga, ya que le permitía “tener sus buques mandados por marinos hijos del país y de buena educación”. La cátedra establecida se estimaba a todas luces insuficiente e incapaz de atraer a la juventud. El escrito concluía arremetiendo duramente contra los nuevos estudios implantados: “Si los fondos disponibles para todos los ramos de educación, no alcanzan a procurar en todos igual buena enseñanza, más vale acudir a unos y desatender a los demás que no formar eruditos superficiales incapaces de desempeñar con provecho una profesión (…). La Escuela de Náutica de San Telmo reúne estas dos circunstancias: posee un caudal suficiente para su sostenimiento, abre a la juventud una carrera gloriosa e independiente, que infunde ideas de industria y de laboriosidad, apartando a los que la siguen de la fatal empleomanía que tan fácilmente se desarrolla en los que se dedican al estudio de las letras y de las ciencias abstractas”.

Mientras, el proceso de unión con el Colegio de San Telmo estaba siendo “azaroso y contrariado”, provocando rivalidades y problemas de diversa índole. La administración de los caudales, que estaba a cargo de un antiguo empleado de San Telmo, produjo “disgustos de la mayor consideración”. Por ejemplo, los profesores sufrían un retraso de cinco meses en percibir sus pagas, mientras los alumnos de náutica carecían de medios para su subsistencia. El momento de crisis fue superado gracias a la enérgica actuación de la Junta Inspectora del Instituto. En octubre de 1848 el Instituto volvía a San Felipe, de donde ya no se movería. Una real orden de 23 de febrero de 1849 confirmaba este traslado definitivamente, a la vez que aprobaba las medidas de carácter económico adoptadas por la Junta con el objeto de aumentar las rentas. Estas medidas venían a consistir, básicamente, en dedicar el edificio de San Telmo, con la excepción de las salas en las que se mantenían las cátedras de Química y Mecánica, a habitaciones y almacenes para alquilar, aplicando esas rentas al Instituto.

La integración de la enseñanza de Náutica en el Instituto de Segunda Enseñanza y la consiguiente desaparición del Colegio de San Telmo convirtió al primero en propietario del edificio del segundo, además de gestor de los restantes bienes que integraban el Caudal de San Telmo, entre ellos el Acueducto que ya era conocido con este nombre.

Una vez que el Instituto regresó definitivamente al caserón de calle Gaona, el de San Telmo fue arrendado a varios particulares e instituciones. En virtud de la Ley de desamortización civil de 1 de mayo de 1855, el edificio de San Telmo fue subastado al año siguiente, pero la segregación de la iglesia adyacente y las reclamaciones de la Academia de Bellas Artes, con el apoyo del gobernador civil Antonio Guerola y del diputado Jorge Loring, consiguieron que quedara exceptuado de la venta por una real orden de 1858.

Los arrendamientos de los locales ocupados por la Academia y las Escuelas Normales eran pagados con retrasos y de forma irregular por la Diputación Provincial, constituyendo por tanto para el Instituto “una finca no solo improductiva sino costosa”. En 1874 esta deuda ascendía a la importante cantidad de 16.500 pesetas. En esos momentos, la Junta de Agricultura, Industria y Comercio reclamó al Instituto una sala en el edificio de San Telmo, a lo que se negó su director “en virtud de título legítimo y en representación del Estado”. Las diferencias entre Instituto y Junta de Comercio se venían arrastrando desde los años iniciales del primero.

En enero de 1882 fue anulado un nuevo intento de sacar a subasta el edificio y, finalmente, el Ministerio de Hacienda decretó dos años después que el edificio de San Telmo le fuera incautado al Instituto, que presentó infructuosamente un recurso contencioso ante el Consejo de Estado.

LA ESCUELA PROFESIONAL DE NÁUTICA

En 1858 la enseñanza de Náutica fue elevada a la categoría de Escuela Profesional, separándose del Instituto e instalándose en el piso principal del edificio de San Telmo. Fue nombrado director Eduardo María de Jáuregui, que se dedicó a aumentar el material científico heredado del antiguo Colegio de San Telmo. La carrera se estudiaba en tres cursos, y la edad mínima para ingresar era de catorce años, pagando diez escudos por derechos de matrícula. En el curso de 1861-1862 ya habían obtenido título de aspirante a piloto quince alumnos, partiendo al primer viaje de prácticas. En ese curso el número de matriculados ascendió a 67, repartidos entre los tres años de estudio, mientras que la docencia se la repartían solo tres catedráticos: E.M. de Jáuregui, Rafael Prieto y Francisco de Paula Prieto.

La Escuela Profesional de Náutica vio como el número de matriculados fue descendiendo progresivamente, hasta tener solo 28 alumnos en el último curso de su existencia. Fue suprimida en 1869, y de esta forma terminaron los estudios náuticos en San Telmo, aunque existió una escuela oficial de esta enseñanza a principios del siglo XX, ya en la calle Gaona, que fue clausurada definitivamente en 1923.

