El mar y el no-mar de Óscar Pérez, por Antonio Abad

El mar es el referente, pero en la última propuesta plástica que nos ofrece Óscar Pérez la verdadera tentativa de la misma no es sólo la plasmación de un paisaje marino, con soluciones absolutamente abstraccionistas, sino la de situarnos ante el potencial expresivo del color.

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En su caso, ese color es el azul. Un azul lleno de matices, túrbido, procaz, exultante a veces, donde el acrílico, el agua y el betún, dinamizan emulsiones que dan lugar a estructuras formales surgidas de una gestualidad eminentemente lírica. Por eso no se pinta el mar sino el color imaginario de un mar en su infinita calma o bajo el más virulento azote de una terrible tormenta.

Digamos que para Óscar Pérez, que parte del Land-art y la fotografía, la realidad solo tiene el valor de sensación estimulante y que el mar sólo lo utiliza como excusa para el desarrollo de sus compasiones basadas en la simple relación rítmico-armónica del color y la forma.

No hay duda de que forma y color son dos elementos que están permanentemente imbricados, sin embargo en términos pictóricos conviene diferenciarlos ya que se trata de agentes plásticos que actúan de modo diferentes.

Para concretar, cuando percibimos la forma es la mente la que se dirige a ese objeto, sin embargo en la visión del color es el objeto el que se dirige a nosotros. Las formas que nos presenta Oscar Pérez en esta serie de “marinas” están desprovistas de contenidos propios.

Queremos decir que el mar está y no está. Lo que está es una materia indiferenciada, delicuescente, salpicada de multitonalizaciones cromáticas y manchas fluctuantes donde se aprecia primordialmente la agitación de las formas y la evanescencia del color. Es como si estos cuadros se hubieran convertido en un terreno de combate donde la pintura ha acabado metamorfoseándose en la propia biografía del pintor. En este sentido, y a partir de una pincelada expresiva y dramática, cada una de sus composiciones parecen representar la experiencia interior que vive el artista al servicio de los sentidos, donde la melancolía de la duda (Kierkegaard) o el nihilismo (Nietzsche y Jung) nos llevan a una expresión no controlada de la individualidad revestida de cierta experiencia mística.

Todo esto nos conduce a la concepción de estas obras como meras superficies, a un arte sin gramática, a que el paisaje no exista sino la idea conceptual de ese paisaje del que únicamente se representa la conexión de sus elementos, la memoria de lo indescifrable para que nuestra mirada, ante cada uno de estos cuadros, se dirija de fuera a dentro, de la naturaleza al espíritu porque –después de todo– la realidad por sí misma no nos basta.

Antonio Abad

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