Espíritu Democrático, socórrenos, por Francisco Fortuny

Francisco Fortuny, escritor y doctor en Filología

Es claro que los movimientos vanguardistas llegaron a la historia de la literatura porque supieron llegar a las universidades. Y es obvio que los movimientos vanguardistas llegaron a las universidades de la única forma que, al parecer, puede llegarse a éstas: a base de movilizaciones propagandísticas, infiltraciones estratégicas o tráfico de influencias (una matización: un buen amigo y sin embargo profesor de universidad me comunica -y yo le creo- que a veces el currículum ayuda). O sea: igual que a todas partes.

Aquellos movimientos -con cuya voluntad revolucionaria simpatizo pese a mi afición a la poesía entendida como Belleza Intelectual (gracias, Shelley) y que me invita a descreer del valor de la mayoría de sus productos- consiguieron vender a los inocentes sabios de este siglo de locos sus lúdicros galimatías gratuitos como descubrimientos estéticos de orden supremo por medio de una sistemática y activísima militancia en los diversos “ismos” de turno.

Me da la impresión, no obstante, de que el concepto de movimiento o escuela literaria como frente de combate para conquistar el reconocimiento social no es privativo de los vanguardistas: uno de los primeros ismos del siglo, precisamente ése que no podemos incluir dentro de las Vanguardias, el Modernismo, acaso empezó el siglo dando ejemplo: recordaré siempre cómo el maestro Darío y su primer discípulo Villaespesa hicieron curioso -e inteligente- alarde de proselitismo cuando llamaron a Juan Ramón Jiménez para que se les uniera en su lucha en pro del movimiento estético que ellos encabezaban.

Aquellas dos fueron, desde luego, dos eminentes cabezas -y dos más eminentes corazones, si se me permite la añadidura-. Y fueron precisamente cabezas y corazones lo que no quisieron tener los vanguardistas, que dedicaron el 50% de sus energías a evitar el sentimentalismo y el otro 50% a eludir su naturaleza de animales racionales.

Quizá por ello hubo tantos vanguardistas que hicieron el animal sólo con el objeto de dar el espectáculo.

Me parece bien. Gracias a todo esto las Vanguardias se convirtieron en una de las bisagras mejor engrasadas de nuestra Historia de la Literatura. Hoy día hasta los más clasicistas y tradicionales de entre nuestros varios millones de poetas cultos mostramos -aun sin querer- la herencia vanguardista, bien en las audacias de alguna imagen de registro inusitado en los tiempos antiguos, bien en libertad a la hora de elegir los temas, algunos de ellos inusuales en la tradición, o bien en lo que entiendo es el rasgo abrumadoramente preponderante en la literatura de la actualidad: esa suerte de voluntad antiformal que esconde, la mayoría de las veces, el “no están maduras” de la zorra y las uvas. Porque yo todavía no he podido creerme que una persona cabal y sensata pueda preferir una composición en verso cojo -no confundir con verso libre: todos los versos lo son, midan lo que midan- a una composición rítmica y musical.

Podríamos añadir que el tan traído y llevado prosaísmo, ése que suele ser recomendado como meta estética a perseguir por el poeta moderno o actual y que, si no he entendido mal, es a lo que García Montero se ha referido, a mi juicio inteligentemente, como “normalización” de la poesía, es, se trate de una coincidencia o no, un rasgo que el más moderno de los realismos poéticos -el del propio García Montero, por ejemplo- comparte con todos los vanguardismos.

Permítaseme explicar la aparente paradoja: cierto que en toda normalización hay una referencia a la voluntad de volver normal algo que se ha desquiciado -la literatura del vanguardismo-, pero también hay una referencia a la norma a la que debe someterse toda persona y toda poesía normal. Esas normas no son otras que las que rigen “la prosa de la vida”, de ahí el prosaísmo como categoría estética, y la experiencia de la realidad inmediata y objetiva como sustancia temática del poema neorrealista.

Todo esto, que parece oponerse, y de hecho se opone, a las vanguardias es significativamente coincidente con ellas al menos por su “tono semántico”: quiero decir que las rosas y mariposas de las primaveras sentimentales prevanguardistas han desaparecido de la poesía (¿para siempre?) y eso se lo debemos a las vanguardias más que a Campoamor (todo lo cual es, de tan evidente, una pura verdad de Pero Grullo).

Pero hay otro rasgo de las vanguardias que les ha sobrevivido: este entender que no puede existir una poesía sin poética manifiesta ni sin una consecuente militancia “istista” que sirva para reforzar la vendibilidad del movimiento a las universidades -que son las que sentencian la Historia de la Cultura- y de paso para reforzar la buena situación social de la obra poética del militante en cuestión, su colocación en algún lugar acotado dentro de los márgenes que delimitan la corriente mayoritaria.

Nada tengo contra todo esto. Si un comerciante cree en la calidad de su producto debe -ese es su oficio- intentar colocarlo donde más beneficioso le resultare.

Pero no debemos jamás olvidar que, en un mundo libre y democrático como el que toda persona cabal y sensata debe defender, el justo triunfo de la mayoría no siempre significa razón o verdad, como tampoco debemos olvidar que, en una verdadera democracia, ni las minorías ni los independientes quedan nunca marginados ni mucho menos pierden su derechos como ciudadanos.

En el mundillo literario (uso el diminutivo con toda intención) pertenecer a una minoría o -lo peor de todo- ser independiente es como no tener existencia oficial, como perder los derechos de ciudadanía. Uno se siente obligado a tomar partido porque, si no lo hace, todo el mundo puede pensar lo de “si no estás conmigo, estás contra mí”. Uno no puede manifestar una opinión independiente sin el temor de que Alguien se dé por aludido y eso redunde en menoscabo de la carrera literaria de uno. Estas actitudes marginantes dicen muy poco en favor del espíritu democrático del mundillo literario.

Yo me siento cansado de tanta suspicacia. Unte D. Francisco los versos de D. Luis con tocino y las musas de Etiopía de éste agredan al conde Claros, pues que ninguno de los dichos deja de ser por eso Quevedo, Góngora o Lope, respectivamente.

Que yo, caiga quien caiga, voy a seguir siguiendo la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido.

Etiquetas: ,

Haga un comentario

*