La enseñanza de Náutica heredó los modelos, instrumentos y demás medios materiales que poseía el suprimido Colegio de San Telmo. Disponía de elementos de navegación, una pequeña pieza de artillería para la instrucción en este arma, y “un modelo de navío, con todo su velamen, aparejo y enseres de toda especie, para la enseñanza práctica de maniobras, zafarrancho, etc., etc.”. Este pequeño barco, destinado a la enseñanza práctica de los futuros pilotos en el reconocimiento y manejo de las partes de una nave, databa de finales del siglo XVIII, existiendo constancia de su uso en 1793. El modelo fue adaptado a los adelantos de la navegación, y se mantuvo en uso hasta principios del siglo XX. Actualmente se puede contemplar en el Museo del Castillo de Gibralfaro, donde se expone como depósito del I.E.S. “Vicente Espinel”.

LA ACADEMIA DE BELLAS ARTES, LA ESCUELA Y EL MUSEO

En 1849 se dispuso por real orden la creación de academias provinciales de bellas artes, y de escuelas dependientes de éstas. La Academia malagueña se constituyó en 1850 e inmediatamente organizó la Escuela Provincial de Bellas Artes, que, bajo su inspección y vigilancia, quedó inaugurada el 20 de enero de 1851.

En palabras de Ángeles Pazos, “la vida de la Academia y del edificio de San Telmo discurren unidas y según vamos a ver, la de éste subsiste probablemente por la ocupación, dedicación y esfuerzos de aquélla”. La elección del edificio se basó inicialmente en razones coyunturales de disponibilidad, aunque parecía acertada por su céntrica y accesible localización y su específica tradición docente.

Para ello se pensó en una parte que el Ayuntamiento había arrendado al Instituto en 1849 por cuatro años para instalar provisionalmente oficinas y almacenes en tanto se concluían unas obras en las vecinas Casas Consistoriales. La Academia solicitó inicialmente lo suficiente para las necesidades previstas: una sala de sesiones, otra para la secretaría, un cuarto para el conserje y cinco habitaciones capaces cada una para 50 alumnos. El Municipio cedió todas las habitaciones del segundo piso que tenía arrendadas.

Las obras de adaptación se iniciaron sin disponer de dinero en metálico, que fue adelantado por el presidente. El aumento de la demanda hizo que la habitación destinada a sala de juntas tuviera que ser habilitada como clase, pasando la Academia a reunirse en el mismo local en que lo hacía la Económica. Incluso se habilitaron para la docencia pequeños corredores, ante el crecido número de matriculados (más de 400). Ante el problema de la falta de espacio el presidente se planteó pedir el edificio de San Julián, pero desistió y al conocer el fin del arrendamiento que el Ayuntamiento tenía, hizo gestiones ante el gobernador para que el Instituto como propietario y Jerónimo Rubio como arrendatario, cediesen el segundo piso en el precio anual de 2.000 reales. En 1854 pide permiso al obispado para utilizar las tribunas de la iglesia y así poder atender con más facilidad los deberes del culto divino por parte de los miembros de la Academia. Cuando años más tarde se produzca el derribo del convento del Cister, la Academia hará las gestiones necesarias para trasladar los restos del escultor Pedro de Mena a la iglesia, conocida como del Santo Cristo después de que el Ayuntamiento instalase en ella esta imagen.

Con la Ley de desamortización civil de 1855 la Academia intentó que el Estado se quedase con el edificio y lo cediese a la Academia para poder atender a todo el alumnado que deseaba matricularse. Incluso se planteó la reunión de la Escuela y la Academia en el edificio de San Felipe, donde ya se hallaba el Instituto. El presidente, José Freuller, en un escrito elevado a Isabel II, defendía que se debían reunir en el local de San Telmo las enseñanzas industriales y la Escuela de la Academia, “toda vez que la tendencia de ambas instituciones se encamina al laudable fin de crear operarios y artistas ilustrados”. Mientras tanto, en 1857 se tramitó el arriendo del piso principal, que estaba libre, y se levantó un plano del edificio. Todas las gestiones desarrolladas durante cuatro años tuvieron como premio que una real orden de 5 de julio de 1859 declarara San Telmo exceptuado de la venta y que siguiera sirviendo a las clases.

Ángeles Pazos nos recuerda que la Academia mantuvo un largo litigio por la ocupación de parte del espacio que le correspondía en el edificio. Cuando en 1860 fueron desalojadas las vecinas Casas Consistoriales para proceder a su demolición, el gobernador solicitó que por quince días se estableciese un juzgado en San Telmo, a lo que accedió la Academia por coincidir con las vacaciones. Pero se trasladaron más juzgados que ocuparon las habitaciones destinadas a salón de juntas de la Academia y biblioteca. Esta “invasión”, que se prolongó en el tiempo agravó los problemas de estrechez de las dependencias e introdujo otros como las alteraciones del orden en las dependencias. Se quejaba la Academia con estas palabras: “Además la escalera que conduce a los juzgados es la misma que sirve para el gran número de los alumnos que concurren a las cátedras de Bellas Artes y de Náutica y ésta se encuentra obstruida diariamente por mujeres del pueblo, lo cual es perjudicialísimo para el orden que la superioridad recomienda a los establecimientos de instrucción pública”. La situación se prolongó durante toda una década, a pesar de las denuncias de que la ocupación de los jueces afectaba al naciente museo provincial y a la ampliación de la cátedra de Colorido. Todavía en enero 1870 un oficio indica que un juez ocupaba una de las clases y que en el salón de juntas existía una notaría.

