El secreto del Ateneo, por Fernando Arcas

Al final del franquismo, su única institución decisiva –el gobierno civil- recibía las quejas airadas de quienes no podían admitir que el Ministerio de Información y Turismo estuviese concediendo subvenciones al grupo de esforzadas personas que trataban de llenar el vacío cultural de Málaga desde un modesto piso de la Plaza del Obispo. ¿Cómo el propio régimen financiaba a quienes allí le ponía en cuestión con sus actividades?

Desde la llegada de la democracia, el Ateneo, una vez que la cultura pudo pasar a  las instituciones y se convirtió en parte fundamental de la política, ha tenido que adaptarse y encontrar su sitio. Esta institución lo ha pasado verdaderamente mal en algunos momentos, y han sido sus directivas y el grupo de fieles socios los que la han salvado de desaparecer. Ruiz Rico, López Becerra, Soldado, Pérez Lanzac son los nombres que la ciudadanía malagueña debe recordar a la hora de esas travesías del desierto, junto a los fundadores que se las hubieron con otro tipo de peligros.

El secreto de este nuevo Ateneo que debe tanto también a Antonio Morales y sus directivas está en que, aun dependiendo en gran medida de lo que las instituciones quieran hacer con él, ha sido siempre muy fiel y cuidadoso con aquel que fundaron un grupo de idealistas extraordinarios, una mezcla de criptodemócratas y del mundo cultural franquista sensible a las necesidades de una Málaga culturalmente moderna y abierta, que hizo imposible que la autoridad competente pudiese contestar que no a su deseo constituyente. Es ese origen profundo de participación y de democracia el verdadero secreto del Ateneo, lo que le da fuerzas para esta nueva travesía del desierto en la que se encuentra ahora.

Su tribuna, además, se merece. Late en el ambiente que sólo la izquierda pasa por allí, y no es verdad. Recuerda esta actitud a la de aquellos informes del Gobierno Civil antes mencionados. Ninguno de los representantes de las instituciones de diferente signo político que  contribuyen a sostener el Ateneo han dejado de ocupar cuando tenía sentido la tribuna, los debates o las actividades. Es cierto que ese atril supone un riesgo, pero también lo es que el Ateneo siempre ha amado la política, la sustituyó cuando no existía, y el buen concepto que tiene de quienes la ejercen les arropa cuando están en su espacio. Que se quiera venir, que se quiera estar o que se quiera asistir es la prueba de que este secreto nacido en 1966 sigue vivo.

Y a este secreto lo alimentan la democracia -en el Ateneo se sabe que la gestión dura cuatro años, y que se somete a  las Asambleas y, sobre todo, a las elecciones-,  y los setecientos socios –herederos de aquel grupo de locos sublimes del 66- que piensan que hace falta en Málaga quien se encargue de sostener un lugar para el encuentro y el debate. Y que merece la pena pagar una cuota por ello.

Ha sido trabajo de muchos que esta sede, y las anteriores, se consideren la casa de todos y un espacio de progreso y libertad. Que los artistas en paro la tomen literalmente como suya. Que todos quieran estar y usarla para sus actividades. Que sus puertas estén siempre abiertas, haciendo gala de las instituciones públicas que lo sostienen. Y que se ejerza el no por respeto. Porque en el Ateneo no es que no se pueda hacer todo, es que todo no es para el Ateneo.

Si se perdiese este espíritu, estoy convencido de que nos perseguiría por sus pasillos la ausencia de Rafael Pérez Estrada y de José María González Ruiz, de Fernando Álamos,  Juan Vázquez, Ramón Ramos y ahora la de José Jiménez Villarejo, su primer presidente.

Hay  un señor fijo en la última fila del salón, en la primera butaca a la derecha, cuya mano está en alto cinco minutos antes del final de cada acto público. Por más que uno se prepare, y que avise al invitado de turno, no puede evitar que se muevan un poco y que vibren las sillas del moderador y del  interviniente. Porque esa sensación de incomodidad que produce siempre la discrepancia, o la crítica, forma parte también del secreto de la vitalidad del  Ateneo.  Ojalá que no la pierda nunca.

Fernando Arcas Cubero

Profesor Titular de Historia Contemporánea de la UMA. Vicepresidente del Ateneo de Málaga.

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