El encuentro de F. Morales Lomas

El tiempo se ha demorado entre sus manos que ahora se aprestan a acogerse en una extraña navegación en la que los masajes se suceden mezclados con un consciente deseo que turba sus miradas. Los labios del hombre alcanzan la voluptuosidad de los suyos y siente que la saliva se imanta de un desconocido apetito.  Concupiscencia que se aclimata en los brazos y se hace río que no sucumbe sino que quiere ascender por el cuello y recorrer con sus dedos los entresijos del dorado pelo. Hay tanto que contemplar que sus ojos, inyectados de voracidad, expiran ante la incertidumbre de su mirada azul. Desabrocha la camisa con la parsimonia del que no desearía que acabara nunca este momento mientras ella clava sus uñas en la espalda y roza la piel que percibe su férreo miembro. Ha llegado a los senos como el conquistador a la tierra firme para depositar su ósculo que la reclama. Un beso que se hace vesania, un veneno de frenesí cuando la mujer va aclimatando su cuerpo a la embestida del animal, cada vez más unicornio en su ingle, cada vez más salvaje a las dentelladas de ella, que muerde las tetillas del hombre con frenesí y se olvida un poco a los goces del dios de la lujuria. Paseos por la piel, descensos hacia el pubis para contemplar la fronda imperceptible que como un lápiz fino se aclimata a la escritura del útero. Pendientes de sangre por el cuerpo, descenso a los infiernos del animal que grita en su inmenso gozo. Poco a poco los cuerpos van meciendo la dicha de un extremo a otro de los brazos y se acunan en sus respectivas sacudidas. Desde el último encuentro ella ha pensado en su amado arraigando en él su deseo, acaso perdido, acaso reencontrado de nuevo tras el fiasco del último amante. Pero es otro el que ahora feraz abraza en su cuerpo todo el impulso retenido, el gozo suspenso. Son dos ramas del mismo tronco que dan sus frutos en la saliva que corre por las bocas alborotadas o en los encuentros del pubis y del pene en sus manos, pendón en la sangre y en la pasión. Ninguna palabra con la que detener el curso de estas procelosas aguas. Las palabras en ese lance solo pueden arrugar las inclemencias de la tormenta que salvaje se adensa y se hunde en el colchón, sobre las sábanas… en tanto la mujer se hace más navegable, más complaciente en sus profundidades de hembra en celo. Se ha perdido la incertidumbre y la dicha recobrada toma sus cuarteles de invierno, cada vez más verano, más fértil y vital. Se diría que no han conocido otros corazones y sus rumbos nacieran de nuevo en estas sábanas por el empuje del viento y sus velas se desplegaran con la lozanía del que nada conoce. Así lo parece, pero no es cierto. Son artífices consumados en el duelo de cuerpos, en esa espera en que va consintiendo los sexos, adecuándolos a su singladura de entusiasmo. Ya pueden gritar, ya pueden extinguirse en la suculenta jauría de los dedos que todo lo tocan, que todo lo ven, que todo lo pueden. Dedos entre los dientes, dedos en los sexos. Y al fin en una unidad consentida, realidades de sí, como héroes de un cuento que se repite siempre desde el principio de los tiempos para luego fenecer e iniciar de nuevo su andadura, como si nunca hubiera existido, como si nunca la dicha hubiera tenido lugar y todo se iniciara constantemente cada día. Así se ven, como personajes de una historia que no habrían escrito nunca, personajes ajenos al mundo, incisos en una aventura de otro.

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