Entre símbolos y sueños en la obra de Francisco Moreno, por Antonio Abad

No es de extrañar que teniendo en su haber más de una docena de libros publicados, la última obra de Francisco Moreno surja de su particular ámbito literario, de ahí que confluya su nueva propuesta pictórica con un cierto simbolismo cuya novedad se decanta por una realidad escondida que junto a la fantasía, el subjetivismo y los medios necesarios para comunicar una emoción darán lugar a una pintura con un fuerte contenido poético.

Para Francisco Moreno el mundo es una mera apariencia que habrá que subvertir para crear una realidad distinta, excitando al mismo tiempo a la imaginación con todo su repertorio de ensoñaciones y cuyo objetivo no será otro que representar lo que está oculto, lo que hay detrás del espejo de toda memoria.

Se trata, por lo tanto, de ir desarrollando una pintura conceptual en la que el tema predomine sobre la representación; de ahí el interés por el inconsciente, lo onírico o lo fantástico, contraponiendo a cualquier racionalismo estético lo irracional como fórmula inexcusable para crear espacios distintos y de naturaleza rara.

Es preciso, pues, dotarse de un fuerte análisis del yo y otros mecanismos donde el misterio, la ocultación y una buena dosis de espiritualidad activen nuestros sentidos a partir de la experiencia. En definitiva, poner la lógica de lo visible al servicio de lo invisible.

A partir de estas formulaciones es como Francisco Moreno va creando una iconografía poética, a veces impregnada de trazas surrealistas y otras que implican una vuelta a lo ingenuo, a lo naif.

Lejos de encasillar cualquier pronunciamiento crítico de su obra lo que corresponde es acercar el contenido de la misma al espectador señalando, en este sentido, que estamos ante una pintura frecuentada por una espiritualidad cercana a posiciones religiosas o místicas de las que irá extrayendo los símbolos y las ornamentaciones correspondientes en un alarde de simplificación formal.

A este respecto la muerte y su misterio, o la mezcla de lo real y lo fantástico, cobran una presencia sucesiva como acontecer de nuestra realidad tangible, pero envuelta con el sarcasmo o la ironía y algunos préstamos de El Bosco.

Todo ello dará lugar a plasmar un espacio de luces tamizadas y desvanecidas tintas donde la tonalidad grisácea irá creando una atmósfera húmeda con ráfagas solanescas, que ayudan al propósito que se persigue que no será otro que mostrarnos la ambigüedad con todos sus enigmas.

Dicha ambigüedad será el soporte para ir encadenando otros temas en un amplio y recurrente discurso plástico. Lo grotesco, de este modo, hará su aparición a través de unos personajes anodinos. Lo carnavalesco o las postrimerías tomarán presencia plena. Para ello, Francisco Moreno recurre a la sátira con un acusado sentido del humor para mostrarnos, definitivamente, una pintura cercana y amable a base de una pincelada suelta y un dibujo expresado apenas fugitivamente como si su indeterminación nos obligara a conformar su contorno, todo ello tamizado por un cromatismo recio y vigoroso.

Estamos ante una obra nacida de la emoción y de los sueños que trata de trascender la realidad más allá de ella misma para adentrarnos en el misterio y en la voluntad de un yo que nos libere de nosotros mismos. En definitiva, pintura que se enfrenta al positivismo imperante.

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