Hasta siempre Comandante Che Guevara

El taxi era un modelo americano del año 52. El taxista, un fiel asalariado del estado cubano. Las calles, un museo de coches antiguos circulando por avenidas y callejuelas decadentes de una época colonial esplendorosa para algunos y miserable para la mayoría. Una jarra de cerveza Bucanero frente a la catedral me permitió observar la apacible vida nocturna de una ciudad que sobrevive entre la pobreza y la esperanza del cambio que se presiente cercano. Las ventanas de las casas mostraban su modesto mobiliario interior. Largas calles, cables de luz por doquier, deterioro general urbano y arquitectónico entre cuidados jardines y plazas públicas con una vegetación exuberante, que compensa el abandono y la falta de mantenimiento. La primera noche que pasé en Santiago de Cuba tuve la sensación de haber traspasado la línea del tiempo.

De Santiago a la Habana dos horas de vuelo con suspense al aterrizar. Hay dos Habanas, la turística, bien cuidada, en proceso de restauración desde que ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad; y otra, profunda, sobrecogedora, deprimente retrato del fracaso de una hermosa teoría más cerca de la utopía que de la justicia social anunciada. Entre calles miserables, caserones ruinosos, colas para beber malta después de que los turistas ricos hayamos saciado nuestra gula cervecera en el restaurante La Muralla… Me siento al fresco del patio añil del hotel Beltrán de Santa Cruz, frente al Comité de Defensa de la Revolución. Escribo unas notas y deambulo por la calle introduciéndome en casas deprimidas con ropa tendida en cualquier rincón, que aunque pobres y modestos, los cubanos son limpios y elegantes.


De vuelta al hotel en la antigua zona residencial, ahora de embajadas, el taxista, culto como todos, habla por los codos del sistema, de Fidel, de Raúl Castro que no termina de abrir la mano a la libertad de expresión y a la iniciativa privada. Nos cuenta estrategias gubernamentales para controlarlo todo, de las cámaras que vigilan las calles del centro, de supresiones de trabajo y salario a disidentes, de cómo los militares sin uniforme lo controlan todo cuando hay indicios de conflicto, de la presión a quienes se desmarcan de la doctrina del pensamiento único.
-Quienes no defienden el comunismo son sospechosos agentes de la CIA –concluye.
En los nueve días que he permanecido en Cuba he podido comprobar que fuera de los hoteles no hay acceso a internet, ni a televisiones extranjeras excepto el Canal Sur de Venezuela, controlado por Hugo Chávez.
-Hay que protegerse de las informaciones que atacan el sistema mostrando falsos paraísos de bienestar en Miami y demás territorios capitalistas, pero ocultan la miseria en la mayoría de los países iberoamericanos –comentaba un empleado de una bodega de ron.
Y, sin embargo, la alegría, el buen humor y la hospitalidad fluyen en una ciudad plagada de orquestas y buena música cubana, como la que ofrece el restaurante “El Floridita”, uno de los más emblemáticos rincones de la Habana y de Cuba “cuna del daiquirí”, frecuentado por Hemingway, con un selecto cuarteto a tres voces que nos deleitó en la noche habanera del cálido febrero.

Coincidiendo con la desaparición del socialismo real de los países del este europeo, en los años 1991 al 93, “no quedó gato viudo en Cuba” –oí más de una vez a los cubanos.

