“Joaquín Turina: esencia en los pentagramas del sur” por P. Coronas

JOAQUÍN TURINA: ESENCIA EN LOS PENTAGRAMAS DEL SUR

EN EL 65 ANIVERSARIO DE SU MUERTE (1882-1949)

Por Paula Coronas Valle

Pocas veces la emoción y los recuerdos envuelven tan vivamente la descripción de conocimientos musicales sobre la figura de un creador: Joaquín Turina.  La admiración ilumina permanentemente el presente artículo, que recoge parte de mis conocimientos como intérprete y estudiosa de su genial obra pianística, así como parte de mis vivencias personales con la querida familia Turina.

Sirva la celebración de esta efemérides significativa en la vida del músico andaluz -65 aniversario de su muerte- para homenajear su obra y su relevante actividad artística e intelectual, a través de la cual pretendemos destacar su múltiple dimensión profesional como pianista, compositor, profesor, crítico, escritor, conferenciante y articulista. “Todo lo fue y grande Joaquín Turina”, suscribe el maestro y crítico musical malagueño Manuel del Campo y del Campo.

Nos encontramos ante un músico sincero, intimista, fiel a Andalucía. Como embajador de la cadencia andaluza, Joaquín Turina introduce un marcado acento folclorista como lenguaje de su discurso musical orientado hacia la búsqueda constante de las raíces. “Turina es quizá, quien mejor ha sabido utilizar el canto popular andaluz, sometiéndole sin violencia, al desarrollo temático que exigen las formas cíclicas. Él se ha forjado un lenguaje armonioso propio, de una gran luminosidad y su frase tiene una personalidad rítmica y melódica inconfundible”, asegura el guitarrista Regino Sainz de la Maza.

Se nos muestra Turina como compositor de su tiempo, testigo directo de una época, enmarcada en su cultura. Como perteneciente a una generación de músicos españoles, inmerso en el denominado Modernismo, se abre paso en el difícil camino de la composición, adquiriendo un compromiso con el nacionalismo musical, como tantos otros músicos del momento –Falla, Granados, Albéniz…-, quienes guiados por el ideólogo Felipe Pedrell emprenden una línea de recuperación del arte español. “En ningún momento el andalucismo irremediable de Turina sabe a vulgar, basto o plebeyo. Su solera es de la más aromada y exquisita madre”, comenta el  poeta y amigo del músico, Gerardo Diego.

Enfoque biográfico y asentamiento del estilo turiniano

Nace Joaquín Turina Pérez el día 9 de diciembre de 1882, en el seno de una familia de clase media acomodada. Tras una infancia feliz y alegre en su Sevilla natal, de la que el artista conserva gratos recuerdos –“tiene música Sevilla en sus calles, en los jardines, en los labios de sus mujeres y en las campanas de la Giralda. Todo en ella es armonía”, escribe el propio maestro-, el joven “Turinita” da muestras tempranas de sus extraordinarias dotes como pianista, ofreciendo numerosos recitales con gran éxito. Sus comienzos musicales tienen lugar en el Colegio de San Ramón de la ciudad hispalense, donde brota su vocación compositiva. Viendo la familia el progreso y rápida evolución de su carrera, decide enviarle a Madrid para la ampliación y perfeccionamiento de sus estudios. Trabaja el piano bajo la dirección del insigne profesor José Tragó y entabla contacto con los miembros del entonces denominado Cuarteto Francés, al que pertenecía el compositor Conrado del Campo, en la viola. De esta fructífera etapa en la capital española, extraemos uno de los grandes momentos. Es precisamente allí, en el paraíso del Teatro Real, donde el jovencísimo Turina protagoniza un encuentro imborrable: conoce a “un mozo no más alto que yo y sí bastante más enjuto, también es andaluz y han venido a Madrid para abrirse camino como profesional de la música”, así describe el propio Turina su conocimiento personal con el ilustre Manuel de Falla, con quien a partir de este instante entablará una intensa amistad basada en la mutua admiración.

Desde la primavera de 1904, fallecidos sus padres en muy escaso intervalo de espacio temporal, instala su residencia en Madrid, donde se consagra decididamente a la composición, dedicando largas horas de trabajo y esfuerzo a la tarea creadora. Pero sus aspiraciones artísticas, cada vez mayores, le conectan con París, ciudad soñada por todos los artistas, sede de actitudes y posturas estéticas claramente diferenciadas. Todo tipo de tendencias culturales y vanguardias se daban cita en la emergente metrópoli parisina. Conviven dos corrientes musicales de interés: la más conservadora, representada por la herencia directa de César Franck, y que giraba alrededor de la Schola Cantorum francesa, y la vanguardista, que recoge la influencia impresionista de la coloreada música de Ravel y Debussy, principales baluartes de esta nueva escuela. Nuestro músico se adscribe a la primera de ellas, recibe formación rigurosa en la técnica tradicional y en el método de la composición cíclica bajo la dirección de su mentor Vicent D’ Indy.

