“Indio” o “El eco de Fausto” de Enrique Queipo, por Inmaculada García Haro.

“Indio” o “El eco de Fausto” de Enrique Queipo, por Inmaculada García Haro.

Indio. Acrílico sobre madera / 55 x 46 cm / 2003

Tener la oportunidad de comentar la obra “Indio” (1962) de entre las obras de la pinacoteca del Ateneo de Málaga es rescatar una señal en el tiempo del que fuera uno de los artistas malagueños más destacados del panorama artístico nacional durante las décadas de los ochenta y noventa del pasado siglo.

La exposición “Geometría INDY” en la SALA ITALCABLE  (FUNDACIÓN  UNICAJA) en 2005, de la que formó parte,  fue un auténtico hito en el ámbito cultural de nuestra ciudad. Toda la sala se llenó de su “geometría imperfecta”, tal y como la denominó Luís Temboury, y todos estábamos ansiosos por ver la nueva hornada de un artista que vivió de lleno la que fuera la movida DE LOS 80,  última oleada de los movimientos contestatarios de las décadas 60 y 70, que en nuestro país tuvo una especial efervescencia dada la reciente transición política hacia la democracia. Ciudades como Londres, Madrid y Barcelona fueron núcleos emergentes de esa revolución lúdica que conmovió los cimientos de la cultura y la sociedad españolas.

En 1979 Jean Françoise Lyotard publicó “La condición postmoderna” y, un año después aparece en España el ensayo de Victoria Combalía “El descrédito de las vanguardias artísticas” donde afirma que “nos hallamos ante una práctica que cree perfectamente justificada la relectura  y la reinterpretación –según estos nuevos principios- de losgrandes de la pintura del siglo XX. Los criterios de innovación ya no justifican, para estos artistas, la calidad o el interés de un producto”. Es en este ámbito donde surge la obra de mi viejo amigo Enrique Queipo. Málaga, ciudad cosmopolita por excelencia, no se quedó atrás. Baluarte de esa movida en todas sus facetas, la capital  y algunas localidades de la provincia (Torremolinos, Fuengirola, Coín…) se plagaron de locales pintados de negro, grupos musicales de primer orden y, sobretodo, de artistas plásticos de primera línea, herederos de excelentes pintores de la anterior generación, agrupados, en su mayoría, en el Colectivo Palmo.

En el ojo del huracán estaba el entonces jovencísimo pintor Enrique Queipo y su obra, como extraordinariamente joven era la movida y la estrenada libertad política, social y cultural. Joven, entusiasta, pueril e ilimitada era nuestra forma de mirar el mundo, de esa manera que solo los jóvenes saben hacerlo. Compañera de nocturnidades, pinceles y música fui testigo de su obra, su única e inimitable obra que, entonces, andaba enmarcada en la nueva figuración. Magnífico dibujante y poseedor de una extraordinaria imaginación Enrique creó nuestro decorado con un universo de caracoles, elefantes, músicos y amantes interconectados en sus redes tubulares con una impecable maestría.

Joven  y prematuro fue también su encumbramiento y posterior y voluntaria reclusión localista desde su estudio-útero en las céntricas Galerías Goya.  Como indica Pedro Molina Temboury en el texto que introduce el catálogo de la exposición “Geometría INDY”, “pese a la apariencias, el ermitaño de Galerías Goya es enormemente sociable. Las noches que no pinta, le gusta llenar su estudio de gente y hablarnos de sus obras, aunque tales conversaciones siempre ocurren después, cuando ya están terminadas.” Cuántas fiestas, reuniones y momentos inolvidables quedarán para muchos de sus amigos en la memoria,  porque pasaron los años y él continuó joven, y jóvenes también fueron sus transformaciones, sus evoluciones pictóricas siempre en las tendencias más actuales cómo hemos podido contemplar en sus numerosas exposiciones tanto individuales como colectivas.

