Isla o pantalla, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 25.06.2017

Un instante improvisado o con un contemporizador enmarcado. Da igual que sea un impoluto fotograma fugaz o que se trate de una imagen compuesta como secuencia de una trama con continuación. Lo que importa es que ese trozo de vida sorprenda, conquiste y le provoque al espectador la codicia de un deseo. Ser Lauren Bullen y Jack Morris. Jóvenes, guapos, fotogénicos, cruzando el mundo en Instagram y compartiendo su vida Canon 5DMK3, editada en Lightroom. Una aventura que no responde a un impulso existencial, ni a la apuesta por una forma de vida libre y en movimiento. Tampoco es un proyecto artístico ni la empresa hedonista de dos millonarios. De 2.800 a 8.000 euros cada cromo de su felicidad es la tarifa con la que cobran la belleza, el exotismo y la cotidianeidad de compartir su desayuno con una jirafa en Kenia; su paseo por el vértigo de una terraza frente al atardecer indio de Jaipur o el amanecer de su amor entre las sábanas blancas de un ménage à trois con la jungla filipina. Su álbum lo siguen cuatro millones de personas. Aval suficiente para que ITCHoteles, The Luxery Collection o Paul_Heweitt entre otras firmas pongan pie a cada postal de esta pareja convertida en un redondo negocio de marca. Leer su historia le pone a cualquiera los incisivos largos. Y no digamos la glándula sublingual. De limpiar alfombras en Manchester y de ser ayudante en una clínica dental australiana al flechazo en Fiji y a la epifanía de la biografía como publicidad. Ya acumulan 45 países por los que han viajado gratis compartiendo la sonrisa de sus días de pasión y ocio, y los que les quedan a esta pareja de empresa.

El sueño de cualquiera de los 600 millones de usuarios que tiene Instagram, y que en buen número cada día narran los destellos de ficción de su existencia previsible. En identidad trabajada en espejo y como personajes sin autor, como si sus rutinas, los trampantojos de sus escenarios y sus mensajes, fuesen modelos de conducta o narraciones gráficas de héroes de carne, hueso y maquillaje. Una adicción de los millennials cuya existencia en red oculta la soledad con ecos de Me gusta y cada cual disfraza su inseguridad; da rienda suelta al desconocimiento de su diagnóstico psiquiátrico o se busca a sí mismo mediante la acción en un presente continuo que no existe sin el goce de que los demás sean vouyeres de lo que se vive, okupas de la intimidad. Los instagramers se han convertido en los nuevos bloggers a los que miman las marcan y a los que los followers quieren y siguen, igual que si fuesen gurús imprescindibles. Ropa, música, objetos, cualquier cosa cuya marca funcione, a modo de caracteres personales en los que la gente se encarna, y les permita conseguir más de 100.000 seguidores y cobrar entre 500 y 750 euros por una foto que oferte una expectativa de futuro que los demás también pueden adquirir. Monetizar cinco o seis fotos al mes supone un desahogado sueldo para vivir. Una nómina parecida se puede conseguir en YouTube, con más de 1.000 millones de seguidores al mes que dedican 6.000 millones de horas a ver videos caseros de veinteañeros con nombres de guerra como El Rubius, Vegetta 777 o WillyRex, y que, gracias a sus 8, 35, 6,9, y 4,2 millones de seguidores, ingresan cerca de 5.000 euros mensuales con sus comentarios, bromas o análisis.

Si el dinero es el objetivo de estos jóvenes, igual que en la década de los 90 el éxito fue el horizonte de los brokers, hoy el mandato social es la felicidad. Eso explica, según la psiquiatra Geraldine Peronance, que en Instagram también los ricos compitan en seguidores en una lista liderada por el matrimonio Bastion y María Yotta con su casona de Hollywood, escenario de fiestas con muchas mujeres, dinero saltando por los aires y automóviles de diseño rojo. «No hay separación entre el placer y el trabajo. Sólo se vive una vez». La frase de cabecera de estos propietarios de empresas de cosméticos, productos dietarios y software para personas de la tercera edad. Un fenómeno viral al que sumarle otro más reciente como el del italiano Gianluca Vacchi y sus espectaculares bailes, junto a su joven novia o a solas en cualquier parte, su estilismo y la recomendación que muchos han copiado: Enjoy!.

La cuestión es vender mundos simulados, realidades virtuales, objetos transformados en un don, en una ideología, en una manera de relacionarse. Una vida de sex shop social en la que sólo se tirita de placer y de afán, y en la que un segundo yo es el significante del triunfo y del destino. Lo explicó muy bien Sherry Turkle en La vida en la pantalla. Un ensayo impreso que de momento sólo puede leerse para entender cómo hemos perdido las antiguas formas de saber, la capacidad de la soledad y lo que se puede aprender de ella. Y las razones por las que las tecnologías han cambiado la percepción y el disfrute de la belleza, del conocimiento y el deleite de lo inesperado y lo natural por una existencia etiquetada, mimética y envasada al vacío. ¿Tendríamos que preguntarnos si es verdad que si no se está conectado no se es nadie? ¿Y quiénes son los que realmente están desconectados? ¿Los que se niegan a formar parte de la híper estresada sociedad tecnológica, cada vez más deshumanizada, o los que practican el sonambulismo emocional de una existencia sujeta a la exigencia de la conexión permanente?

Cada vez hay más disidentes de la vida mediática en tiempo real. Susan Sarandon se separó de su joven pareja Jonathan Bricklin porque se hartó del reality en red que consistía en un seguimiento continuo del protagonista y su pareja. Y también crecen las ofertas que nos ponen en contacto con las viejas capacidades naturales del movimiento humano, como caminar, correr, nadar, trepar a un árbol, y enseñan a ser mejores ante situaciones de la vida real que demandan una respuesta física eficiente y eficaz. «Ser fuertes para ser útiles, para nosotros mismos y la comunidad» afirma Rafa Díez, responsable de Movnat Entrenamiento Natural. Una empresa que desarrolla la importancia del estado de alerta, del conocimiento del entorno natural, de habilidades de supervivencia, de trabajo colaborativo y de la superación de miedos y limitaciones.

Cuestiones importante si usted, harto de Instagram, de Facebook y de un mundo deshojado o encumbrado por un click a mano, decide hacerse el náufrago y contactar con la empresa Docastaway, que el malagueño Álvaro Cerezo abrió en 2010 después de pasar unas semanas de ermitaño a la deriva en el archipiélago indio de Andamán. La experiencia le despertó una vocación Robinson por arenas y cocoteros de Indonesia, Tanzania y Panamá hasta que decidió crear un negocio remoto, aislado y sensorial en Japón, Caribe, Filipinas y Polinesia por mil euros a la semana, y por el que han pasado 500 personas con un final notable en supervivencia y felicidad. Algo de cierto ha de tener el resultado de esta opción porque David Glasheen, víctima de la crisis bursátil de 1987 que provocó que se divorciasen de él su fortuna de 25 millones de euros y su esposa, ha pleiteado con todas su fuerzas contra la empresa propietaria de los derechos de Restoration Island Pty Ltd. 26 hectáreas deshabitadas al noroeste de Australia, donde fue abandonado el capitán Bligh por los amotinados de La Bounty, en las que ha gozado 24 años de soledad turquesa este náufrago de los negocios desahuciado ahora porque un gran resort turístico bien vale un paraíso.

En cualquiera de los casos, a la vida es a lo que todos aspiramos. La decisión es dónde queremos que suceda. En flirt de la pantalla o en la reinauguración del placer de lo humano y el disfrute de su tacto.

Guillermo Busutil es escritor y periodista. www.guillermobusutil.es

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