Homenaje a Carlos Edmundo de Ory en su muerte

En España no se permiten los raros. O haces lo que todo el mundo hace o no entras en el juego escénico. Su ausencia lejos de España también creó sobre él una fantasmagoría dramática y un escenario poco propicio para la consideración social en una época en que todo lo raro sonaba a invertido o loco, muy lejos del espíritu del Movimiento Nacional, del Frente de Juventudes y del brío militarista y autoritario que invadía la sociedad española. De hecho, según Arias Salgado, director general de Información y Turismo, se habían recibido “cartas de obispos y de padres de familia escandalizados”, que tildaban a los filopostistas de homosexuales, comunistas y extravagantes. Cuando no rusófilos y frentepopulacheros, o que estaban pidiendo a gritos que “los lleven a la cárcel, al manicomio o al patíbulo”. Incluso Eugenio d´Ors llegó a decir que el Postismo fue un movimiento artístico que tuvo fama en Cádiz.
Carlos era un espíritu libre y sólo fuera de España podía ejercer ese oficio tan raro y tan digno de la libertad en unos tiempos de dictadura.
Nacido bajo el signo Tauro en una época en que Primo de Rivera desciende a los infiernos de la dictadura militar, Ory conoce después los altercados sangrientos de una República a la que no la dejaron crecer ni llegar a una mínima infancia. Luego llegaron las cruces gamadas pisando el suelo europeo y todo el mundo se fue al garete. Carlos tenía veinte años en plena guerra mundial. Bastantes para tomar consciencia de la insuficiencia del realismo. Y quiso tomar otras vías, pensar que había vida en otros planetas literarios, seguir la estela que habían inaugurado con acierto las vanguardias a comienzos de siglo y ser él mismo en sí una vanguardia: el Postismo.
Toda una rareza, tras el valor de apisonadora que va a ejercer el realismo allá por los cincuenta, asociado a la crítica social y a la lucha contra la dictadura cuando no, en el ámbito europeo, el triunfo del existencialismo sartreano y camusiano… Todo llegará. Su espíritu libre, ajeno a escuelas y corrientes dominantes, no obstante, iba por otros derroteros. Siempre minoritarios, siempre exclusivos. Ory entendía, mucho antes que en mayo del 68, que la única manera de luchar era con la imaginación y las nuevas propuestas literarias. Permanecer ajeno a los dogmas y dictámenes sociales y convertirse en un ISMO. Hubo dos grandes espíritus foráneos a esa imposición del realismo de época: uno fue el Grupo Cántico, que desde Córdoba escribió una extraordinaria historia literaria. Sólo desde hace unos años renace de sus propias cenizas y por fin ha tenido la consideración y trascendencia histórica que en su momento nadie reconoció. Tuvo que pasar medio siglo para que fuera reivindicado. Y curiosamente un elemento de unión entre ambos, entre el Postismo y el Grupo Cántico, llegó de la mano del pintor Ginés Liébana, que fue muy amigo de Ory, con quien tendrá una importante correspondencia entre 1967 y 1969. Y así, en una carta de 28 de agosto de 1967 le comenta a Ginés Liébana sobre su novela Diario de un loco: “¡Soy feliz! Soy mi espectáculo perpetuo. Me ocurren cosas dignas de observación, mis angustias son el columpio de los más bellos demonios. Estoy escribiendo de nuevo mi novela del adolescente negro. He encontrado un plasma de estilo tenso y vibrante como la música del mal y el vientre puro de una virgen”.