La huella más importante que dejó la Academia en el edificio, además de su impronta histórica, fue la adaptación de un salón para las reuniones de sus miembros y para la celebración de actos culturales. La intervención más destacada en esta sala fue la decoración pictórica del techo, de mano anónima, que supone todo un ejercicio de composición y perspectiva para presentarnos una atractiva arquitectura fingida.

José Freüller y Alcalá-Galiano, marqués de la Paniega, fue el primer presidente de la Academia, cargo que mantuvo durante medio siglo hasta su fallecimiento en 1901. Bajo su mandato la Academia ejerció, además de sus funciones inspectoras en materia de arte y ornato público, una labor de promoción constante de las enseñanzas impartidas en la Escuela. En diferentes ocasiones solicitó que fuera elevada a la categoría de primera clase, sin éxito, y a pesar de ello aumentó las enseñanzas ofertadas con asignaturas como dibujo de antiguo, colorido y composición, anatomía artística, modelado y vaciado, y paisaje y perspectiva. Se estableció una sección especial para impartir enseñanzas artísticas a señoritas y se instalaron sucursales en algunos barrios populares.

Fue precisamente el marqués de la Paniega el que propuso que la Academia se denominara de San Telmo, por el edificio en el que tenía su sede. La propuesta, que se apoyaba en “la costumbre adquirida por este pueblo de denominar este centro de instrucción con el de Academia de San Telmo”, fue aprobada en 1883. Según Freüller a los alumnos de la Escuela les gustaba llamarse santelmistas. En la Escuela se matriculaban principalmente obreros fabriles y artesanos, y las clases eran nocturnas y gratuitas.

Bajo la inspección directa de la Academia la Escuela de Bellas Artes desarrolló una importante labor docente en la ciudad, tanto en la vertiente profesional a la hora de conceder una formación a trabajadores del sector secundario, como en la propiamente artística, gracias a las clases de pintura y composición.

A pesar de las continuas denuncias por la falta de espacio, que impedía ampliar la oferta de estudios y admitir a todos los solicitantes, el director de la Escuela, Bernardo Ferrándiz, presentó un proyecto de ampliación en 1878 en el que proponía ocupar los locales utilizados por las Escuelas Normales. En aquellos momentos la matrícula superó los mil alumnos, y el propio Ferrándiz definía su situación como “angustiosísima” por la incapacidad del recinto. Se sorprendía, sobre todo, de “la concurrencia inesperada de la clase de dibujo y pintura propia para señoritas. En esta asignatura no se ha rehusado aún admitir alumnos, pero en cambio se les viene dando lección en los pasillos y corredores, por no haber literalmente sitio para colocarles”.

Las aulas de la Escuela estaban dispuestas en el segundo piso: aritmética y álgebra, modelado, dibujo de figura, dibujo del antiguo, pintura y composición, dibujo lineal, dibujo aplicado y una pequeña sala para los profesores. En el ala izquierda del piso principal estaban las dependencias de la Academia: local de secretaría y biblioteca, salón de juntas, salón de grabados y la sala de Anatomía Pictórica.

Ferrándiz, desde que obtuvo la cátedra de Colorido y Composición en 1868, desempeñó un papel protagonista en la vida de la Escuela, a la que aportó prestigio y una entrega entusiasta, hasta el punto de crear un grupo de seguidores que darían paso a la conocida como “escuela pictórica malagueña del siglo XIX”. La fuerte personalidad del pintor valenciano se hizo patente en las difíciles relaciones entre la Academia y la Escuela. Ambas funcionaban como estructuras diferenciadas pero a la vez dependientes y profundamente interrelacionadas. Dos problemas básicos fueron los motores de la tensión entre ambas: los económicos, que alteraban con frecuencia la marcha cotidiana de la institución; y la subordinación de los profesores a los dictados de la Academia. Ferrándiz fue el más decidido opositor al modelo establecido y aglutinó la oposición del profesorado al control ejercido por los académicos. La actitud del valenciano hacia el “principio de autoridad” generaba polémicas, pero al mismo tiempo estaba consiguiendo hacer realidad las aspiraciones de la Academia de elevar el nivel formativo de la Escuela. En el mes de octubre de 1880 el desacuerdo de Ferrándiz con la actitud académica de no entregar premios en metálico a los alumnos de las nuevas especialidades desembocó en la famosa agresión por parte de Ferrándiz hacia el arquitecto Juan Nepomuceno Ávila, cuya enemistad era evidente desde tiempo atrás. El pintor fue encarcelado y acusado de intento de asesinato, quedando en suspenso de empleo y sueldo. Su hijo achacó al rechazo que sufrió en esos años la causa de su enfermedad y prematura muerte en 1885.