Es esta una de las claves del arte turiniano, el acierto de haber sintetizado con rigor el resultado de tres influencias: El color típicamente nacional de su inspiración, la académica formación en la Schola Cantorum, y las innovaciones revolucionarias de la técnica y del lenguaje impresionista. Son años fecundos de trabajo, de triunfos como pianista y de consolidación como compositor. Aparece su opus 1, el estreno de su Quinteto en sol menor, para piano y cuarteto de cuerda, dedicado a Armand Parent. Con esta importante página obtuvo Turina el Premio de la Sección especial de Música del Salón de Otoño de París, donde se estrenó en 1907. Tras el concierto se produjo uno de los encuentros más trascendentales que el artista vivió, sus palabras constatan el significado de este relevante hecho que marcará las directrices de su trayectoria profesional:

“En los comienzos de octubre del año 1907, se estrenaba mi primera obra en el Salón de Otoño de París, un quinteto para piano e instrumentos de cuerda. Colocados ya en la escena y con el arco en ristre el violinista Parent, vimos entrar a toda prisa y algo sofocado por la carrera, a un señor gordo, de gran barba negra y con inmenso sombrero de alas anchas. Un minuto después, y en el mayor silencio, empezaba la audición. Al poco rato, el señor gordo se volvió hacia su vecino, un joven delgadito, y le preguntó: -¿Es inglés el autor?- No, señor, es sevillano –le contestó el vecino, completamente estupefacto. Siguió la obra, y tras la fuga vino el allegro, y tras el andante, el final. Pero al terminar éste y hacer irrupción en el foyer el señor gordo, acompañado del vecino, el joven delgadito fue todo uno. Avanzó hacia mí, y con la mayor cortesía pronunció su nombre: Isaac Albéniz. Media hora más tarde caminábamos los tres cogidos del brazo por los Campos Elíseos, grises en aquel atardecer otoñal, después de atravesar la plaza de la Concordia nos instalamos en una cervecería de la calle Real y allí, ante una copa de champaigne y pasteles, sufrí la metamorfosis más completa de mi vida. Allí salió a relucir la “patria chica”, allí se habló de la música con “vistas a Europa” y de allí salí completamente cambiado en ideas. Éramos tres españoles, y en aquel cenáculo, en un rincón de París, debíamos hacer grandes esfuerzos por la música nacional y por España. Aquella escena no la olvidaré jamás, ni creo que la olvide tampoco el joven delgadito, que no era otro que el ilustre Manuel de Falla” (La Vanguardia, 26 de septiembre de 1912).

Son años prósperos para el autor, tras su determinante encuentro con Albéniz, sus charlas con Falla, sus clases en la Schola, y sus primeros alumbramientos sonoros de verdadera factura: suite pianística Sevilla op. 2, Sonata Romántica sobre un tema español, op. 3, para piano, dedicada a la memoria de Albéniz, el Cuarteto op. 4, Rincones Sevillanos op. 5, para piano, Rima op. 6, para voz y piano, sobre poema de Bécquer, la Escena Andaluza op. 7, para viola, piano y cuarteto de cuerda, las Tres Danzas Andaluzas op. 8 para piano y la Procesión del Rocío op. 9, para orquesta. A nivel humano se produce el acontecimiento de su boda con Obdulia Garzón, celebrada en Sevilla el 10 de diciembre de 1908.

Panorámica de su actividad musical y dimensión artística

Hasta aquí la descripción de un joven Joaquín Turina a punto de cumplir los 30 años, que ha alcanzado la cima del éxito, y a quien el pretexto del estallido de la Primera Guerra Mundial le sirve para establecerse definitivamente en España, su regreso a Madrid se produce definitivamente en 1915. Su intensa actividad musical se dirigirá a facetas como las de director de orquesta, catedrático, crítico, articulista, y tras la Guerra Civil española, es nombrado Comisario de la Música. En 1940 se crea la Comisaría General de la Música, cuya rectoría se encomienda a tres personalidades: el Padre Nemesio Otaño, Joaquín Turina y al pianista, colaborador y gran amigo de nuestro protagonista, José Cubiles. Apenas un año después, la Comisaría deja de ser a tres y queda únicamente al frente de ella, Turina, quien además se convierte en Secretario del Consejo Nacional.

