Envejecer (I parte)

 

POR Manuel Sánchez Vicioso

De Antonio Fernández Bermúdez aprendí muchas cosas. Fue el abuelo materno de mis hijos que vivió 96 años y se despidió de nosotros el 27 de enero de 1994, día de la segunda huelga general convocada por CCOO y UGT contra las políticas genticidas de Felipe González.

Sus últimos meses los pasó postrado, su cabeza viajaba entre la realidad, los recuerdos y la fantasía, en muchos momentos jugaba al ajedrez. Un día ya cerca de su marcha estaba yo sentado en su cama y en un momento de lucidez me dijo “Ves ese ropero, yo valgo menos que él, el vale para guardar ropa y yo sólo para dar trabajo” Y se preguntó “Qué hago yo aquí

En los días de estío es habitual que andemos ligeros de ropajes, cuando la canícula aún no ha empezado a apretar, tengo por costumbre afeitarme, semitapado mi torso con una camiseta de tirantes blanca. Entraba la luz natural por la derecha y al levantar el brazo para enjabonarme la cara me fijé en las arrugas de la piel que se vislumbraban por encima de la axila hacia el cuello. Vi mi piel envejecida, acartonada, deshidratada, ajada. Entonces recordé la igualdad del aspecto de mi piel con la de mis padres cuando fueron viejos, en las manos la piel de mi madre era transparente. La primera emoción que sentí fue de sorpresa y después la conclusión: estoy envejeciendo. Ya he inaugurado la séptima década.

Mi madre siendo mayor, pero no vieja, decía que de mayor no le gustaría depender de nadie, que antes prefería la muerte, no se salió con las suyas, pasó de los noventa y en los últimos meses repetía con asiduidad que quería irse, que ella aquí ya no pintaba nada.

No está preparado el ser humano para pensar en la muerte cuando  es joven, pero cuando ya has despedido para siempre a tus mayores y vas demasiadas veces a los campos santos te das cuenta de que perteneces a la generación que está en la puerta de este último lugar.

Cuando el abuelo de mis hijos me dijo que quería morirse no lo entendí, no tenía edad para entenderlo. Cuando se lo oía decir a mi madre ya lo entendía, mi padre la asumió sin decirlo. Lo mismo que comprendía que enfermos terminales desearan la muerte y que la compasión me convenciera de la necesidad de la eutanasia. Me sorprendía con qué placidez, sin amargura y sin rencor pidieron mis mayores la muerte.

La causa de que quieran irse para siempre no es la que esgrimía mi suegro la de la utilidad sino la de que ya habían vivido lo suficiente, ya habían visto bastante, disminuían la ingesta por más que alguien les insistiera de que tenían que comer, pocas o ninguna cosa o acontecimiento les motivaba ni interesaba. Habían decido morirse.

He escrito morirse no suicidarse, pues si uno se lo propusiera ordenaría a su cerebro que mandara a los órganos de su cuerpo ponerse en situación de irse para siempre y creo que lo lograría. Es una leyenda que los inteligentes elefantes saben que ya se les acerca la última hora y se despiden de la manada y aceptan la muerte. Muchas personas perciben su último momento y se despiden de los suyos.


        La piel envejecida es la muestra física de que el camino de despedirse de la vida está más cerca que lejos. Aunque no desee irme ahora. No soy creyente pero creo en la reencarnación por conveniencia, por puro egoísmo, creo que cuando me vaya me dejaré cosas por hacer, entonces volveré para hacerlas. Quien no sea reencarnacionista no se reencarnará, así que al loro.

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