El orgullo desatado, por Elvira Lindo

El País, 13.10.2017

Se dice, se escribe: quien no saca la bandera española al balcón es un acomplejado. Camino lleva de convertirse esta consideración en lugar común. Acomplejada. Honestamente, no me veo. Para quien es hija de madre aragonesa/valenciana (Ademuz es un enclave) y de andaluz, para quien nació en Cádiz y conserva nostalgia escolar de Palma, para quien estudió en un instituto del Retiro, sacó sus oposiciones de locutora en Málaga, y siguió mudándose de manera insensata de la periferia al centro de Madrid y viceversa, para alguien con raíces tan diversas, ¿cuál ha sido la respuesta obvia a quien preguntaba en Nueva York, y tú, de dónde eres? Desacomplejadamente, respondía que española porque es lo que soy. Jamás dudé de que al otro lado del océano estaba mi sanidad, el punto del mapa donde pago mis impuestos, pero sobre todo el lugar donde sitúo mis recuerdos, la tierra donde reposan mis padres y las calles en las que se afanan a diario mis seres queridos. Incluyo algo esencial: la patria más chica de quien escribe es su sintaxis, ese particular orden íntimo aprendido desde la infancia que nos proporciona una voz singular. ¿Complejo? Ninguno. Pero tampoco orgullo. De la misma manera que siempre me ha irritado esa cansina descripción derrotista de mi país en la que encuentro más pose que sinceridad, me inquietan las declaraciones exacerbadas de orgullo colectivo. Y vaya, parece que no hay manera de escapar de ellas. Seamos claros, tildar de acomplejados a los que no se envuelven en la bandera o no le dan más sentido a una fiesta que el de tener un día de descanso es para algunos opinadores que leo/escucho un eufemismo de ser antipatriota, y me deja atónita que quienes tanto critican la comprensible angustia que provoca una sociedad en permanente despliegue de sus símbolos identitarios vean razonable contestar con un órdago de la misma índole.

Se dice que es la gente de izquierdas la que, anclada en los viejos prejuicios progres, no acepta los colores de la bandera nacional, que son precisamente esos melindrosos los que acudieron, manipulados por supuesto, a la concentración de las banderas blancas. No es eso lo que esta cronista vio. Lo que había, al menos en Madrid, era un ambiente familiar donde a falta de alguien que dijera unas palabras daban vueltas los asistentes a la Cibeles sin saber muy bien hacia dónde tirar. La policía había establecido una especie de rompeolas en la Castellana al que acudían manifestantes de la concentración de Colón para mostrar la bandera española de manera desafiante, algunos con ganas de una gresca que, por fortuna, no cuajó. Me acerqué entonces con pesadumbre hasta el lugar de encuentro de los desacomplejados y allí estuve un rato escuchando a un tipo que micrófono en mano vociferaba que ahí es donde estaba la gente que daría su vida por España. Me fui pensando que el problema de poner el patriotismo en un listón tan alto es que somos muchos los que nos quedamos fuera.

No quiero hacer de esta anécdota una generalización de todo aquel que ha decidido estos días sacar la bandera a las calles de mi ciudad, en absoluto, pero sí desearía, incluso apelando a esa Constitución que algunos esgrimen como texto sagrado en la mano, que se considere que tan pueblo es (tal y como se les dice a los independentistas) el que se levanta a aplaudir un desfile como el que remolonea en la cama, el que aplaude al Rey como el republicano, el que no está dispuesto a ceder en este embrollo ni un ápice de sus convicciones como el que sí. Pero advierto, por la manera en que informaba TVE del desfile del 12 de octubre, que hay una voluntad de repetir una y otra vez que el pueblo español (ese pueblo que todo dirigente se apropia como suyo) había salido a defender la unidad de España. No seré yo quien critique las ocupaciones que cada uno elija en el día señalado como fiesta nacional, pero quiero vivir en un país en el que no se tome la parte por el todo, en el que vuelva a reinar la ironía sobre el asunto, en el que la canción de George Brassens no lleve camino de convertirse en subversiva; ocurre que establecer una definición para el buen patriota es estrechar la libertad de expresión, y eso me alarma desde el momento en que en mi oficio, en todos los oficios artísticos, debe existir un nivel de tolerancia que nos permita contar y cantar tanto lo que nos gusta como lo que detestamos. En el dibujo de El Roto de este 12 de octubre una abuela le pregunta al nieto, “¿No sientes el orgullo de ser español?”, y este responde, “Abuela, a mí me da vergüenza ser de cualquier sitio”. Esta viñeta está en sintonía con toda la obra de este artista genial. Lo admiramos porque nos produce asombro e incomodidad. Si en días pasados le llamaron facha, con esto podrían definirle como rojo. Para mí hace honor a los versos de Machado: “Busca a tu complementario/que marcha siempre contigo,/y suele ser tu contrario”. A lo que yo, en prosa, apostillo: déjennos respirar a nuestro aire.

Haga un comentario

*