Otro de los profesores de la Escuela fue José Ruiz Blasco, que había sido alumno y desempeñó desde 1876 labores de sustituto y ayudante de la cátedra de Dibujo lineal. Trabajó en ella hasta 1891, en que logró un ascenso a cátedra por concurso que conllevó su traslado fuera de la ciudad, en la que se había encargado de la conservación y restauración de la colección pictórica del Ayuntamiento, el llamado museo municipal. Más conocido por su condición de padre de Pablo Ruiz Picasso, queda para el debate y la investigación desentrañar cuántas veces acudió a este edificio su hijo, cuya presunta presencia queda inmortalizada en una de las lápidas que existen en el inmueble.

Otras dos inscripciones existentes en el interior del edificio recuerdan la labor de profesores y directores de la Escuela de Bellas Artes. En el mismo zaguán, junto a la puerta de entrada, una lápida hace referencia a José Nogales Sevilla, y en la segunda planta un mosaico cerámico homenajea al artista César Álvarez Dumont.

Un decreto de 1892 impuso la separación de la Escuela de la Academia, poniendo fin a cuatro décadas de fructífera y agitada dependencia. Esta separación trajo como consecuencia la decadencia de ambas instituciones. Aunque la Academia mantuvo su labor inspectora, en los años siguientes su vida corporativa languideció, situación agravada con el fallecimiento de su sempiterno presidente, el marqués de la Paniega, en 1901.

La actividad académica no se reactivó hasta que el decreto de 1913 que establecía la creación de los museos provinciales. Esta medida sirvió de acicate para que las gestiones desarrolladas por los académicos en ese sentido permitieran la inauguración del Museo Provincial de Bellas Artes en 1916 en una casa de la calle Pedro de Toledo, viendo cumplido de esta manera la Academia uno de sus más antiguos anhelos. Sus fondos procedían de la colección de la Academia, del legado del pintor Muñoz Degrain y de varias cesiones del Estado. El recién nacido Museo se vio obligado a abandonar su sede primera al ser ésta vendida a otro propietario, y la Academia accedió a la solicitud del patronato del Museo para que éste fuera instalado en el edificio de San Telmo, ocupando los salones de la Academia, que para ello se vio obligada a renunciar a desarrollar sus actividades habituales, como conferencias o exposiciones temporales.

La imagen de los salones de la Academia abarrotados de pinturas muestra una saturación de obras que impedía su correcta contemplación y conservación. Juan Temboury nos describe las condiciones de este saturado y peculiar Museo: Tan solo dispone de dos salas y un pasillo, todo estrecho, pequeño y mal alumbrado. Los cuadros se amontonan en las paredes: “forman un puzle o telaraña enmarañada, materialmente empotrados unos en otros, dañándose cromáticamente, faltos de amplitud de visión, sin espacio de aislamiento; gran parte de sus fondos sin exponer, y los expuestos, sin posibilidad de lógica agrupación”. A estas incomodidades Temboury añade otro peligro: la inseguridad, el riesgo de incendio o incluso de accidentes por el estado de conservación del edificio.

En 1945 se anunció la formalización del contrato para trasladar el Museo Provincial al Palacio de la calle San Agustín. Las obras y el proceso administrativo todavía alargaron la instalación de los fondos en unas condiciones adecuadas. En diciembre de 1957 por fin los cuadros y piezas del destartalado Museo de San Telmo fueron conducidos a la nueva sede del Museo de Bellas Artes, que aún así no fue inaugurada oficialmente hasta la visita de Franco en abril de 1961. Con el Museo se trasladaba la Academia de San Telmo, que había permanecido en el histórico inmueble de la calle Compañía durante ciento diez años.

En cuanto a la Escuela de Bellas Artes, la separación propició el abandono de los estudios libres que le habían aportado sus mayores cotas artísticas, y que finalmente fueron suprimidos por la Diputación en 1902. Dos años antes se reorganizaron estas enseñanzas y pasó a denominarse Escuela de Artes e Industrias. En la memoria de 1903 escribían César Álvarez Dumont y Pelayo Quintero: “si no se han suprimido las clases, vegetan lánguidamente en una atmósfera moral y materialmente asfixiante”.

Más adelante se crearon talleres y se fue profundizando en la orientación técnica de los estudios. A partir de 1910 la Escuela se llamó de Artes y Oficios y Peritaje Industrial, hasta que en 1924 se separaron ambas ramas con la creación de la Escuela de Peritos Industriales.

