Hundimiento moral

La génesis de la aflicción humana no es patrimonio exclusivo de las desdichas, las atrocidades o los desastres. Las experiencias cotidianas también tienen capacidad para arañar y herir el alma de la gente, hacer tambalear sus convicciones e incluso derribar sus proyectos y objetivos vitales. Probablemente porque tales agresiones privadas o íntimas forman parte de la vida diaria y afectan a la mayor parte de los mortales, la reacción ajena es mínima o nula. La humanidad parece que se ha resignado a recibir y soportar estoicamente su dosis diaria de desventura.
En opinión de reconocidos psicólogos sociales, el origen del derrumbamiento psicológico tras una experiencia traumática apunta a un ataque brutal al núcleo de los supuestos o creencias sobre los que se asienta nuestra existencia, que son, básicamente, tres: 1) el mundo en el que vivimos es un lugar seguro y las personas que nos rodean son buenas y generosas; 2) nosotros somos personas competentes, honestas y buenas, y 3) todo lo que sucede en este mundo tiene un sentido. Melvin Lerner, autor de la “teoría del mundo justo”, ha subrayado la necesidad de todo ser humano de creer en un mundo en el que la gente tiene lo que se merece y se merece lo que consigue. Una visión como ésta en términos de justicia asume una contingencia entre nuestros actos y sus consecuencias: las desgracias ocurren a determinadas personas por ser como son y hacer lo que hacen; a las personas buenas, responsables y prudentes no les ocurren (o es poco probable que les ocurran) cosas malas. Esa contingencia entre conducta y recompensa/castigo, además de tener sentido, nos lleva a rechazar la idea de que en el mundo reina el azar, a reducir el nivel de angustia y a mantener la “ilusión de invulnerabilidad”. Sin embargo, la realidad se encarga de demostrarnos que el azar, al igual que la maldad humana, están presentes en nuestro mundo, y que a las personas buenas, honestas, prudentes y precavidas también les ocurren cosas horribles. No es de extrañar, por tanto, que las creencias básicas acerca de la invulnerabilidad personal y acerca del sentido, predictibilidad y bondad del mundo queden pulverizadas tras una experiencia traumática. Como ha escrito Ronnie Janoff-Bulman, “la esencia del trauma es la desintegración abrupta del propio mundo interior”. Los supervivientes de una tragedia quedan psicológicamente destrozados porque toman conciencia de la fragilidad humana en un mundo que no es ni predictible ni controlable, sino arbitrario, y además injusto. En definitiva, los sucesos traumáticos arrasan el mundo simbólico de la víctima y la sumen en una visión desencantada del mundo.
Ahora bien, si esa condición es desoladora, no lo es menos comprobar que el proceso de desencantamiento del mundo, que Max Weber glosara con su habitual maestría a comienzos del pasado siglo, no va ligado exclusivamente al impacto demoledor de los sucesos traumáticos. La aspereza de la vida, con su erosionar lento y casi permanente sobre nuestras creencias acerca de nuestra sociedad y de los demás, puede llegar a producir a la larga un efecto similar a la peor de las desgracias. Sobre todo cuando, inmersos en la dramática realidad cotidiana, comprobamos que el veneno del desaliento, del desencanto y de la derrota emocional y moral puede ser esparcido e inoculado entre los ciudadanos por agentes sociales cuyo papel debería ser precisamente el contrario.
La repugnante e interminable historia de atrocidades del pasado siglo XX, el “siglo de las Tinieblas” según propone Todorov, ha mostrado con toda crudeza la ilimitada capacidad del ser humano para justificar el recurso a cualquier medio en su sospechoso afán por “imponer el bien”. No deberían sorprender, por tanto, las nuevas formas de relación social a las que tan aficionados se están volviendo determinados políticos, hombres y prohombres, intelectuales y generadores de opinión de nuestros días en su ansia irrenunciable de procurarnos el bien. Lo desalentador es constatar que nuestros celosos guardianes del bien parecen cada vez más decididos a imponer el “todo vale” con tal de conseguir sus objetivos; de modo que si hay que mentir, se miente; si hay que insultar, se insulta; si de amenazar se trata, se amenaza. Para eso les asiste el derecho a la libertad de expresión, se argumenta. La realidad se deforma, se cambia o se inventa. Si antes fue la crispación ahora ha sido la mentira la que ha entrado en escena. Este es un país libre, se dice. Un tropel de predicadores del miedo lleva demasiados meses pregonando poco menos que el inminente desplome de la bóveda celeste sobre nuestras cabezas. No es fácil escapar de semejante griterío y de sus presagios: una parte nada desdeñable de la prensa escrita, la radio, la televisión, la prensa digital, e incluso los púlpitos, parece confabulada para no hacer ver más que el lado negro de nuestra realidad. ¿O sería más apropiado decir de una supuesta o inventada realidad?
Un producto preocupante de esa dinámica está siendo el aumento imparable –especialmente visible en los últimos años– de los niveles de tolerancia hacia actitudes o conductas manifiestamente agresivas que el manual del buen ciudadano consideraba, hasta hace no mucho, ofensivas y/o irrespetuosas, pero cuyo uso, al haberse ido incorporando al repertorio habitual del comportamiento tolerado, no sólo no deja de crecer sino que se está instalando en nuestra sociedad como el emblema del “ciudadano libre y demócrata”.
Todo se trivializa: las malas maneras, el insulto, la desvergüenza. Nuevas reglas de juego para un tiempo de incertidumbre y de inseguridad. Y en medio de todo ese unfair play, el ciudadano de a pie cada día más confundido y desanimado, viendo cómo su mundo interior se resquebraja y devalúa. Porque nada le desconcierta más que contemplar cómo valores tan básicos como la verdad, el respeto y la vergüenza –el patrimonio sagrado de sus progenitores– están cada vez más ausentes precisamente en aquellas personas que bajo ninguna circunstancia deberían perderlos. Es el triste espectáculo de la banalización de la mentira, de la insolencia y de la desfachatez, una preocupante lección de pedagogía política impartida por personajes irresponsables que, obsesionados con los intereses de grupo, parecen insensibles a sus desastrosas consecuencias sociales.
Nadie tiene derecho a arrancar la ilusión de nadie, y menos que nadie los políticos, la cara y la voz pública del pueblo. En ningún ámbito de la vida estará justificado jamás el “todo vale”, porque el problema capital no reside –como algunos analistas señalan– en que ante el abuso de la generosidad de la ciudadanía ésta caiga en el desinterés. El problema, el terrible problema que se genera con el abuso de poder que entraña esta ceremonia de la confusión, y cuyas consecuencias serán de una pervivencia inimaginable, es la desmoralización de los ciudadanos. Porque no hay que esperar a que la tierra reviente bajo los pies, ni a que la sinrazón fratricida rebane la vida de cualquiera para que el desmoronamiento psicológico y moral se instale en la gente. Lamentablemente, la irresponsabilidad de determinadas voces puede tener el mismo efecto deletéreo sobre nuestro sistema de valores y creencias que la peor de las desgracias. Porque un pueblo despojado de ilusiones, moralmente hundido y desencantado de la vida pública es un pueblo sin futuro.
José María Ruiz Vargas.
Catedratico de Psicologia de la Memoria de la Universidad Autonoma de Madrid.

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