Evaristo Guerra, por Antonio Abad

Evaristo Guerra

Para Evaristo Guerra toda la luz es suya. También la flor del almendro, el verde de las hojas, los naranjos, el malva, el olivo y la cal.

Evaristo Guerra

Basta un gesto sumiso cuando las huellas que dejan las pisadas de los pájaros se posen sobre el lienzo y el paisaje se volverá ingenuamente amable.

Se trata de su ancestral Arcadia. Aquí el sendero, allá la nube, el mismo mar. Un huerto que se asoma en la curva del camino. Los tejados rojizos. La blanca pedanía. Todo sencillo y fácil, posible, sin aprietos. Cuando las sombras huyen siempre queda lo claro.

Lejos, muy lejos la presencia del hombre. Tan solo el campo y su sonido. Los frutos, el afán. El aire que se duerme entre las viejas ramas de los árboles.

Se diría que su hábil pincel moja más que en la naturaleza de las cosas en la naturaleza de los sueños. El mundo de este modo se le vuelve inocente. Prima lo primigenio. Lo único. Lo simple. Los colores desnudos. La música callada. La habilidad del pulso rellenando el espacio de matices humildes. Los ocres. Los fucsias. Los amarillos limón.

Late un silencio cándido debajo de la hierba constante y el pigmento resurge de la propia raíz. Pero el hombre no está. Está lo que su mano ha llenado de labor y brío lo duro de la tierra.

Antonio Abad

 

 

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