Imagen y sinfonía (A propósito de Rafael Jaime), por Antonio Abad

Decía Kandinsky que “las artes aprenden unas de otras y sus objetivos a veces se asemejan”. En el caso de la pintura y la música; es decir, entre la relación de color y sonido, existe una cierta correspondencia que ha venido tratándose desde los tiempos de Pitágoras hasta nuestros días.

 

Es cierto que la música no se puede ver lo mismo que la pintura no se puede oír. La primera desarrolla un arte temporal, necesita de un factor (tiempo) para interpretarse y escuchar una composición, mientras que la pintura desarrolla un arte espacial de modo que sus imágenes pueden apreciarse en el instante justo de su contemplación. A pesar de ello, como medios de expresión artística, ambas han compartido o tomado prestado procedimientos y conceptos hasta el punto de establecer determinados paralelismos con la intención de cómo se puede escuchar un cuadro, o cómo se puede ver una música.

Giuseppe Arcimboldo, ya en el siglo XVI, tradujo la escala de doce sonidos a la pintura, partiendo del blanco puro para ir mezclándolo progresivamente con el negro. Y Aleksandr Skriabin, en el siglo XX, estableció una tabla paralela de los tonos musicales y cromáticos en su obra Prometeo. De ahí que podamos concluir que una armonía plástica invite a una armonía musical, y viceversa.

Desde Mussorgsky con su obra “Cuadros de una exposición”, pasando por el impresionismo musical de Debussy y Ravel, hasta los principios de forma-sonido y color de Vasily Kandinsky, o el orfismo de Léger, Picabia y Delaunay, música y pintura han venido contaminándose dado que a la música, como entidad abstracta, se le pueden aplicar nociones de ritmo, armonía y color, nociones igualmente características cuando nos referimos a un arte visual como es la pintura.

Aunque bien es verdad que la música que aparece en los cuadros (instrumentos, personajes, gente que baila o canta) no logra suscitar en el espectador ninguna sugerencia auditiva, la música y la pintura comparten efectos y conceptos, sobre todo aquella pintura que se sumerge en la abstracción como lo hace la música, de ahí que se hable, por ejemplo, de notas luminosas, de paleta sonora o de pintura musical.

Estas pequeñas reflexiones me sirven para situar la última obra de Rafael Jaime en este entorno de similitudes que la música y la pintura en cierto aspecto comparten, a través de una propuesta de homenaje hacia los grandes creadores del arte musical. Por supuesto que destacar sus nombres (Wagner, Beethoven, Mozart, Schubert, Korsakov, Granados, Falla… hasta una treintena de retratos) supone un determinado compromiso para establecer los paralelismos que puedan existir entre la instrumentación musical y el desarrollo de una obra plástica. Para ello Rafael Jaime utiliza una pincelada gruesa y vigorosa y un acertado pulso de carácter expresionista.

Música y pintura, pues, entreveradas por el deseo de una sinestesia que posibilite el sonido allí donde el color se manifiesta.

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