José Luis Sampedro. EL Humanismo disidente.

Guillermo Busutil, periodista

Cuando sea joven, quiero ser como usted, profesor. Un hombre de trazo sencillo y erguido, como el guarismo del uno que medita de perfil, sereno, libre, convencido de que la unidad es la que nos conduce a tener una mejor relación con el futuro. Al igual que usted, quiero ser como el dos, que resulta del encuentro y la suma con el otro. Como el cinco, que es el dibujo perfecto de la mente abierta a los cambios y a los sueños, la cifra que para Salomón representó la sabiduría y la reflexión frente al egocentrismo de los dogmas que suelen encerrarse en el vacío del cero. Y ser también, en este querer parecerme a usted, el seis que cifra el alma humana, el aliento interior que nos ayuda a superarnos. Cuando sea joven, profesor.

Pero mientras llego a esa edad, si antes la economía de la rentabilidad no me resta del futuro o me obliga a dividirme entre el capital del conocimiento y el capitalismo que ignora al hombre, seguiré buscando en sus libros y en sus conferencias, las luces del humanismo que nos ha inculcado y que sigue defendiendo, aunque haya sido derrotado por una sociedad que ha permitido que el sistema convirtiese el acto de pensar en una peligrosa disidencia, perseguida por los poderes que -prometiéndonos progreso, bienestar y democracia- nos etiquetaron como peones del tablero del mercado. Ese tablero que se metamorfosea en salón de cámara donde el dinero y la política bailan juntos la embriagadora música del poder. Ese tablero que es un desequilibrado puente colgante para las personas que luchan entre sí por alcanzar una felicidad que consiste en producir, competir y consumir. Los tres movimientos, a pie juntillas, que cada día repetimos, sin cuestionarnos por qué la justicia, la honestidad, la conciencia crítica, la creatividad, la educación, la naturaleza social de la economía, han dejado de ser, como usted propugna, nuestros móviles de conducta. Lo curioso es que en estos días los partidos rivalizan por abanderar los ideales de la Constitución de 1812 sin preguntarse dónde están el talante ilustrado, el respeto y la tolerancia que defendía el magno texto gaditano; por qué se han doblegado a las exigencias de los compositores del capitalismo que eliminó el valor de las cosas para ponerles precio. Los mismos que han reducido la vida a comer y no ser comidos. Una batalla que se repite a la sombra de los días, cada vez más oscuros y embrutecidos por el pensamiento sumiso o doctrinario que domina esta época en la que los afectos, las relaciones, las ideas, sólo son viables si son procuran ganancias bursátiles.

Hoy día, pocos son los que recuerdan que octubre, octubre, fue el símbolo de las revoluciones que hicieron los hombres para ser mejores y borrar la sonrisa etrusca de las tiranías, de las desigualdades, de la esclavitud que se ha vuelto más refinada y tecnológica. Pocos son los que detienen la nave de su viaje para escuchar a la vieja sirena cantar que es la libertad la que da dignidad al ser humano. Hoy día, usted lo sabe y no ha dejado de denunciarlo, con la sabiduría de quien conoce todas las aduanas por las que cruzan las debilidades y las fortalezas del hombre, que  vivimos igual que hace dos mil años, rodeados de guerras, de abusos de poder, de los monstruos del fanatismo ideológico o religioso. Que no hemos sabido o querido esforzarnos en crear una familia humana, una sociedad donde el derecho a la conducta migratoria, al mestizaje, al pluralismo de ideas y al diálogo como punto de encuentro formen parte de la convivencia. Hoy día el poder financiero es el río que nos lleva a un  mar en el que ya no desembocan los sueños. Una ceguera a la que usted se enfrenta, igual que lo hace frente al desarme moral de la sociedad, fragmentada en lobos, autómatas y víctimas, en la que apenas se escuchan voces de intelectuales. La suya sí, porque es un romántico, un humanista de larga experiencia, dispuesto siempre a decirle a los que nos culpabilizan del drama por el que nos exigen pagar un elevado peaje, que nadie ha vivido por encima de sus posibilidades, sino que la gente ha utilizado las posibilidades que el sistema le ofreció; que la anorexia de esperanzas que padecemos se cura con una economía más humana, con cohesión social y una educación en la excelencia de los valores. Usted nos ha enseñado que las personas somos mucho más que cifras; que debemos ser ciudadanos capaces de construir una sociedad más justa en la que podamos desarrollar nuestras cualidades y adquirir virtudes; que las verdaderas reformas urgentes atañen a los principios políticos y económicos; que la cultura no es un entretenimiento, sino un imprescindible motor de progreso, la base del pensamiento independiente y constructivo. Tal vez por eso, es lo primero que los políticos recortan y rebajan. Reacciona, indígnate, reivindica una vida digna de ser vivida, nos dice usted a cada uno de nosotros, con esa impronta del profesor que busca espolear el talento, la aptitud del alumno en el que cree. Lo dice y lo repite, con su perenne vitalismo, con la guerrillera ilusión que nos ha transmitido, con las ideas y la experiencia que nos invitan a reflexionar hacia dentro y hacia fuera. Le damos las gracias por haberlo hecho y seguir haciéndolo, por su ejemplo, por mantener vivo el espíritu ateneísta que nos hermana e identifica. Cuando sea joven, quiero ser como usted, querido profesor. Pero mientras llego a esa edad, seguiré practicando y defendiendo lo que nos ha enseñado, que escribir es vivir, y pensar, también.

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