El testigo incómodo, por Manuel Alberca

Mohamed Chukri, Paul Bowles, el recluso de Tánger,

Madrid, Cabaret Voltaire, 2012, 210 pp. 

 

Manuel Alberca, catedrático de Literatura de la UMA

 

En 1931 Paul Bowles visitó Tánger. La ciudad era entonces un enclave cosmopolita en medio de un país medieval y colonizado. El contraste de civilización y primitivismo, de literatura y realidad, de oriente y occidente, le fascinó tanto que regresó en 1947 y se quedó para siempre. Pero, ¿qué encontró realmente en Tánger, que le retuviera de esa manera? Mohamed Chukri se propuso esclarecer esta y otras preguntas, cuando pensó escribir una biografía del escritor neoyorkino. El libro sale de aquel proyecto que Chukri no pudo o no quiso terminar. Recoge el manuscrito en árabe que dejó sin corregir ni ordenar, y que Rajae Boumediane El Metni traduce al español y edita sin pretender borrar el carácter de borrador, sin eliminar del todo el desorden y las repeticiones.

paul-bowlesPaul Bowles.

Chukri conoció y trató a Bowles a principio de los setenta, cuando el marroquí había publicado ya algunos cuentos, pero no El pan desnudo, su libro más importante, que Bowles traducirá al inglés, con un procedimiento singular. Chukri le dictaba en castellano lo que había escrito en árabe clásico, y el americano lo traducía del español oral al inglés. Esta traducción le dio proyección y prestigio mundial a Chukri. La relación de ambos fue por tanto estrecha en lo literario, pero en lo personal dejó heridas que el marroquí quería tal vez curar con el libro. Por acción u omisión de Bowles, que mecanografió los papeles, Peter Owen, su agente literario, le hizo firmar a Chukri un contrato leonino por el que perdió prácticamente los derechos de su obra en inglés, mientras que Bowles se embolsó importantes cantidades como autor-traductor. Este episodio explica en parte, solo en parte, la razón del libro. La literatura les unió y les distanció. De hecho, cuando Bowles supo que Chukri estaba escribiendo sobre él, se temió lo peor. Por suerte murió sin leerlo y se ahorró un disgusto, pues el resultado no le es favorable. En diferentes episodios del relato Chukri le caracteriza como desconfiado, avaricioso, tacaño, mentiroso, sádico reprimido, homosexual discreto, que utilizaba el sexo de manera perversa en sus relatos.

MOHAMED-CHOUKRIMohamed Chukri, el autor marroquí.

Pero el libro no es solo un ajuste de cuentas, entenderlo así sería minusvalorar el trabajo de Chukri. Ambos escritores provenían de mundos antagónicos, de historias familiares diametralmente opuestas y por tanto su apreciación de la realidad estaba en las antípodas. Ni siquiera Tánger era la misma ciudad. El Tánger de Bowles era la ciudad colonial añorada, un paraíso de corrupción, acorde con sus fantasías. Una ciudad en donde se toleraba a los extranjeros el consumo de drogas y el trato homosexual con los nativos. Un país que incluso después de la independencia guardaba unos mecanismos propios del colonialismo, pues todo era corruptible, porque todo se podía comprar. Chukri sentencia que a Bowles le gustaba Marruecos, pero no los marroquíes. Por el contrario, Chukri, bereber y ateo, autodidacta, putero y alcohólico, sentía que el Marruecos en el que su amigo se deleitaba era un país intolerante en lo religioso con sus súbditos y permisivo en todo con los ‘colonos’. En resumen, lo que para Bowles y sus amigos americanos era un ensueño, un país idealizado; para Chukri era un mito obsoleto que escondía la dureza con la que él se chocaba cada día en las calles. En cualquier caso, y a pesar de su carácter inacabado, el libro merece mucho la pena. Muestra que tras el mito glamuroso del escritor, exiliado de lujo, colonialista malgré lui, hay otra realidad diferente a la legendaria. Por el libro se pasean además personajes como Jean, la esposa de Bowles, T. Capote, W. Burroughs, A. Ginsberg, J. Kerouac, etc. El prólogo lo firma Juan Goytisolo, otro ilustre desterrado en el país vecino. Afortunadamente sus amigos marroquíes no escriben.

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