Jorge Lindell, por Antonio Abad

Nunca quiso ser una silla verdadera. Nunca nadie podrá sentarse en ella. Jorge Lindell no quiso terminarla de construir. Se limitó a concretar el color, a ordenar sus estructuras, a darle algo de sentido al sinsentido de la ausencia. La geometría hizo de lo suyo y descompuso cualquier afán de realidad cercana.

No es que Jorge Lindell no supiera definir los espacios, y conformar un asiento cómodo donde todo fuera reposo. No quiso hacerlo. Le faltó voluntad para plasmar la realidad concreta, porque la realidad también es otro fantasma, otra falsía, otro sueño incompleto de lo que nos rodea. Por eso esta silla no es una silla, ni tampoco un intento de ser lo que nunca quiso ser.

El pintor fue muy hábil al llenarla de luz, atemperando los colores primarios y depurando los compuestos. Intentaba únicamente enfrentarse al color, a las formas que delimitan el color, y le salió –tal vez–, una silla. Por eso –insisto–, esta silla no es una silla. Debajo, detrás o encima nunca habrá nada que no sea su indefinición. Su impostura. La quimera de un asiento. De ahí que lo único que Jorge Lindell haya construido sea la naturaleza del color.

No veamos en este cuadro la presencia de una silla sino que (como el color se dirige a los sentidos), dejemos que sea el cuadro el que nos mire.

 

Haga un comentario

*