Con solo 21 años tuvo su primera exposición individual en la Galería de Arte Caja de Ahorros de Antequera (Málaga 1983) en una meteórica ascensión que le llevó a participar en numerosas exposiciones colectivas en ciudades de toda España, a obtener numerosos premios y a mostrar su obra en la feria de arte ARCO con la Galería Alfredo Viñas (1992), siendo galardonado por dos años consecutivos por la MUESTRA ANDALUZA DE ARTISTAS PLÁSTICOS (1991 y 1992).

La obra de Queipo, como no podía ser de otra manera, evolucionó e involucionó a lo largo del tiempo. En sus primeras exposiciones la huella del colectivo Palmo y, sobretodo de artistas como Béjar, es palpable, no en vano la colección de obras de arte su padre le acompañó desde pequeño. De magnífica factura e impecable técnica Enrique creaba seres de otro mundo con una pincelada relamida que sombreaba magistralmente veladura tras veladura creando realidades inigualables. Posteriormente el uso del acrílico aligeró su proceso aunque no sus creaciones de universos de máquinas y engranajes donde  el artista creaba una obra plena de modernidad sin sacrificar un ápice su pintura de taller; y después de diferentes guiños al minimalismo, al hiperrealismo, etc…, corrientes todas entre las que se movía con gran facilidad dado su virtuosismo, se alejó paulatinamente de la figuración para crear un universo de geometrías, a veces imposible y otras tan palpables y orgánicas que parecían tener vida. Esos mandalas con los que nos sorprendió en la sala ITALCABLE en 2005, son una reinterpretación de las geometrías bizantinas, celtas, etc…en definitiva de las cosmogonías con la que  toda cultura ancestral ha interpretado el universo. Como atestigua Luís Temboury “Estas formas geométricas, que funcionan como signos, han ido obligando al artista a hacer un trabajo de limpieza sobre el expresionismo, que irá paulatinamente evaporándose para dar paso a la evocación, no solo de motivos culturales étnicos poco perceptibles, como las cenefas romanas, los diseños geométricos de la cultura islámica, las naves espaciales, las vidrieras de iglesias, la estructura de la flor, el calendario azteca, sino también de referencias a ciertos movimientos artísticos del pasado como el Pop norteamericano…”

“INDIO” es un espejo de montañas, de rayos y de volcanes inversos que Enrique tuvo la voluntad de donar al Ateneo en el año 2007 para dejar testimonio de su impronta en esta entidad tan emblemática para Málaga. Yo vivo rodeada de sus cuadros porque, probablemente, un pequeño fausto debajo de mi solapa me hizo firmar, al igual que a Enrique, un pacto de juventud y creatividad que me transporta con nostalgia a la navidad de 1984 cuando, junto a nuestro amigo Antonio Olveira, decorábamos un enorme local para la fiesta de fin de año a la que asistimos con trajes confeccionados con el mismo óleo con que ungíamos las paredes. Y es que, como Antonio afirmó en su texto para la exposición, “él es su pintura y su pintura es Queipo” (“Corazón del Sur”. Texto para el catálogo de la exposición “Geometría  INDY”).

Y Enrique nunca quebró ese pacto y ese diablillo que un día se coló en su estudio  congeló el tiempo. Pero sus amigos y toda la élite cultural de Málaga fuimos  testigos de su precoz talento. Y yo también lo hice eterno al convertirlo en un personaje de “Historias de Babilú”.  Sí, porque Enrique, el amigo de Carmen, la protagonista de “Olas de Púrpura”, es Enrique Queipo; porque Enrique, el agua y yo hemos sido protagonistas de múltiples historias en escenario variopintos, tanto en las playas de Pedregalejo a altas horas de la madrugada, como en las gélidas agua de las lagunas de la cima del Mulhacén, junto a Rocío y Luís. Ahora, esa agua a la que se asoman las montañas de “Indio”, se convierten en el eco de su merecido recuerdo con el más profundo respeto a su pacto con Fausto.

Inmaculada García Haro. Poeta y gestora cultural.

Publicado en la Sección Galería Ateneo del magazine Ateneo, enero 2015.

 

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