“Ni señal de tráfico, utilizadas para remendar las chapas de las viejas lavadoras. Fueron años durísimos” –reforzaban.
La excursión al paraíso de Pinar del Río me permitió disfrutar de paisajes bellísimos, valles rodeados de montañas pobladas de exuberante vegetación con palmeras reales, barrigonas y cocoteros salpicando una riquísima variedad de ficus y otros árboles y arbustos tropicales. La fábrica de tabaco y los secaderos mostraban una importante actividad económica del país. Orgullosos de su faena, los trabajadores de la fábrica de tabaco de Pinar me explicaban el complejo proceso de elaboración de los cigarros.
-Es un oficio que se aprende desde niño y pasa de padres a hijos. Hoy es sábado y me he traído a mi pequeño de ocho años para que aprenda –me decía uno de ellos.
Había carteles a mano con instrucciones laborales de todo tipo en los se subrayan los valores del trabajo. Un paseo por la ciudad, me ofreció la oportunidad de hablar con la gente y de captar con mi cámara la variedad de coches antiguos que los seguidores del dictador Batista abandonaron y que ahora circulan por las estrechas calles de sabor colonial.
En uno de los secaderos junto a la carretera, un campesino me mostró las manos y el dorso castigados por el sol. Próximo a sesenta años, aquel campesino había trabajado toda su vida en el secadero de tabaco sin más recompensa que un salario de subsistencia. El monocultivo de tabaco y caña de azúcar, el bloqueo y la desaparición del sistema comunista del este europeo, había sumido a Cuba en una situación insostenible. El crecimiento económico y las perspectivas de mejora del nivel de vida dependían en gran medida del turismo, primera fuente de ingresos desde que el gobierno cubano permitió la entrada de empresas hoteleras con el 49% de beneficio para ellas y el 51% para el Estado.
-Perdí mi casa en el último ciclón –se quejaba-. El gobierno me facilitó materiales para construirme una nueva. Tengo trabajo, pero con 250 pesos al mes (9 euros) y la cartilla de racionamiento es muy complicado vivir.
La última etapa de mi estancia en Cuba la paso entre cocoteros, palmeras reales, iguanas, caos aterciopelados, playas con doradas puestas de sol… Mi apartamento, a pie de calle, con porche y jardín donde escribo sobre las sensaciones que he venido percibiendo en los nueve días de turista “todo incluido” entre ricos canadienses y alemanes tostándose al sol, servidos por cubanos con salarios de hambre y animadoras nocturnas con hambre de libertad. No obstante, intento relajarme en esta burbuja de ocio y gula que son los hoteles de Varadero. Soy espectador de un mundo injusto que no encuentra la fórmula de repartir tanta riqueza como genera. No puedo desprenderme de la imagen del vagón blindado de Batista, ubicado en el centro de La Habana para que el pueblo nunca olvide las diferencias entre los gobernantes y los gobernados de una época no muy lejana que ocasionó la Revolución siempre pendiente. Miro al horizonte imaginando los primeros barcos españoles acercándose a este paraíso, invadiendo y aplastando culturas, organizaciones sociales ancestrales que después de más de quinientos años se han transformado en miserias y marginación en las grandes ciudades iberoamericanas. Imágenes imaginarias de los colonizadores españoles, que llegaron ávidos de riqueza. Como ellos, he oído y visto exóticos pájaros de colores, he pisado arena blanca, me he sumergido en aguas limpias, templadas y transparentes de diferentes tonos verde esmeralda, azul ultramar… en suave vaivén de olas espumosas. Calma, tertulia entre buenos amigos. Se hace de noche. Volvemos para prepararnos como turistas ociosos esperando el primer entretenimiento nocturno: bailes horteras y bailarinas con poca ropa y mucho muslo.

La excursión marinera en un moderno catamarán nos regaló un espléndido día en cayo Blanco. Barra libre, jóvenes universitarios de Zaragoza en viaje de estudios, rusos ebrios como una cuba, animosos animadores dirigiendo el cotarro para que el turista se divierta al son de la música ensordecedora y repetitiva de Hasta siempre comandante. Después de una semana aún suena insistente en mi cerebro.
En el trayecto desde el puerto al hotel pude evidenciar una vez más las dos modalidades de transporte de personas: el transporte público en autobuses candidatos a la chatarrería y el privado en camiones repletos de hombres y mujeres aprisionados como si de animales se tratara.
-El privado es más eficaz por la frecuencia –nos informaba el guía-. De lo que recauda el propietario, una buena parte es para el estado.
Diez horas de vuelta en un amplio avión de las aerolíneas cubanas, dieron para deliberar sobre tantas e intensas experiencias. Desfilaban por mi memoria el arriesgado recorrido en coco taxis, conducidos durante cinco kilómetros por temerarios e imprudentes jóvenes, que interpretaban su oficio como una diversión.
Sorteando baches y vías de ferrocarril, salimos vivos gracias a la supervisión de la policía de tráfico, que nos seguía entre trotes y curvas interminables.
El escenario cubano hay que analizarlo en el contexto de los países de su entorno. El chabolismo, las enormes diferencias sociales, el desempleo, la delincuencia, la droga, la educación, la precaria sanidad, las inexistentes prestaciones sociales, la falta de planes preventivos ante catástrofes naturales, la ausencia de políticas compensatorias…, han sido superados en Cuba de acuerdo a los escasos recursos que el sistema desarrolla. Son datos para la reflexión antes de sentenciar criterios de cualquier signo ideológico.
Las imágenes de la primera noche en Santiago, la variopinta concurrencia en el malecón de la Habana al atardecer, la escuela de niños uniformados con sonrisas blancas y agradecidas por los rotuladores que les procuré, las conversación es con la gente del pueblo: taxistas, campesinos, maestros, camareros, guías, músicos…, todos disconformes con su situación salarial, pero alegres como el cálido clima tropical, el obligado mojito con yerbabuena de la Bodeguita del Medio, el cuba libre con el exquisito ron Havana club, el contorneo de las mujeres al caminar…

-¡Ojalá que vuestro dinero llegue al pueblo! –decía al despedirse nuestro guía.
-Además de la falta de estímulos privados para el crecimiento económico –añadí-, vuestro problema, como el de otros sistemas comunistas, es la ausencia de medidas que impidan la permanencia en el poder de dictadores que obstaculizan otras alternativas de gobierno.
En un avión de La Cubana dirección a Madrid, imaginaba la inmensidad del Atlántico bajo gigantescas borrascas en una larga noche entre universos infinitos de preguntas sin respuesta. Vencido por el sueño, recordaba el estribillo de la omnipresente canción “Hasta siempre Comandante Che Guevara”:
“A ti te queda la clara,
la entrañable transparencia
de tu querida presencia,
Comandante Che Guevara”.

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1 respuesta a "Hasta siempre Comandante Che Guevara"

  • Jaime Rodriguez says:
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