El vértigo del color en la pintura de Carlos Barceló, por Antonio Abad

La pérdida de la referencia iconográfica es el signo más ostensible de la abstracción.

Basándose en el inconsciente colectivo de Jung y el automatismo psíquico de los surrealistas, los pintores abstractos desde Kandinsky, pasando por los pintores de Nueva York (Jackson Pollock, Villem de Kooning, Mark Rothko o Barnett Newman) hasta nuestros días, se ha venido apostando por una pintura no figurativa apartada de toda referencia del mundo material.

Cargarse la realidad desde una expresión del yo de lo más íntimo ha sido siempre su formulación más específica. Todo expresionismo abstracto además de arrancar de un cierto individualismo de raíces románticas ha tratado de fundamentar un alfabeto desprovisto de significado, de la destrucción de las formas pero sobre todo de posibilitar un espacio lleno de contrastes cromáticos donde el color ha de estar íntimamente relacionado con las emociones y sentimientos humanos.

Es el color, precisamente desde una acción gestual, y como cómplice misterioso de los sentidos, lo que significa y va a significar en toda la obra abstracta de Carlos Barceló.

En sus composiciones, con un alto grado conceptual, los distintos aspectos cromáticos delimitan una pintura como manifestación esencial del ser. Diríamos que es la pintura la que se enfrenta al espectador, como quería Pollock y no al contrario.

Esta especie de subordinación de la mirada implica que el color y las formas, más allá de la esfera de lo real, representan un universo imaginario específico que trasciende los límites de lo pictórico.

En efecto, tanto fulgor cromático propende a una serie de relaciones complementarias que hacen que el color tenga un significado propio para transferir al espectador las emociones más diversas.

Estamos ante una pintura que circunda lo límites de la poesía en el sentido de transferirnos más que las propiedades intrínsecas de una imagen, el lirismo que las forma y el color nos hacen viajar hasta las raíces del espíritu.

En definitiva, lo que se pretende no es que el artista nos presente un trasunto de la realidad sino que nos haga sentir la realidad misma.

Carlos Barceló conjuga hábilmente composición y grafismo, secuencias cromáticas y acción creativa sin predeterminar los resultados, como si quisiera el mismo envolverse en la esencia de la pintura.

Pintura, solo pintura, sin referencias figurativas ni innovaciones formales, basada exclusivamente en la armonía y el ritmo.

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