El sacrificio de Curcio, por Juan López Cohard

BELVEDERE 9-11-2014

Cuando mañana domingo, día 9 de noviembre, éste artículo vea la luz, muchos miles de catalanes partidarios de la escisión de Cataluña del resto de España, estarán participando en un simulacro de votación para poner de manifiesto su aspiración. Un simulacro que no tendrá ninguna validez jurídica y ningún efecto práctico sobre la configuración actual del Estado, pero que generará, política, social y afectivamente, una ruptura del pueblo catalán, o cuando menos una gran parte de él, con los demás pueblos que, durante más de quinientos años, han protagonizado una historia común.

España se forjó trabando con lañas de sangre y nupcias los territorios de distintos reinos que tuvieron un pasado común desde la Hispania romana, pero siempre estuvo latente el deseo de herrumbrar las lañas para deshacerlas y volver a los orígenes. Un deseo que se ha mantenido con más fuerza en aquellos pueblos que se diferenciaban, fundamentalmente, por tener un idioma diferente como es el caso de Cataluña.

Los gurús independentistas catalanes han conseguido que, en unas pocas décadas, casi la mitad de los catalanes piensen que la separación hará de Cataluña el país de Jauja. Para arrastrar a un pueblo, nada más eficaz que inculcarle una fe ciega en la bondad de un desconocido porvenir y un odio ciego a la perversidad de lo conocido. Ya decía San Pablo que la fe es el fundamento de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, y parte del pueblo catalán está siendo arrastrado a un vacio incierto con el único arma de la fe, la que les están inculcando sus profetas independentistas.

Cuenta una leyenda romana que, habiéndose abierto un gran abismo en el Foro romano, el oráculo predijo que sólo se volvería a cerrar si se echaba a él lo más preciado de Roma y que de eso dependía el bienestar de la ciudad. Como entendían que lo más preciado era la juventud y la milicia, el legendario M. Curcio no dudó, con su caballo y armado, en sacrificarse arrojándose al abismo. A. Mas y O. Junqueras han decidido lanzarse al abismo creado con el resto de España arrastrando consigo a lo más preciado del pueblo de Cataluña.

El problema no es tan sólo que esos catalanes segregacionistas se lancen al vacío, el problema es que nos van a arrastrar al resto de los españoles, mejor dicho, ya nos han arrastrado, a una situación desastrosa, porque una vez rota la laña que nos unía, aparte de las consecuencias económicas, políticas y sociales derivadas, volverán a resurgir de los rescoldos las llamas de la intransigencia, la animadversión, el odio y puede que hasta la violencia que, en un tiempo pasado no tan lejano, sumieron a España en la peor de las tragedias que puede sufrir un país. Nada deseo más que equivocarme y que el pueblo catalán, y todos los españoles, culminemos nuestras aspiraciones viviendo en paz. El lunes será otro día, pero no habrá acabado nada.

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