EL ESCRITOR MALAGUEÑO RAFAEL BALLESTEROS PREMIO ANDALUCÍA DE LA CRÍTICA

Lectura del Acta del XVI Premio Andalucía de la Crítica (Salón de Plenos del Ayuntamiento de Arcos de la Frontera, 21 de marzo de 2010)

Lectura del Acta del XVI Premio Andalucía de la Crítica (Salón de Plenos del Ayuntamiento de Arcos de la Frontera, 21 de marzo de 2010)

LA MUERTE TIENE LA CARA AZUL POR MORALES LOMAS
Las cinco novelas de La muerte tiene la cara azul están publicadas en un solo volumen y abordan el tema dilatado y fascinante de la libertad. Se sitúan en momentos determinados de nuestra historia pero los acontecimientos históricos son sólo un pretexto para abordar desde múltiples perspectivas el tentador tema de la represión, la libertad, la traición y los afectos en el magma de la lucha por la vida y por encontrar una solución a los conflictos vitales. Ballesteros no escribe novela histórica en La muerte tiene la cara azul, aunque los elementos históricos sean inherentes a estas cinco obras. Pero, desde el punto de vista teórico, el concepto de novela histórica no surge como tal en ella por razones diversas que no vienen al caso; entre otras, y fundamental, la no voluntad del escritor de hacer revisión histórica alguna o plantear una novela bajo el supuesto inicial de los acontecimientos históricos. En consecuencia, conviene establecer este principio rector ab initio para no confundir al lector.

Ballesteros tampoco escribe en La muerte tiene la cara azul novelas panfletarias y antinómicas donde los buenos son siempre perseguidos y los malvados lo son con inquina, novelas de las que tanto se abusó en los años 50, novelas de muchas berzas y otros productos agropecuarios.

Ballesteros no escribe una novela ideológica con la que quiera reivindicar el socialismo militante que, tampoco estaría mal, por su condición de político que ha tenido un importante papel en la historia española reciente. Ballesteros no escribe al dictado de nadie ni de nada. No escribe por defender ideas (aunque evidentemente las defiende, si bien éste no sea el objetivo sustancial) ni por crear desde la narrativa un discurso ensayístico. Esa tendencia que existe actualmente en muchas novelas seudohistóricas en las que los escritores pretenden hacer periodismo-ensayo-narrativa en un batiburrillo muy aceptado por los lectores (a esto se le llama hoy posmodernidad, o algo así). Ahora bien, esto no quiere decir que llegado el caso muestre su visión sobre la ideología con una claridad meridiana: “Aquel que no tiene ideas políticas ni sabe defender su dignidad, no es verdaderamente una persona ni nunca llegará a serlo. El que carece de ideología, ni tiene cabeza ni tiene corazón; y el que no sabe defender con orgullo su sitio en el mundo, lleva una vida vacía, sin fundamento” (p. 168).

Si el lector osa caminar por los vericuetos de las cinco novelas que conforman La muerte tiene la cara azul se va a encontrar con una gran sorpresa. Ballesteros ha querido crear la novela de los seres humanos en conflicto, de seres humanos dotados de esa trascendencia por haber nacido, en consecuencia, que pueden amar, fornicar, crear u odiar, traicionar o dar la vida por un ideal o por una delación o por un quítame allá esas pajas. Es decir, el ser humano en su estado puro, con sus veleidades fascistas, con su bondad, con su enamoramiento y con su deseo de seguir viviendo en libertad.

Más que una novela de personajes, ha querido construir una novela de personas. Y, más que una novela histórica, una historia de personajes en un ámbito temporal dominado por la falta de libertad y la traición, en donde está presente lo solidario o la capacidad de sacrificio, el odio, el amor o la felonía (muy relevante en todas las obras).

Uno de los grandes aciertos de esta obra, llena sin duda de ellos, es el uso del diálogo. Las cinco novelas se sostienen sobre él. Siempre se ha dicho, y yo así lo creo, que uno de los novelistas que mejores diálogos ha creado en la narrativa española contemporánea ha sido José María Vaz de Soto. Los diálogos de Vaz de Soto son densos en el pensamiento y forman parte de la psicología y del psicoanálisis. Son diálogos que sostienen a las novelas por su profundidad y multiplicidad. Los diálogos de Rafael Ballesteros son profundos y certeros, crean un mundo propio y trascendente pero de modo muy diferente a los de Vaz de Soto, pues nacen de sus silencios y de la proyección de su capacidad simbólica, de su capacidad para sugerir, de su brevedad, de su contención, de su normalidad con aspiración a la trascendencia discursiva. Es como si Ballesteros hubiese querido normalizar los diálogos en ese afán de bajar a los personajes de su cascarilla de héroes a su humanidad de personas, a su condición de seres humanos.

