Entrega de la Medalla del Ateneo a José Infante, por Francisco Ruiz Noguera

Porque volver no siempre significa regreso”. He querido empezar esta laudatio y este homenaje al poeta que hoy celebramos con palabras suyas: esas palabras iniciales son un verso de su libro Elegía y no, que en diciembre de 1971 consiguió el por entonces más prestigioso premio de poesía joven en España: el Adonais. Y he escogido ese verso porque, en cierto modo, es relacionable con este reconocimiento que a José Infante le hace hoy el Ateneo, una institución a la que Infante estuvo unido desde los comienzos de su trayectoria como poeta. Para mí, la figura de Infante, en aquellos comienzos, es inseparable de la sede del Ateneo en la Plaza del Obispo, en cuya biblioteca, mantuve por vez primera una conversación con él a principios de los años setenta.

Pocos meses después de la publicación de Elegía y no, en 1972, José Infante deja Málaga y se traslada a Madrid; allí residió durante cuarenta años dedicado al periodismo en diversos medios, sobre todo en Televisión Española, donde fue autor de reportajes memorables como El camino de España (sobre el hispanismo), El sol de Flandes (sobre la presencia de la cultura española en Europa), o los dedicados a Gerald Brenan o Robert Graves. Años de lejanía hasta que, en la primavera de 2011, vuelve de nuevo a Málaga. Años de lejanía, pero no de escisión: Infante siempre ha estado presente en la vida cultural malagueña, a veces, incluso, con iniciativas culturales por él propuestas. Y, naturalmente y sobre todo, presencia por los lazos familiares, intensos en su caso, tanto en lo afectivo como en lo literario: recuerdo que, en aquel pequeño salón de actos de la Plaza del Obispo, cada vez que intervenía Pepe, allí estaba doña Dolores Martos Bonald, su madre. Esta noche están aquí sus tres hermanas, y Pedro.

Larga e intensa trayectoria literaria la de José Infante. Desde la aparición de su primer cuaderno poético (Imágenes sucesivas, 1970, con pórtico de Jorge Guillén) hasta su último libro (La libertad del desengaño, 2013), pasando por títulos claves como El artificio de la eternidad, El don de lo invisible, La casa vacía o Daños colaterales, puede decirse que la vida de Infante ha estado consagrada a la palabra, y empleo ese término no por la comodidad del tópico, sino porque creo que describe el carácter de una trayectoria en la que han tenido cabida todos los géneros: la poesía, la novela, el ensayo, los dietarios, los guiones, el periodismo; una trayectoria por la que ha recibido numerosos reconocimientos: premios como Adonais, José Hierro, Aljabibe, Andalucía de la Crítica, Ricardo Molina, Beca Juan March, etc., o, en fin, su pertenencia a la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo.

Pero esa dedicación a la palabra no le ha hecho apartar los ojos de la vida: hay una gran coherencia en su forma de concebir lo poético; una concepción que vincula la experiencia creadora con la experiencia vital. He aquí una declaración suya: “Soy persona a la que interesa muy poco todo lo que esté alrededor de la poesía, y, a veces, la poesía misma, si va separada de la vida”. Una poética, además, la suya que no duda en asumir expresamente una tradición lírica luminosa que tiene como claros referentes a San Juan de la Cruz, Bécquer, Aleixandre, Cernuda y García Baena.

He escrito en alguna otra ocasión que perseguir a toda costa la belleza y la autenticidad está en la base de la poética de José Infante, sobreponiéndose a la desolación y el desengaño que surgen con frecuencia. Un desengaño fundado en el contraste, tan cernudiano, entre realidad y deseo. Tal vez sea ese contraste —tradición literaria ya— lo que lleve al poeta a considerar la palabra (el poema) con una doble función esencial: “la palabra a la vez que se convierte en vehículo de conocimiento, pasa a ocupar el lugar de arma de salvación”, pero, en todo caso, arma de salvación personal. La vida, pues, como indisociable de la escritura. Unas palabras suyas resumen muy bien este propósito: “No mentirme nunca poéticamente, como no quisiera mentirme vitalmente. Ser fiel en cada momento a la necesidad de mi expresión”.

Aunque, obviamente, el verso que cité al principio (“Porque volver no siempre significa regreso”) trasciende lo puramente denotativo y se acoge a la connotación de lo temporal y lo cambiante, y, en última instancia, a la huella del todo pasa, nada permanece de Heráclito, podemos, en esta ocasión, acogernos a la literalidad y afirmar —en contradicción paradójica con lo que el verso dice— que José Infante no solo ha vuelto, sino que también ha regresado. Y ha regresado para, tal vez sin proponérselo, y tal vez solo con la guía de su carácter, o de su pasión, ser un dinamizador de la cultura en la ciudad, de manera que mucho de aquel empuje del joven que en 1971 proyectó, junto a otros jóvenes, la revista Algo se ha movido (revista que finalmente no llegó a nacer, y para la que Vicente Aleixandre había mandado un texto de salutación), y mucho de aquel joven, presente desde el principio en la tertulia de los Viernes de Gloria en El Pimpi, sigue en pie ahora y ha regresado con la vuelta del poeta a su ciudad, con su presencia activa en la cultura de la ciudad, con su cercanía y complicidad con los jóvenes de ahora no solo en su tertulia de los lunes, sino también en el vivir diario.

Es justo, pues, que se reconozca, como se hace esta noche, la obra y el compromiso con la palabra, con la cultura y con la amistad de uno de los poetas españoles más singulares de la llamada generación del 70: José Infante.

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