Durante todo este tiempo la Escuela, bautizada en 1963 de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos, siguió ocupando el local de la decimonónica Escuela de Bellas Artes, aunque ya contaba con dos secciones delegadas en las calles Carretería y Cuarteles. En noviembre de 1971 se inauguró el nuevo edificio en El Ejido, permaneciendo los salones de San Telmo como única sección delegada. Allí arriba, en El Ejido, se mantiene la ahora conocida Escuela de Artes Plásticas y Diseño “San Telmo”, en honor de su histórica sede.

Francisco Bejarano nos ha dejado varias descripciones del ambiente del entorno de la Plaza de la Constitución a la hora de entrada de las clases nocturnas en la Escuela: “Alrededor de las siete de la tarde un enjambre de muchachos, con los útiles del dibujo en la mano, corretean y alborotan esperando la hora de entrar a clase mientras muchos fieles de todas las edades y aspectos, sacando algunas de ellas el castizo velo de la moderna cartera, entran continuamente a rezar ‘un poquito’ al Santo Cristo”.

También nos cuenta algunas historias relacionadas con el edificio, como la que aquel conserje viejecito, “tan simpático como arrugado, de sarmentosas manos y acartonada piel, áspera y rugosa, de viva mirada”, que vendía a los escolares gusanos de seda en la primavera y grillos en el verano en el interior de su vivienda, dentro de la Escuela. Y, por último, la historia de otro conserje, Enrique Cubero. Modesto escultor, heredero de una saga familiar especializada en el modelado de figuras de barro representando tipos andaluces, era una persona con grandes valores humanos, conocido por su bondad y su civismo y destacado miembro de la Cruz Roja local. Cubero falleció en la madrugada del jueves 19 de diciembre de 1901 en el incendio del Conventico, en la calle Liborio García, cuando intentaba heroicamente contener la extensión de las llamas hacia los edificios colindantes.

LAS ESCUELAS NORMALES

La Escuela Normal era la institución decimonónica destinada a la formación de los maestros. La asunción del control de la educación por parte de los gobiernos se desarrolló a partir del fortalecimiento de los poderes públicos y de la burocracia estatal. Y para ello era necesario disponer de un cuerpo de maestros que debía formarse en las escuelas normales. En España la creación de estos centros tuvo como base la Ley de 1838, que establecía a la fundación de una escuela en cada provincia. La de Málaga, exclusivamente masculina, se creó en 1846 en el convento de San Francisco, pero fue suprimida apenas tres años más tarde alegando restricciones presupuestarias.

La creación definitiva de la Escuela Normal de Maestros se consiguió a partir del desarrollo de la Ley Moyano, a través de una real orden fechada el 22 de junio de 1859, que permitió que se inaugurara ese mismo año en la planta baja del edificio de San Telmo, con acceso a través de la calleja sin salida junto al Consulado. Entonces se iniciaron las gestiones para que se estableciera una Escuela Normal de Maestras, que se creó en 1861, aunque no se puso en marcha hasta septiembre de 1862, y a la que se buscó acomodo en el mismo edificio de San Telmo, pero en este caso en unas salas de la primera planta que daban al patio principal, justo sobre la de maestros, y con entrada por la puerta principal de la calle Compañía, que debía compartir con la Escuela de Bellas Artes. Esta vecindad generaría futuras tensiones entre ambas instituciones.

En este sentido, los roces fueron continuos. La Escuela de Bellas Artes solicitó que su local fuera ampliado a costa de trasladar a otro lugar la Normal femenina. En 1877 se impidió a la directora el uso de las tribunas que daban a la capilla para asistir a los actos religiosos, a las que se accedía por Bellas Artes.

A partir de 1887 la situación se volvió más tensa cuando el presidente de la Academia, Freüller, retiró un cartel de la escalera principal que anunciaba la ubicación de la Normal. La directora denunció al gobernador civil el acto como “atropello, arbitrariedad, vejación y usurpación”. El tema fue solucionado por la Dirección General que decidió que, al tener más antigüedad, más alumnos y más profesores la Escuela de Bellas Artes, y al ser necesario que ambos centros tuvieran independencia, se condenasen las puertas que las comunicaban y que la Escuela de Maestras utilizara la escalera de la calle San Telmo, sirviéndose la Academia de la de la calle Compañía. La directora alegó que la “calle de entrada a la Escuela Normal de Maestras es sospechosa, la puerta y escalera de entrada ofrecen un aspecto poco edificante con los escándalos que se producen diariamente a la entrada y salida de alumnas” con jóvenes de todas condiciones con los que tenían que enfrentarse los dependientes de la Normal. El rector del distrito, mientras se consiguiese un edificio más adecuado para la Escuela, avisó al gobernador para que tomara medidas con el fin de evitar esos escándalos y garantizar el libre tránsito de alumnas, profesoras y dependientes. El conflicto se solucionó cuando en 1893 la Dirección General ordenó que el acceso a la Normal fuera por la puerta de la calle Compañía, previa apertura de la puerta que fue tabicada, “ya que es urgente llevar a cabo una reforma radical atendiendo a razones de moralidad dado el sitio en que hoy está enclavada la entrada de la Escuela Normal de Maestras de Málaga”. Unos días después se cumplió la orden y se echó abajo el tabique.