Era muy fácil, tomando la perspectiva del propósito final de la obra, la libertad, urdir diálogos trascendentes, «interesantísimos», pero no, no ha querido trascender el momento sino plantear el acto en sí de la creación desde la perspectiva de los regidores de ésta, personas anónimas, personas del pueblo, personas ajenas al runrún de la historia pero verdaderos constructores y artífices de ella. Decía en este sentido el escritor que uno de los elementos que ha querido destacar es el valor de muchas personas, la entrega de esa gente austera y sencilla que sabe que su nombre no va a pasar a la historia, pero también dejar de manifiesto la superación del dolor, el sentido del perdón… De ahí su voluntad de no crear personajes históricos sino anónimos, en una línea similar a Paz en la guerra de Miguel de Unamuno.

Por tanto, no podía hacer otra cosa, para darle más verosimilitud a su obra y no llenarla de literatura vacua o de palabrería efectista, que crear diálogos pequeños, exiguos, diálogos tenues, diálogos que sugieren más que dicen, que casi invitan a cumplir la función fática más que a adentrarse por la poética…; en definitiva, diálogos de personas normales, diálogos normalizados. Y es que las personas normales habitualmente no se dedican a hacer discursos trascendentes, no hablan “imprescindiblemente” porque no se consideran como tales, aunque en un momento determinado lo sean, o porque tampoco desean ser considerados como pedantes, y perder, en consecuencia, el efecto de la creación. No hay pedantería en los diálogos de Ballesteros, esa falsa creación novelesca, sino cotidianidad, cercanía…, seres que en su pequeñez, en sus menudas cosas, en sus hechos vulgares se ramifican y extienden el momento vivido. Gracias a sus diálogos se intuyen las intrigas, las pasiones solapadas, las traiciones evidentes o las contradicciones vitales. Repito, un gran acierto creativo.

La muerte tiene la cara azul es un ciclo narrativo que está ubicado en Málaga y provincia, que adquiere de este modo un valor como espacio narrativo y sigue en la línea de tantas novelas que están construyendo Málaga como espacio novelesco, algo inédito en los años ochenta. En esta obra ha estado inmerso durante quince años bajo la salvaguarda de la libertad y su lucha en una España que conoce muy bien los entresijos de la misma desde que “indiciariamente” surgiera la emblemática figura de Torrijos, uno de los luchadores por la promulgación de los principios rectores de la revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad. En este proyecto ya había aparecido hace unos años, adelantándose a los demás, La imparcialidad del viento, uno de los cinco libros de La muerte tiene la cara azul, pero las otras cuatro obras son novedades. La imparcialidad del viento está en el bloque cuatro, centrado en los últimos meses de la vida de Franco y llega hasta el año 1977. Las otras obras llevan por título: El peligro de la libertad, que tiene como protagonista a un joven que nos recuerda mucho a Gabriel Araceli de la novela Trafalgar de B. Pérez Galdós (de hecho, en la última novela Miss Damiani, el narrador refiere que entre los libros que leía Cetme estaban los Episodios Nacionales de Galdós, p. 683), a Robert Boyd y, en menor medida a Torrijos. Es la novela más alejada del resto del grupo narrativo que se insertaría en la inmediata posguerra española hasta finales de la década de los setenta.

Las otras obras son: Rencor de hiena, que desarrolla el triunfo del golpe militar de Franco y la huida de muchos a los montes de Málaga; Verás el sol, la historia de la guerrilla en la Axarquía y Málaga; La imparcialidad del viento, la visión de una anarquista y su voluntad de hacer la revolución; y Miss Damiáni, historia de traición y venganza bajo el diapasón de los afectos pasionales.

En definitiva, La muerte tiene la cara azul es un grupo de novelas diferentes y autónomas, con su idiosincrasia personal y su trascendencia narrativa, creadas por voluntad del narrador como tales y en las que no hay voluntad de conformarlas de otro modo, pero sí con la manifiesta de ser estandartes de la lucha por la libertad. Es cierto que existen elementos comunes, a los que nos hemos referido, pero sobre todo la voluntad de crear mundos en los que sobresalen las grandes pasiones, los grandes pensamientos y las grandes decisiones. Muerte, vida y amor como determinantes últimos de la existencia del ser humano y el compromiso absoluto por la libertad y sus correlatos.

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