Ocupa puestos muy relevantes dentro del panorama cultural español, y su posición en el contexto intelectual del país es clave. Merece la pena adentrarse en cualquiera de las ya citadas tareas profesionales, con especial incursión en el mundo literario –ensayos, escritos, artículos, métodos-, para asimilar y admirar su importante legado.  “Toda la obra de Joaquín Turina nace un esfuerzo constante frente a la búsqueda de un lenguaje universal conexo con la tradición y el deseo de ‘traducir el ambiente de alegría triste de la región andaluza’. Para entender el andalucismo de Turina no es suficiente buscar las relaciones puramente musicales de su obra con los elementos constitutivos de canto popular. Turina expresa describiendo y describe expresando”, aclara Manuel Castillo con acierto.

Su personalidad es requerida por grandes organizaciones para ofrecer conferencias, campo en el que destacó por su agudeza e ingenio y capacidad de observación, incuestionables cualidades que se unen a su gracia natural y erudición, sin olvidar su aportación en el terreno pedagógico, como es la célebre Enciclopedia Abreviada de la Música que dedica a su maestro D’Indy, y prologada por Manuel de Falla, publicada en 1917, así como su Tratado de Composición de 1946, de gran valor docente y formativo. También son años de reconocimiento personal, se suceden los premios y homenajes, entre los que destacamos el que se le tributa en el Teatro María Guerrero de Madrid, tras haber recibido del Ministerio de Educación Nacional la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio.

Su salud se resentía cada vez más a causa de una fuerte bronconeumonía que padecía desde hacía años, lo que le impedía viajar. Así es que su vida en los últimos años se fue haciendo más tranquila y muy apegada a la familia y a sus amigos. Hombre de bien, respetuoso y equilibrado, tradicional y conservador, Turina poseía profundas convicciones religiosas que le acompañaron siempre. Trabajador incansable, diariamente dedicaba tiempo al duro  y exigente proceso de creación, contemplando e inspirándose continuamente en el entorno que le rodeaba. “No existe vértigo mayor que el que produce una cuartilla de papel pautado en blanco. Aquellos pentagramas dispuestos a que los rellenen con notas tienen cierto semblante burlón que produce, cuando menos, respeto”, comenta el  compositor sevillano.

Tras la triste noticia de la pérdida de Manuel de Falla, verdaderamente afectado por el fallecimiento del amigo y del músico, Turina se va debilitando y el agravamiento de su padecimiento se complica a raíz de una afección cardíaca que acaba con su vida el día 14 de enero de 1949. En el momento del adiós rodean al maestro su inseparable esposa durante más de 40 años, Obdulia, Julio Gómez, el apreciado colega que le sustituirá en la Cátedra de Composición del Conservatorio de Madrid, Antonio de las Heras, gran colaborador durante los últimos tiempos, y Lola Rodríguez de Aragón, soprano, y entrañable representante del grupo de amigos-intérpretes que estuvo siempre junto al hombre y al compositor.

El piano: aliado y referente

Se hace ineludible la mención de mi experiencia como intérprete privilegiada por el conocimiento personal con la hija menor del maestro, Obdulia Turina y su esposo, Alfredo Morán, crítico musical, biógrafo e incansable propagador de su obra con la pluma y con la voz en libros y conferencias. De mi recuerdo inolvidable en torno a mi primer encuentro con este matrimonio entrañable que destilaba bondad y sencillez a raudales, no me desprenderé jamás, y conservaré en mi retina la emoción nítida y sentida del afecto con que cuidaron la herencia de este baluarte de la Música Española: sus palabras, sus miradas de complicidad, sus dedicatorias, y su inmensa generosidad calaron en mi de forma excepcional. En sucesivas visitas a su domicilio privado en Madrid, donde el gran Turina había vivido hasta el final de sus días, fui receptora de todas estas vivencias, compartidas con devoción. Tocar su música en aquel piano en el que el maestro había volcado tanta inspiración y arte, supuso para mí un acontecimiento intelectual y humano de extraordinaria magnitud. Mi agradecimiento infinito.

Considerándose Turina siempre como compositor fiel al piano, este instrumento se convierte para el músico en auxiliar indispensable de trabajo, confidente de la casi globalidad de su corpus. En el piano escribía totalmente su producción, incluyendo las obras orquestales, por lo que resultan netamente pianísticas. Los recursos tímbricos y elementos rítmicos recrean ambientes, paisajes, personajes. Sus pentagramas se impregnan del mejor pianismo, con una textura minuciosa desde su génesis y una escritura precisa, personal y elegante. Más de sus cien obras en catálogo están dedicadas al piano, sin olvidar grandes títulos como: Álbum de Viaje, Cuentos de España, Niñerías, Danzas Fantásticas, Sanlúcar de Barrameda, Cinco Danzas Gitanas, Jardín de Niños, Siluetas, Por las Calles de Sevilla, Poema Fantástico, Desde mi Terraza, Rapsodia Sinfónica op. 66. para piano y orquesta de cuera.