Las dos Escuelas Normales contaban con escuelas anejas de instrucción primaria, una de niños y otra de niñas, en la que los alumnos realizaban las prácticas durante sus estudios. Estas escuelas, que fueron las únicas con categoría superior de la capital durante el siglo XIX, tenían su entrada por la calle San Telmo.

Las condiciones del inmueble generaron numerosas comunicaciones y controversias durante el tiempo en que fue sede de las Normales. La falta de espacio y el deterioro de algunas partes del caserón motivaron quejas continuadas y frecuentes reparaciones menores. Como muestra, el 10 de septiembre de 1877 el director de la Normal comunicó al del Instituto que la tapia y los techos del excusado de la escuela práctica agregada a la Normal amenazaban ruina hasta el punto de tener que prohibir la entrada a los niños, y solicitaba su arreglo urgente. El deterioro acumulado y las peticiones de los directores de las Normales parecieron obtener resultado cuando en 1925 el director general de Primera Enseñanza prometió la construcción de un nuevo edificio en la plaza de la Merced. Según una memoria ministerial del mismo año1925 la Normal de Maestros contaba con tres patios para descanso y ventilación, seis aulas con ventilación directa y buena luz lateral, un gabinete de Química, dos laboratorios (uno de Química y otro de Fotografía), y una biblioteca de 2.000 volúmenes. El local de la Normal de Maestras poseía cuatro aulas en un piso alto, por tanto sin patio, carecía de gabinetes y laboratorios y su biblioteca contaba con 4.000 volúmenes.

En la Escuela Normal miles de mujeres realizaron los estudios que les daban la oportunidad de dedicarse a la enseñanza de niñas, una de las pocas tareas reconocidas a las mujeres. En palabras de Mª. Josefa Rivera, “las Normales de Maestras supusieron un hito importante en la lucha de la mujer por conseguir un puesto de trabajo, significando una posibilidad de ampliación de su mercado laboral y de su dignificación profesional. Las profesoras de Escuela Normal fueron, dentro de ciertas limitaciones, un modelo a imitar y un ejemplo de las reivindicaciones femeninas”. En efecto, en el siglo XIX el horizonte vital de las mujeres se limitaba a la condición de esposa y madre de familia: las jóvenes de clase social media y alta eran educadas para esta misión y las demás apenas recibían una enseñanza elemental, y eso en muy pocos casos. Según las cifras del censo de 1877, en España eran analfabetos un 67 % de los hombres y un 81% de las mujeres.

Las Escuelas Normales de Maestras ayudaron, en este sentido, al desarrollo intelectual de las españolas, ofertándoles una salida profesional socialmente reconocida y una oportunidad de realizar estudios, ya que los centros de enseñanza para la mujer eran escasos y muchas jóvenes acudían a las Normales para adquirir cultura y no por interés laboral. Para muchas mujeres la carrera de magisterio fue, por tanto, una vía alternativa para continuar posteriormente sus estudios, y en la Normal malagueña conocemos algunos casos, como el de Victoria Kent, que estudió aquí entre 1906 y 1911 hasta conseguir el título de maestra superior (que le permitió continuar el bachillerato y más tarde hacer Derecho hasta convertirse en la primera mujer española en ejercer la abogacía), o el de Concepción Lazárraga, quien completó la carrera de magisterio antes de estudiar Farmacia en Granada y Madrid para ampliar estudios posteriormente en Berlín y Nueva York.

De los alumnos masculinos podemos citar el caso de un alumno singular, el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez, exiliado en México después de la Guerra Civil. De uno de sus ensayos extraemos este fragmento sobre la vida cultural en la Málaga de preguerra: “Mis estudios previos, de bachillerato y magisterio (grado profesional), los había hecho en Málaga. Esta ciudad bravía, que había dado el primer diputado comunista a las Cortes de la República y a la que por la combatividad de su juventud y su clase obrera se le llamaba entonces Málaga la Roja, se caracterizaba también en los años de la preguerra por una intensa vida cultural. Los dos focos más vivos de ella eran la Sociedad de Ciencias y la Sociedad Económica de Amigos del País. Por la tribuna de una y otra pasaron los intelectuales más famosos de la época. Fue así como tuve ocasión de escuchar entre otros a Miguel de Unamuno y a Ortega y Gasset. La Sociedad Económica disponía además de una biblioteca circulante muy al día, que me permitió familiarizarme con lo más importante de la novelística contemporánea, y en particular, con la asociada a mis inquietudes revolucionarias, que brindaba la editorial Cenit. De esa Málaga, tan viva política y culturalmente, pasé a Madrid en octubre de 1935, para iniciar mis estudios universitarios”.

