Hechos de amor, de Andrés Hueso Iranzo

-Paso yo primero para encender las luces-, dijo Él, con una voz un poco azorada, adelantándose a Ella un par de pasos, después de haber abierto la puerta del apartamento con su llave con un ademán que quería justificar la conveniencia de no cederle a Ella el paso en lo que, en otras circunstancias, hubiera sido obligado y gentil.

Encendió las luces de salón e inmediatamente le hizo a Ella un significativo gesto de invitación a pasar y acomodarse, casi sin palabras; ahora, en su propia casa, se sentía algo inseguro; bastante más, en todo caso, que lo que se había sentido durante la cena, en la que se había encontrado tranquilo y alegre, casi jovial.

Quizá no he hecho bien en decir que hacía unos “margarita estupendos”, pensó. Ella había respondido muy alegre e inmediatamente.

Pues hay que probarlos.

No perseguía eso, no perseguía una continuación de la cita y menos en su propia casa, por eso aún esbozó un último comentario que quería ser una excusa.

-Pero, después de cenar, me parece que no pegan …

No pudo terminar lo que iba a decir, Ella le interrumpió con entusiasmo.

-Unos buenos margarita, pegan bien hasta en la hora del desayuno.

Así que no había mucho más que hablar, Ella lo había decidido, al salir del restaurante directos a casa de Él, a tomar margarita.

-Bueno, acomódate, ahí hay unos pocos libros. También tienes la tele y el equipo de música. Voy a la cocina a preparar los cócteles.

Ella quedó en el salón. Durante unos instantes miró como Él encendía la luz de la cocina, separada del salón por un mostrador y por unas persianas de bambú que permitían cierta visión desde ambas estancias, y comenzaba a trasegar con copas, hielo y botellas.

Una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de Ella. Había perseguido la cita de esta noche durante meses, casi desde el mismo momento en que se lo presentaron, cuando la auditoría que realizaba llegó al departamento de asesoramiento personal de la compañía de servicios financieros en la que Él trabajaba. Le había atraído su equilibrio emocional, su pausada conversación, la riqueza de su lenguaje, la solidez de sus criterios. Era muy difícil encontrar a alguien con estas cualidades en un entorno de trabajo de estrés muy agudo y más aún en tiempos de crisis.

Pero así era Él y muy apreciado por ello por sus propios compañeros, lo que tampoco era común en esos ambientes de extrema competitividad profesional. Más tarde, fueron esos compañeros los que le informaron de su impecable carrera profesional, de su esfuerzo permanente por realizar un trabajo perfecto, de que no se le conocían sus preferencias políticas ni religiosas, de que siempre se mostraba alegre y dispuesto a colaborar. También por ellos supo de la trágica muerte de su esposa, justo cuando conocieron que iban a tener un hijo y de cómo, de forma sorprendente, se repuso anímicamente en unos pocos días.

Era esa desconcertante perfección anímica la que había suscitado en Ella un interés que no había sentido nunca por nadie. Ella, que estaba acostumbrada a que por ella, otros hombres hubieran arriesgado y perdido su sólida posición profesional y familiar. Y allí estaba, en casa de Él, para tomar unos cócteles que ahora se estaban preparando. Y después ya se vería. Siempre había vivido la situación al revés, eran los hombres los interesados en la cita a cenar y en ese después no declarado, pero sí deseado y del que normalmente sólo obtenía satisfacción una de las partes.

Por eso, las cosas eran tan diferentes para Ella, quien casi le había arrancado la cita para cenar. La situación, las circunstancias, le eran desconocidas y no se sentía segura, pero la atracción que sentía por Él era tan intensa que no quería ni pensar en cerrar puerta alguna.

Mientras pensaba en ello, sus finos dedos recorrían los lomos de los libros, Espinosa, Goytisolo, Rilke, Kavafis, Proust, Chejov, … -no conozco a ninguno, pensó-. En un movimiento angular giró 90 grados hacia la pared frontal, donde se encontraba la televisión y fijó su mirada en una caja cuadrada decorada con laca roja de aspecto japonés. Recorrió con sus finos dedos las suaves aristas de la caja, apreciando la calidez de la superficie lacada. Suavemente comenzó a levantar la tapa, después de un leve giro de la cabeza, para comprobar que Él no la estaba mirando. No, no la estaba mirando. Seguía preparando las bebidas y continuaba contándole la parte más próxima de su historia personal que había iniciado unos minutos antes, al final de la cena, con aquella nueva jovialidad.

-Carol, continuaba Él, falleció en un terrible incendio en el edificio en el que trabajaba. Una muerte horrible, quedó carbonizada. Carol siempre me había pedido que si moría accidentalmente, donara todos sus órganos, incinerase su cuerpo y esparciese las cenizas en una cala de Jávea que nos gustaba especialmente. Sólo pude cumplir parte de estos deseos. La donación de los órganos fue imposible y la incineración solo supuso completar el sarcasmo de su trágica muerte. Esparcí las cenizas donde Carol había querido, aunque tuve el vivo deseo de retener un recuerdo que aún conservo.

Los finos dedos de ella terminaron de levantar la tapa de la caja cuadrada decorada con laca roja de aspecto japonés. Suavemente y con un silencio sorprendente las paredes delantera y laterales de la caja cayeron simultáneamente, dejando al descubierto una desnuda calavera. Las cuencas de lo que fueron sus ojos parecieron escrutar todo el salón.

-A través de ese recuerdo, seguía explicando Él, Carol sigue siendo mi fiel confidente, todos los días le cuento cómo me ha ido, le consulto mis dudas y continúa ayudándome en mis decisiones.

Estas últimas palabras no le permitieron a Él escuchar los apresurados pasos que se alejaban. Pero el estruendo del portazo sonó como un trueno en una tórrida noche de agosto, dejando una ligera vibración en los cubitos que en las copas de cristal fino esperaban recibir el líquido que tenían que enfriar. Tintinearon levemente dejando en el aire un contrapunto agudo al ronco sonido del portazo.

Él volvió la cabeza hacia el salón, sobrecogido y perplejo. Desde la caja cuadrada decorada con laca roja de aspecto japonés, abierta de par en par, las cuencas de la calavera de Carol continuaban escrutando todo el salón.

Andrés Hueso Iranzo.

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