Escaleras interminables y pompas de jabón

Por CHRISTINE FÉLIX GARCÍA

La ciudad moderna: una construcción artificial que conlleva  bullicio, luces, libertad aunque también  puede convertirse en costra, fatiga o extrañeza. Las ciudades crecen en el siglo XXI de manera arrolladora, tanto que a veces son capaces de engullir a sus habitantes,  entonces ¿qué nos hace querer vivir en ellas, soñar con sus latidos como si sus calles fueran arterias que buscan un corazón a veces sangrante? Delphine de Vigan lo sabe y en Las horas subterráneas nos adentramos en la capital francesa a través de dos personajes que recorren sus calles sin tregua luchando por entender lo que les está sucediendo. Y es que, tras un hermoso ventanal de cristal y acero, el acoso serpenteante en el trabajo o el amor no correspondido, pueden desbaratar a las personas, mientras los ojos más cercanos callan silenciosos.

 

 Las horas subterráneas-págs 63 y 64

En el momento en que la puerta se cierra tras ella, Mathilde hunde la mano en su bolso hasta sentir el contacto del metal. Siempre tiene miedo de olvidar algo, las llaves, el teléfono, el monedero, su abono de transporte.

Antes no. Antes no sentía miedo. Antes era ligera, no necesitaba verificar. Los objetos no se escapaban a su atención, participaban de un movimiento de conjunto, un movimiento natural, fluido. Antes, los objetos no resbalaban de los muebles, no se volcaban, no suponían un obstáculo.

            No ha llamado. Desde que su médico general se jubiló, no tiene médico de familia. En el momento de marcar el número que acaba de encontrar en Internet, le pareció que aquello no tenía sentido. No está enferma. Está cansada. Como cientos de personas con las que se cruza cada día. Entonces, ¿qué derecho tenía? ¿Qué pretexto? Hacer venir a alguien que no conocía. No habría sabido qué decirle. Decir simplemente: “No puedo más”.Y cerrar los ojos.

  ……………                                                                                                                                                    pág 151

  Esta vez es él el que ha perdido. Ama una mujer que no le quiere. ¿Acaso no existe algo más violento que ese hecho, esa impotencia? ¿Acaso no existe pena peor, peor enfermedad?

 No, sabe bien que no. Es ridículo. Es falso.

            El fracaso amoroso no es ni más ni menos que un cálculo alojado en los riñones. Del tamaño de un grano de arena, de un guisante, de una canica o de una pelota de golf, una cristalización de sustancias químicas susceptibles de provocar un fuerte dolor, incluso insoportable. Un dolor que acaba siempre por desaparecer.

             No se ha quitado el cinturón de seguridad. Tras el parabrisas, mira la ciudad. Esa danza incesante de colores de primavera. Una bolsa de plástico vacía que bailan el desagüe. Un hombre curvado la entrada de la oficina de correos que nadie parece ver. Hombres y mujeres que entran en un banco, que se cruzan en un paso de peatones. Mira la ciudad, Esa superposición de movimientos. Ese territorio infinito de intersecciones donde los encuentros no se producen.

  

 

Delphine de Vigan, Las horas subterráneas,

Traducción: Juan Carlos Durán,

Editorial Suma De Letras, Madrid 2010

 *Fotografías:  Christine Félix García

  

Grupo Literario Las tardes de Atenea

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