Entre las directoras de la Escuela Normal, que constituían la personalidad femenina de rango más elevado de la ciudad, destaca el nombre de Ana María Solo de Zaldívar, que impulsó la proyección social de la Escuela con la organización de actos culturales y la creación de un Centro Pedagógico gratuito en 1894 con la intención de mejorar la condición de la mujer, reivindicando su formación intelectual y el cultivo de su voluntad y capacidad de reflexión.

También merecen mencionarse las figuras de Suceso Luengo, que llegó a Málaga en 1899 tras haber dirigido la Escuela Normal de La Habana y que desempeñó una activa labor de renovación pedagógica y como propagandista de las ideas feministas en Málaga, y en especial del derecho a la educación de la mujer como medio de cualificación profesional de la misma; y de Teresa Azpiazu y Paúl, sucesora de la anterior a partir de 1914, que, además de gozar de un reconocido prestigio por su dedicación a la enseñanza, fue nombrada concejal del Ayuntamiento malagueño, siendo la primera mujer en acceder a ese puesto, que ocupó entre 1924 y 1930.

Por último, cabe citar a Victoria Montiel, que fue directora desde 1927 y que trabajó de forma incansable por elevar el nivel de la Escuela y su consideración social. Victoria Montiel fue la directora de la Escuela Normal de Magisterio desde la unificación de las Escuelas masculina y femenina en 1931 hasta la Guerra Civil, y tras un periodo de depuración fue rehabilitada y ocupó de nuevo la dirección entre 1951 y 1960.

En 1945 se estableció nuevamente la completa separación en centros independientes de los alumnos y las alumnas, que ya de hecho cursaban los estudios de Magisterio en horarios separados. El estado ruinoso del local de la Plaza, que no reunía las condiciones adecuadas para las nuevas necesidades de un alumnado en crecimiento, hizo que se construyera un nuevo edificio en El Ejido, que fue inaugurado en abril de 1960. Así se ponía fin a un siglo de permanencia en San Telmo de las Escuelas de Magisterio. En 1964 se reunificaron ambas Escuelas, que en los años setenta se integraron en la recién creada Universidad de Málaga.

LA SOCIEDAD MALAGUEÑA DE CIENCIAS

La Sociedad Malagueña de Ciencias Físicas y Naturales fue fundada en 1872 con el objetivo de fomentar el estudio de esas ramas del saber y con la intención de formar una biblioteca científica y un museo relacionado con la descripción física y la historia natural de la provincia. Según su primer presidente, Domingo de Orueta, la Sociedad debía tener una doble utilidad: a la causa de la Ciencia y al desarrollo y progreso de la provincia.

Después de pasar por varias sedes provisionales, en febrero de 1878 consiguió arrendar un local formado por dos salones situados en la planta baja del edificio de San Telmo, junto a la Escuela Normal de Maestros y con entrada por el callejón de Rodríguez Rubí.

La etapa inicial de la Sociedad de Ciencias ha sido definida como el periodo de “las grandes figuras”, entre las que destacaba la personalidad de Domingo de Orueta y Aguirre, sobre cuya capacidad y entusiasmo descansó buena parte de la trayectoria societaria. Por entonces mantenía vínculos con otras asociaciones similares de Europa y muchos de los trabajos realizados por los socios eran traducidos a otros idiomas. Estas investigaciones estaban centradas en asuntos de interés social y económico, como la plaga de filoxera o las enfermedades epidémicas que más afectaban a los habitantes de la provincia. Su dedicación a la investigación y divulgación científica queda clara en sus estatutos, que establecían expresamente que “bajo ningún concepto ni pretexto consentirá en su seno discusiones en materia religiosa o política de actualidad“.

Entre las actividades con mayor proyección social de la Sociedad estaban las conferencias de divulgación científica en la que participaban médicos, naturalistas, ingenieros, arquitectos e intelectuales. Orueta ya propuso en 1880 que se impartiesen conferencias públicas a las que se permitiese la asistencia de mujeres, medida que se llevó a cabo en 1888. La primera mujer que se subió a su estrado, allá por 1902, fue Suceso Luengo, que dio una charla acerca de la pedagogía social.

A partir de 1909 el nombre de la asociación quedó reducido al de Sociedad Malagueña de Ciencias y amplió su campo de actuación más allá de las ciencias físicas y naturales. Por entonces sus componentes se renovaron con la participación de intelectuales como Manuel Jiménez Lombardo, Alberto Jiménez Fraud, Salvador González Anaya o Enrique Laza Herrera.

