El cuñado Aznar, por Antonio Soler

Ya es un clásico. La Navidad es el coto de los cuñados. Esta es la fecha en la que se produce la doma del gallito del corral y se le mete en un gallinero familiar, a medir sus crestas y sus espolones con otros de su misma especie. ‘La rapa das bestas’ acompañada de villancicos, ingesta de langostinos y un cruce de regalos que a veces tienen más de dardos y cucaña que de elogio de la fraternidad. Hermanos políticos o naturales, suegras erigidas en reinas por un día, sobrinos mutantes y encapsulados en los páramos de la adolescencia forman un extraño caldo de cultivo por el que la sombra de Caín sólo deja de cruzar en el momento en que la reunión se disuelve y cada cual huye a su casa.

Esta Navidad se ha iniciado con una sublimación de ese espíritu fraticida. Un asunto de familia a lo grande. José María Aznar abandona la mesa presidencial del PP. Aznar, que desde su retiro quiso ocupar el papel del cuñado estrella, el que más sabe, el que va al mejor gimnasio y al que más le ha sonreído la fortuna, no se conforma con ser un comensal más. A él lo puso ahí el patriarca Fraga, el hombre al que le cabía el Estado en la cabeza con todos los turrones, emplastos y componendas del orbe español. Fraga rompió teatralmente aquellos papeles que le entregó Aznar en el momento de su proclamación como líder de los populares: una dimisión con la fecha en blanco para que don Manuel la usara cuando considerase oportuno. Aznar cumplía a rajatabla con el protocolo del yerno respetuoso. El cuñado ejemplar al que el patriarca elevó por encima de los demás.

Llegado el momento de irse, Aznar quiso adornar su sucesión con una intriga de antiguo césar. Señaló un triunvirato y durante un tiempo jugó a los caballitos con ellos para, finalmente, elegir a Mariano Rajoy. Rajoy no le entregó a Aznar una dimisión en blanco, ni Aznar se la pidió, pero el expresidente consideró que esa carta estaba escrita en el aire, y que él, lo mismo que don Manuel en su día, era el patriarca de la cosa, el que en la hora delicada de la Nochebuena decidía qué lugar ocupaba cada cual en la mesa. Y sobre todo qué se guisaba en el partido. Sin embargo, el gallego le salió gallego. Rajoy no encarnó el papel del cuñado competitivo y respondón, sino el del escurridizo que asiente y sigue a lo suyo. Un rompepiernas frente al que siempre se consideró a sí mismo el rey de la casa, el paladín al que se le debían todos los méritos y al que había que pedir permiso para sacar la zambomba o abrir la primera botella de champán. Han colmado su paciencia. Aznar se ha echado al monte. Ahora es el cuñado que se queda en casa y cena jamón york. Incluso hay malas lenguas que lo ven montando su propia cena familiar.

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