Mujeres Españolas op. 17: síntesis de su legado pianístico

Mujeres Españolas op. 17 constituye posiblemente su mejor y más valiosa composición pianística. Tres lienzos separados y acotados por distintas escenas, recreadas con encanto, seducción y belleza, separan la unidad de estos tres retratos que presentan carácter de sonata.  Su instinto creador se derrama sobre estos pentagramas inspiradísimos y espléndidos de principio a fin.

Son compuestas entre los meses de marzo y abril de 1916, editadas por la casa Rouart, Lerolle & Cie en París con el título de “Femmes de’Espagne”, y su estreno tiene lugar el 26 de octubre de 1917 en un concierto organizado por la Sociedad Nacional de Música con Ricardo Viñes al piano. Turina recibió 300 pesetas por su venta. “La obra marca –según Sopeña- en su producción, una nueva faceta, al crear el autor un nuevo modo de expresión en el que la intimidad cuenta por encima de cualquier pintoresquismo”. El orden de composición de sus diferentes tiempos o retratos fue inverso al definitivo. Son según lo define el mismo autor en la partitura, “Tres retratos para piano” de La Madrileña Clásica, La Andaluza Sentimental y la Morena coqueta (que en su inicio se llamó “la Manchega coqueta”). La inspiración andaluza subyace en el discurso de las tres acuarelas, en las que incluye evidentemente elementos del tipismo español. Hallamos en el origen de estos compases personajes reales, tal y como se desprende de lo anotado por Turina en el cuaderno Figuras masculinas y femeninas a través de mi vida, en el que introduce la semblanza de la manchega en cuestión, María Ortega, una camarera en el Café Nueva España “agradable y simpática” y de figura “algo felina”, retratada en el número tres de la serie, con un pequeño tema que representa su dicho característico: “Ya uté vé”, que reaparece frecuentemente en su música.

La madrileña clásica recrea el personaje de una madrileña de barrios bajos, síntesis de “finura sentimental y achulapamiento” que alterna momentos de dulzura exquisita con la agresividad y temperamento intrínseco del cuadro. Rítmicamente muy lograda por la combinación de un aire de schotis y de pasodoble que aportan al número una gracia inconfundible de aspecto elegante y bailable. Realmente espléndido el efecto de brillantez y colorido planteados aquí.

La andaluza sentimental lleva el subtítulo de “Monólogo”. Es seguramente la pieza más emblemática del conjunto. Centrada en una mujer rubia y blanca, de rasgos refinados y elegantes, probablemente quiere recrear en ella la buena educación de este personaje, que no sale a la calle a buscar la fiesta, pero que, desde su ventana florida escucha la música alegre y los ecos festivos de danza que le conmueven. Bella descripción, recogida y honda de connotaciones sentimentales. Sus ritmos de seguidilla y de guajira alternan con gran acierto en la pieza que describe sensaciones de resignada melancolía.

El simpático personaje de la última página es La Morena Coqueta, que también aparece en los Recuerdos de mi rincón op.14, con su particular estribillo. Es una escena de coqueteo, en la que el interlocutor pretende insinuarse seductoramente utilizando el ritmo de seguidilla manchega. De repente ese cortejo masculino se convierte en coquetería femenina de la protagonista, María Ortega. El diálogo va tomando cariz de polémica riña entre enamorados, y la enérgica discusión se hace patente en los pentagramas turinianos. Sugestión, virtuosismo, cambios de ánimo constantes, suspiros y emoción acuden con naturalidad a esta música penetrante.

Enrique Franco destaca en el conjunto los aspectos de belleza temática,  explotación unitaria de los varios y característicos recursos armónicos del compositor, la distanciación evocadora, la penetración psicológica y las secretas, pero efectivas, relaciones entre las tres piezas. Por ello y en beneficio de la comprensión y contextualización del tríptico se recomienda interpretarla y escucharla en su integridad.

“Joaquín Turina es hoy el más importante y el número uno entre los creadores de la música pianística española, cuantitativa y cualitativamente considerado, y su magnífica producción se señalará siempre como jalón indeleble en la historia musical de nuestra patria. Bien podemos agradecérselo los pianistas españoles”, asegura el insigne pianista José Cubiles.

Intérpretes y estudiosos permanecemos fascinados por la imaginación, el talento y la emoción descritas a través del Piano de Joaquín Turina.

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