Los salones de San Telmo sirvieron de sede para su museo de Historia Natural y fueron escenario de multitud de conferencias y debates que contaron con la participación de personalidades de la talla de Ortega y Gasset, Giner de los Ríos o Unamuno. En la conferencia que Unamuno impartió en agosto de 1906 en la Sociedad, ofreció un discurso en el que recogía sus experiencias pedagógicas. Algunas de sus ideas tuvieron que resonar en el patio del edificio, compartido con la Escuela de Magisterio. Dijo así el intelectual bilbaíno: “Acuden a las Normales de ordinario hijos de familias muy modestas, proletarias, hijos de maestros muchos, y van con toda la hipócrita humildad que en esas familias hace arraigar la dureza de la lucha por el pan. Y allí, lejos de quebrantarles ese mal de origen, se lo corroboran de ordinario y se les predica sumisión y humildad, y se les ejercita en el servilismo bajo máscara de buena educación. Y luego resulta que como de la misma madera del esclavo se hace el tirano, cuando el maestro se convierte en el cacique del pueblo, no hay quien le resista”.

A mediados del siglo XX se escribía en una guía local: “Precisamente por no existir en Málaga facultades universitarias ni escuelas especiales o academias militares, por no disponer de museos ni laboratorios científicos, no siendo los particulares de tipo industrial, la Sociedad de Ciencias fue y es refugio de los dotados, los profesionales, los aficionados o curiosos en esas materias.”. Modesto Laza Palacios, como presidente, hizo un llamamiento en la prensa local en 1973 para reactivar el funcionamiento de la Sociedad, que languidecía en un estado de inactividad. Unos meses después se anunció que la institución había llegado a un acuerdo para depositar su patrimonio cultural y material en la recién creada UMA. Este acuerdo se cumplió algunos años después, siendo trasladadas inicialmente sus colecciones y biblioteca a la Facultad de Medicina. De esa forma, abandonaba San Telmo después de un siglo de vinculación.

USOS ACTUALES. EL COLEGIO DE PRÁCTICAS Y EL ATENEO

Juan Temboury enumeraba el heterogéneo conglomerado de instituciones que acogía el edificio de San Telmo a mediados de la década de 1950: Museo y Academia de Bellas Artes, Escuela de Artes y Oficios, Escuelas Normales de Maestros y de Maestras, escuelas de primaria anejas, Sociedad Malagueña de Ciencias y Archivo Notarial. Además, en las buhardillas se encontraban las viviendas de sus respectivos conserjes. Y tampoco incluía la Sociedad Económica y los locales comerciales de los bajos de la Casa del Consulado. Poco a poco la mayor parte de estos organismos culturales y educativos fueron desalojando el enorme caserón construido por la Compañía de Jesús. Décadas, y casi siglos, de vecindades poco amistosas iban llegando a su fin.

Entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta se fueron la Academia, el Museo y las Escuelas Normales de Magisterio. En los setenta abandonaba San Telmo la Sociedad de Ciencias, hoy Academia. Hasta los ochenta conservó algunos espacios la Escuela de Artes y Oficios, de la que aún permanecen enseres de las clases de dibujo artístico.

Quedan hoy en día dos viejos inquilinos del edificio. De uno de ellos no conocemos el momento de su llegada, pero ocupa una gran sala en la parte posterior del edificio desde, al menos, mediados del siglo XX. Se trata del Archivo del Distrito Notarial de Málaga, en el que están depositados los protocolos que tienen entre 25 y cien años de antigüedad.

El otro usuario, y principal, del inmueble, es el Colegio Público “Prácticas nº 1”, la “Aneja”, que mantiene vivo el uso escolar de esta casa, que se prolonga ya por cuatro siglos. Este pequeño colegio, el del centro de la ciudad, es heredero, como su propio nombre indica, de las escuelas que sirvieron a las Normales de Magisterio. En su momento eran dos, una de niñas y otra de niños, que como recuerda Sánchez Llamas, recibía el nombre en los años sesenta de Escuela Nacional Graduada “José Antonio Primo de Rivera”. Entonces los niños entraban por la calle San Telmo, y las niñas accedían por la Plaza. Años después se quedó la escuela femenina, que hacia 1983 admitió también a varones y dio lugar al actual colegio. Por tanto, el inquilino más modesto y humilde de la casa se acabó apropiando de casi toda la herencia.

Por los patios donde corretearon y anduvieron los niños de las escuelas jesuíticas, del Colegio Náutico, los jóvenes de la Normal masculina, los no tan jóvenes de Artes y Oficios, los atildados señores de la Sociedad de Ciencias o las pudorosas señoritas de la Normal de Maestras, siguen jugando y correteando los niños del presente, hombres y mujeres del mañana.

Ha habido otros usuarios que no he mencionado, por falta de tiempo o de conocimiento. Y más recientemente llegaron otros nuevos, como el Ateneo. El acuerdo de cesión por parte de la Junta de Andalucía, como titular actual del edificio, se firmó en 1998. Las obras de adaptación de los locales de la Escuela de Artes y Oficios fueron dirigidas por el arquitecto Carlos Hernández Pezzi y la nueva sede fue inaugurada en abril de 2000. El Ateneo mantiene la actividad cultural en el recinto, al igual que el Colegio de Prácticas conserva su uso escolar.

Lo que queda es presente y, sobre todo, futuro.

Bibliografía básica:

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