Ficción Power: La carbonería

 

Por ASUNCIÓN CABELLO

 

Pegando a mi casa hay una carbonería abarrotada de carbón, picón y cisco, con tanto polvo volante, que agobia a las clientas, empujándolas a salir fuera, alargar sus cuellos, respirar muy hondo. Yo miro toda esa negrura con los ojos engurruñados. Una araña grande y gorda de patas muy largas se pasea por el techo buscando rincones para tejer su tela tan espesa como mis legañas cuando me despierto. La balanza torcida, sobre el mostrador de madera vieja sin barnizar, pesa kilos y kilos de basta negrura en sacos de esparto despeluchados que llevan los niños de piernas flacas y pantalón corto, llegados de corralones tres calles más allá, tintineando calderilla en sus bolsillos remendados.

Mi madre siempre quiere que compre allí sin importarle el asco que me da la cesta de mimbre manchada de negro, ni el olor tan insoportable a polvo pegado. No le interesa para nada que los calcetines blancos de croché tejidos por mi abuela con ferocidad se pongan brunos. Ella dice que es práctico tener una carbonería tan cerca. Yo pienso en la araña gorda, ratones muy negros, cucarachas y hormigas de cabezas rojas, aunque no las vea, que pueden colarse por alguna grieta en la pared y meterse en nuestro portal hasta mi habitación y hacerme mucho daño.

Ella no me hace caso porque dice que soy embustera, fantasiosa, queriendo siempre llamar la atención; pero jamás mentiría en cosas tan feas de la tienda oscura.

El carbonero siempre sisa en el peso, se equivoca en las vueltas, nunca sonríe, masca un palillo de dientes a todas horas, huele a podrido, tiene los fondillos grises tan renegridos como el cisco que vende; su delantal lo lleva salpicado de tizne. Todo eso debe ser porque es solterón, sin mujer que le diga lo puerco que es. Además, habla torcido por el maldito palillo pillado entre sus dientes, mira de soslayo, se suena los mocos en andrajos.

Yo no quiero ir nunca, no aguanto la peste chocando contra mi falda colegial, el tufillo a orín de gatos callejeros buscando comida. Pido el carbón desde la puerta del escalón desportillado, alargando la cesta polvorienta hacia el mostrador asqueroso, soltándole las monedas en su mano sucia, retrocediendo enseguida no fuera a caerme la araña grande en la cabeza chupándome la sangre.

La bombilla tenebrosa colgando del techo baila frenética contra las paredes viscosas. En mis pensamientos profundos veo fuego de brasas achicharrando el agujero de la hornilla de mi madre. Si me quedara encerrada por mala suerte me moriría del susto pensando en el infierno del que habla el padre Sebastián.

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