El peor año de la Historia, por Teodoro León Gross

Hay una tentación recurrente cada año al arrancar las últimas hojas del calendario virtual: pensar que el año ha sido malo, incluso el peor año de la Historia. El pesimismo disfruta de cierto prestigio -hasta creer que el optimista sólo es un pesimista desinformado- y siempre hay una clientela ávida de relatos más o menos apocalípticos. La pregunta coherente, de hecho, debería ser ¿ha sido éste de nuevo el mejor año de la Historia? Claro que nunca es fácil razonar así, porque la estela del año acumula sensaciones agrias, este año crisis de los refugiados, guerra en Siria mientras el mundo logra mirar para otro lado, el éxito de la mentira populista en la victoria de Trump, terrorismo islamista hasta el atentado navideño de Berlín, la figura de Putin, la represión siniestra en Turquía tras el golpe a las puertas de Europa, zika, hambrunas subsaharianas…

Globalmente, más allá de la experiencia individual, ningún año de nuestra vida ha sido el peor. Si acaso, los nacidos antes de 1945, podrían presentar la candidatura de 1943. Ese fue un año desolador entre el Holocausto y el frente ruso hasta las puertas de Stalingrado. No para competir con 1348, considerado muy generalizadamente el peor de la Historia, sobre todo porque la peste diezmó, o tridiezmó, la población. Los cuatro jinetes del Apocalipsis se vieron de nuevo en los cielos de 1914 o 1919, un tiempo terrible.

En realidad este ha sido, una vez más, con perspectiva histórica, uno de los mejores años de la Historia, quizá su mejor. El mundo progresa, aunque sea una mala noticia para los profetas de la fatalidad. La ciencia aporta avances decisivos, y 2016 se anota las ondas gravitacionales; el mundo libre se expande (hace un cuarto de siglo había entre 60 y 70 democracias, ahora pasan de 120); menos del 10% del planeta sufre pobreza extrema, según el Banco Mundial, cuando hace 25 años frisaba el 35%; la medicina derrota enfermedades, se declara el fin de la polio en África y casi en Afganistán, cerca de erradicar el sarampión y rubéola, y hay datos alentadores sobre la malaria, catalogada entre los mayores asesinos en serie de la historia; Unesco puede celebrar el hito del menor número de niños sin escolarizar en la Historia, también bajo el 10%; hay más derechos civiles, en particular sobre discriminación sexual; y sí, el acceso a internet progresa, una oportunidad para tres mil millones de personas, también en el tercer mundo. Año a año, se pueden anotar estos hitos, con tendencia a ir mejor.

Los profetas de la fatalidad tienden a enfocar los datos más desalentadores -en el paisaje ancho de la realidad hay muchos, y no son irrelevantes o anecdóticos- perdiendo el plano general. También el producto interior bruto global aumentó un 3,8%, el 90% de la población tiene acceso a agua, el ISIS retrocede y el presidente de Irak ya habla de derrota, se reduce la piratería… No se trata de caer en la complacencia, pero tampoco en el fatalismo populista: el mundo tiende a ser más libre, igualitario, educado, seguro, saludable y próspero, a pesar de todo.

Claro que al repasar los últimos 365 días abundan los titulares amargos, pero con cierta perspectiva, más allá de la lógica periodística que enfatiza la cara negativa de la realidad, el mundo progresa. Y al cabo los pesimistas siempre podrán decir como Edgardo en El Rey Lear: no hemos llegado a lo peor mientras aún podamos decir “esto es lo peor”.

Así que, más allá de la cortesía, otro año más hay motivos para felicitarse y desearse un próspero año.

Haga un comentario

*