El gran movimiento irresoluto y ajeno a garcilasismos, vírgenes trasnochadas y cantos de primavera con caras al sol, fue el Postismo y Carlos Edmundo de Ory, un descreído, un innovador. Un movimiento que quiso ser el movimiento literario por antonomasia. El movimiento de movimientos. Así lo pretendió en el Manifiesto aparecido en La Estafeta Literaria en 1946. Firmado por Ory, Chicharro Hijo y el florentino Sernesi. A la revista Postismo seguirá La Cerbatana, que durará un número. A este movimiento estético se unirían luego otros escritores como Francisco Nieva, Ángel Crespo o Fernando Arrabal. Pero no lo dejaron crecer tampoco. Y es que por entonces la libertad creadora no estaba de moda, sólo los métodos literarios y los dirigismos. No se admitían ni nuevos estados de ánimo, modos de ser o aspectos nuevos de la naturaleza y el arte, como dijo Carriedo, ni lúdicos juegos escénicos, ni un lenguaje de greguería renovado, ni un humor surrealista, ni la bondad con la imaginación y el despropósito literario. Pero sobre todo no se permitía algo que aportó de un modo esencial el Postismo: la investigación del lenguaje y los mecanismos que éste posee para alcanzar la máxima expresividad, uno de los instrumentos esenciales del hecho literario. Los postistas no eran escritores reductibles y pagaron por ello con el olvido.
Mientras en otros momentos se han reivindicado escritores realistas puros, sin embargo, los impuros, los raros, los malditos han seguido su manifiesta noche. Llegaron a llamarlos los brujos de la palabra. Renacían de sus propias cenizas. Eran ángeles caídos que apostaban por la resolución de la cuadratura del lenguaje a través de la imaginación. Ory lo definió como “la locura inventada”, y no estaba el horno para bollos.
Ory abandona los estudios en la Escuela Náutica a comienzo de la guerra civil y en 1940 escribe sus primeros poemas, Sombras y pájaros (1940) y Canciones amargas (1942). En 1945 publica una selección de poemas, Versos de pronto y Las patitas de la sombra con Eduardo Chicharro. Su padre, el modernista Eduardo de Ory, “el único poeta que había en el mundo”, según confesó Carlos, amigo de Juan Ramón Jiménez y de Rubén Darío, es su guía espiritual. En París su padre había publicado en la prestigiosa editorial Garnier Mariposas de oro y Alma de luz, convirtiéndose en un activo publicista del modernismo y autor de catorce libros de poesía, ocho de prosa y seis antologías. Carlos seguirá los pasos de su padre y después de la guerra decidirá que su ámbito es definitivamente la literatura y no la Escuela Náutica. De Carlos escribió en su momento su padre: “¡Pobrecito mío,/ siempre tan callado,/ tan meditabundo,/ tan triste y pálido.// (…) Tú serás poeta,/ poeta preclaro,/ ¡serás… mi obra magna/ y mi mejor lauro!”. Y así fue.
El niño que llegó de Cádiz a Madrid con sus fantasmagorías y su poesía paternal fue progresivamente entrando en el lenguaje y creando un mundo propio, distinto y diferente al resto. Pero, sobre todo, con una tradición que venía tras de sí, una tradición de gran trascendencia histórica: el modernismo, creador por antonomasia de dos conceptos: la música y el lenguaje. Algo que desde luego no fue ajeno al genio de Ory. Chicharro diría de él que le enseñó a detestar a Lorca (aunque escribirá el ensayo Lorca en 1967, en París, publicado por Éditions Universitaires) y a todo lo que España apesta a gitanería, a retórica, a podredumbre, a casa de putas y a españolismo que llegaba desde Maeztu, Zunzunegui y D´Ors, y lo introdujo en el dadaísmo, el futurismo y el surrealismo. Todo ello en el 44. De algún modo Ory junto a Chicharro, etc. Representa ese espíritu español que viene desde Ramón Gómez de la Serna y se adentra en la España de los cincuenta y sesenta con autores como Cirlot y Miguel Labordeta. Pero había, hay una gran diferencia con Cirlot, mientras éste siguió el camino de la abstracción, Ory siguió el de la vida.
