El relato de la caducidad del amor


Por ADA VALERO

En el marco del Festival Eñe, el Ateneo acogió el pasado sábado la presentación de la novela Feliz final, de Isaac Rosa, a cargo del escritor y periodista Guillermo Busutil. Ya en la reseña, publicada en la Revista Mercurio, destacaba Busutil las líneas maestras de su presentación: la consideración de estar ante una novela Bergman donde se disecciona la gestión de la felicidad de un matrimonio, con sus ficciones y su desgaste de realidad. Lapidariamente, Busutil inició su intervención afirmando que el amor también tiene su obsolescencia, pero, aunque todas las rupturas se parezcan en sus causas aparentes, cada cual requiere su terapeuta y su personal cuaderno de contrición. Isaac Rosa explora en Feliz final el proceso de la erosión y la ruptura de la pareja compuesta por Antonio y Ángela y lo hace sin concesiones, dejando al descubierto toda la carnalidad y la putrefacción del amor, literatura epidérmica que se lleva a cabo sin anestesia en el habitual estilo directo del novelista sevillano.

Isaac Rosa se mostró consciente de que haber escrito una novela diferente a las anteriores, aunque Busutil viera ya en La habitación oscura (2013) un germen de la que nos ocupa. El punto de partida lo constituyó una intuición relacionada con la observación de su entorno: la sensación de que algo no funciona en nuestras relaciones amorosas, de que no nos estamos queriendo bien. Feliz final surge como modo de comprobar si su intuición tenía razón de ser. Para ello, además del habitual proceso de documentación, recurrió a su círculo de amigos y de afectos, a los que hizo llegar un cuestionario con preguntas elementales y con él experimentó la sorpresa de que existía una necesidad de hablar, de abrir los corazones y poner en común, hasta el punto de que se incorporaban a su muestrario desconocidos que habían sabido del cuestionario y de su peculiar búsqueda. Este proceso ha convertido a la novela en un libro muy conversado, en palabras de su autor. Desde ese principio de experiencias personales, Isaac Rosa amplió el prisma, preguntándose cuánto de ese malestar amoroso proviene del yo y cuánto de la vida que llevamos hoy, del malestar social que resulta de las condiciones materiales, de la precariedad, del dolor reflejo del capitalismo como sistema cultural y de valores que provoca vidas llenas de ansiedad, de cortoplacismo y de obsolescencia. Aun sabiendo de la complejidad del amor y sin querer tratarlo de manera reduccionista, a la relación amorosa se le ha aplicado en buena medida la lógica del mercado y es que el amor funciona para el novelista como un microcosmos en el que se puede explorar qué tipo de sociedad hemos construido. En esta exploración recurrió al saber de la socióloga Eva Illouz (Por qué duele el amor. Una explicación sociológica, 2012), donde analiza la paradoja de que el amor, que nos conforma como seres humanos y sociales, está viviendo un enfriamiento emocional producido por la organización social de nuestros días, y de Arlie Russell Hochschild con su libro La mercantilización de la vida íntima (2008), serie de ensayos sobre el modo en que el capitalismo se infiltra en lo doméstico a partir de la incorporación de la mujer al mercado laboral.

El resultado de su exploración es una novela que provoca en el lector una forma de desolación ˗la primera con la que hace llorar a sus lectores, confiesa el autor˗ que ahoga, según la filósofa Marina Garcés, acompañante en la presentación del libro en Barcelona, pero que, en opinión de Isaac Rosa, no debe paralizar, sino movilizar.

Su estructura es interesante, pues empieza por el epílogo de la ruptura, contada a dos voces por sus protagonistas. Según su autor, la sustancia narrativa del amor es el relato, el contarse desde la verborragia del minuto uno del enamoramiento, en el que ya se empieza a armar el relato del amor ˗verdadera metáfora que recorre todo el libro˗ con una voz compartida, hacia la diversificación de las versiones, cuando la batalla por el relato es símbolo y desencadenante de la ruptura, pero también discusión por quién re-cuenta el relato, porque el componente verbal, el lenguaje, es conflicto en ese proceso doméstico de ajuste de cuentas que convierte a las familias en empresas, en un tiempo en que cada vez más las empresas pretenden parecerse a las familias.  Antonio y Ángela son dos personajes atrapados en el discurso del amor, en la autorreferencia para certificar el desgaste, la erosión que desemboca en ruptura.

Preguntado sobre la alternativa, Isaac Rosa confesó no tener respuestas y aludió a las palabras de Marina Garcés en su artículo El amor libre (publicado en catalán). El ideal del amor libre, según la filósofa, no contaba con dos factores: el malestar social, que no decae, y el capitalismo emocional, que se acentúa. El amor libre formaba parte de un proyecto de emancipación que no era solo sexual o afectiva, sino sobre todo social, económica y política, y no contaba con la liberalización capitalista del sexo y del amor, una nueva forma de dominio que necesita la frustración personal para incentivar el deseo colectivo, de modo que ahora, con este amor liberalizado, que no libre, tenemos muchas opciones, pero más miseria afectiva y nuestras soledades lo siguen siendo también en pareja. Para salir del encierro en que se encuentran esos dos en soledad, es necesario no cargar la relación de expectativas de felicidad, sino lograr construir un entramado de afectos.

Feliz final no es literatura del yo, que a Isaac Rosa no le interesa como género, sino una novela de exploración creada por un narrador que Busutil cuenta entre los mejores del panorama literario actual, un libro que, en su opinión, logra retratar desde lo microscópico a lo panorámico la catarsis de la separación como pérdida de un relato común.

 

Grupo Literario Las Tardes de Atenea

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