Su poesía, en consecuencia, nace de la emoción libre y de la musicalidad, uno de los grandes primeros requisitos de cualquier poeta. La técnica surgirá de esa necesidad de expresar la música. Su amigo Eduardo Chicharro dirá de él: “Jamás vi a un hombre tan endiabladamente capacitado para jugar con las más insospechadas y valiosas gamas musicales en lo que el idioma castellano se puede apetecer”. Y cuando descubrió una noche en el café Pombo su figura despistada y fuera de lugar dijo: “Éste es un poeta”. Era un poeta que se asombraba ante la realidad y pretendía forjarla en su mente y en sus versos como lenguaje y como vida, en un ceremonial en el que no están ausentes la risa o el dolor pero siempre llevado por un irresistible deseo de crear y en permanente conflicto con el juego de antitéticos y con la asimilación en el poema de lo antagónico. Su visión sobre esa radicalidad poética la expresaba en su Diario (1944-1956) cuando decía: “Yo parto del romanticismo germano y universal. De la idea teórica y activa del espíritu libre. Del ansia del infinito y de la eterna Sehnsucht (deseo). Del amor eterno y de la eterna inestabilidad amorosa de la vida terrena. Leopardi; Novalis también. Mi poesía parte del hombre humano. De la nostalgia y de la angustia, y aspira a ser escuchada por Dios. Yo soy todo anhelo, inteligencia amorosa. Toda la ternura de Baudelaire, toda su sensualidad”.
Su concepción de la realidad a partir de entonces cuestiona el modelo que se había creado en torno a ella: la realidad era lo que él quería que fuera y, en última instancia, una estrategia permanente de cuestionamiento de ésta. La libertad y el ejercicio de ésta sobre el lenguaje conforman su verdadera creación que nace siempre de la música. En su “Soneto paranoico” manifiesta una visión de esa realidad: “Solo en el mundo con mi media oreja/ y una cortada flor en el semblante/ bajo a la mina honda del diamante/ que no tiene raíz ni tiene reja.// Mas como soy del odio tenue abeja/ manada de algún duende nigromante/ peinaré de mi espalda el monte amante/ y con heces de concha de almeja”. Y en una carta que le escribía al poeta García Nieto en los cuarenta, ante la afirmación del poeta ovetense de que era un genio, le respondía: “Somos sólo los dos los poetas que hay en el mundo”.
Su poesía comienza una nueva etapa en 1951, con la publicación del Manifiesto Introrrealista, con el pintor dominicano Darío Suro, en el que reivindica un arte entendido como manifestación de la realidad interna del hombre a partir de misteriosos estados de conciencia. Es una postura más humanizada y hacia instancias existencialistas que se habían puesto de moda entonces en la posguerra europea. Es una poesía que se pretende cercana a una realidad exterior próxima. Pero que difiere del realismo en su componente individual e introspectivo. En tanto el realismo pretendía reflejar la realidad externa o exterior, el introrrealismo expresa una conciencia de las cosas, el poeta será el artífice de la fusión entre vida y poesía. De ahí que dijera que tendía a hundirse en lo vivo. Como recuerda en Nuestro tiempo: poesía (1951), se centra en la neurosis de lo oscuro y misterioso y en lo cotidiano ordinario, pero, cuidado, no interesa la evidencia, pues toda poesía es oscura en su propio plan. Su poesía introrrealista se va a caracterizar por ser la que “aúna íntimamente la transfiguración, el idealismo mágico y la concreción sensual de las cosas”. También de estos años cincuenta y en plena ebullición del intrareralismo son sus libros de relatos El Bosque (1954) y Kikiriquí-Mangó.
Vivió en el Gijón la farándula de la posguerra y se relacionó con los consagrados de la Juventud Creadora, de los que, no obstante, se decía que se reía. E incluso llegó a escribir en la tercera página del ABC. Desde entonces tendrá buena acogida en revistas como Platero, Garcilaso, Poesía Española, Cuadernos Hispanoamericanos, Caracola, Papeles de son Armadans, Índice o La Estafeta Literaria más esporádicamente.
En 1955 se instala en París, donde residirá hasta el 1967, fecha en la que se traslada a Amiens tras su divorcio y allí funda L´Atelier de la Poésie Ouverte que formará parte como una sección de la publicación que hace la Maison de la Culture donde trabajará desde entonces como bibliotecario. Tiene cuarenta y cuatro años. De 1962 son sus primeros Aérolithes, nueva expresión de su obra cada vez más cercana a la filosofía. Sin embargo, su primer libro sólo llegó a las librerías en 1963, gracias a José Luis Prado y Luis López Anglada. Después Luis Jiménez Martos le publicará en Adonais. En este año 1963 publica Los Sonetos y el ensayo Camus o el ateísmo in extremis. Y en 1964 el libro de relatos Una exhibición peligrosa.
En Barcelona y en 1970 aparece una edición antológica de su obra al cuidado del poeta Félix Grande, Poesía 1945-1969. Es el primer reconocimiento de su obra que comienza a tener ya un interés creciente. Más adelante, a lo largo de esta década y la de los ochenta, publicará su novela Diario de un loco (1973), que fue considerada un rito de iniciación intelectual y prosística. El poeta y crítico sueco Lasse Söderberg decía de él a raíz de la publicación de su narrativa que muchos críticos lo compararon con Kafka: “Como el autor checo describe un mundo simbólico y expresa sus sueños de la manera más sencilla así como sus más secretos deseos”. Sin embargo, su narrativa no ha sido motivo de estudio, aunque sí su poesía. En Toro-Mujer de Gregorio Prieto establecía cuáles eran sus criterios estéticos en el ámbito de la narrativa pospista y afirmaba que la ficción poética y la narración de personajes, acciones y mundos imaginarios es el arte más antiguo y reafirmaba que lo importante es que los personajes creados tengan vida y desarrollos propios, que hablen y demuestren sus estados espirituales y que mueran, al fin, si ese es su destino. Decía José Luis Calvo que las narraciones de Ory consisten en estirar hasta el absurdo una situación o una anécdota “no estigmatizada” por el tópico, es decir, rescatarla del anonimato de la vida cotidiana. Pero también desatacaba la atmósfera onírica presente en sus relatos que los emparentaban en su mundo con Kafka.
En poesía publicará Música de lobo (1970), Técnica y llanto (1971), Los poemas de 1944 (1973), Lee sin temor (1976), Metanoia (1978), Energeia (1978), La flauta prohibida (1979), Miserable ternura. Cabaña (1981), Soneto vivo (1988). Su poesía llegará a ser conocida por un ámbito de personas reducido, pero no llegará ni entonces ni ahora a ser un poeta popular.
Desde entonces no se han dejado de formular elogios sobre su obra literaria. No ya el temprano de García Nieto. No olvidemos tampoco el de Camilo José Cela alabándolo como el mejor poeta de España o del mundo sino este otro de Pere Gimferrer que lo calificó de poeta prodigioso y añadió: “Es uno de los grandes poetas españoles contemporáneos. Quizá por su residencia en el extranjero gran parte de su vida y porque, primero, se adelantó a su época y, luego, estuvo al margen de ciertas corrientes imperantes, nunca se le acabó de hacer justicia. Pero es un poeta absolutamente extraordinario por su prodigiosa inventiva de palabra e imagen y la mezcla de trascendencia metafísica y sentido del humor”.
Entre sus últimas obras figuran Melos melancolía (1999) y Música de lobo. Antología poética (2003). Y uno de los más esclarecedores fue Diario (1944-2000), que ha ido publicando en varias entregas, de una singular línea aforística similar a los Aerolitos. En él deja constancia de las heridas del tiempo y los rigores del vivir.
Estamos en presencia, pues, de uno de los grandes escritores actuales que nos ha dejado y en el que se produjo, como decía Rafael de Cózar, a lo largo de su vida un proceso en el que adquirió la conciencia de que la clave de la vanguardia no estaba tanto en los poemas como en la revolución personal que la motivaba, no tanto en el discurso concreto como en las actitudes. Y por eso la experimentación del lenguaje llegó con la alquimia de los materiales de la vida.

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