Juan Béjar, por Antonio Abad

Digamos que los personajes de Juan Béjar no son seres de este mundo ni de otro, que sepamos. Son ellos mismos, bufones de sus propias imágenes, criaturas que nos contemplan desde la arrogancia de sus gestos y la hidalguía de una extraña exquisitez.

Digamos que no son y sin embargo están.

Juan Béjar

Se deben a la inconstancia del tiempo y a la sinrazón de los sentidos. Niños que a veces juegan a ser mayores desde una latitud incomprensible, porque nos miran con acecho y se preguntan si somos nosotros los verdaderamente raros y ambiguos.

De indumentaria regia y porte aristocrático, cada uno es fiel a la presencia inaudita que aparece en el lienzo bajo un color exacto y un dibujo firme.

El pintor hace bien en precisar sus formas. En darle vida al animal que siempre incluye en la escena, ya sea un perro, un gato, una rana o un camaleón. Todo para corroborar una presencia real, ubicando en la dimensión de lo imposible, una duda: ¿son o no son desde lo intolerante de su enigmática existencia?

Sin embargo, bajo el orden natural de las cosas, otra perfección inaudita los define desde su ignoto universo.

Juan Béjar los acaba de raptar de no se sabe dónde, y los hace crecer en la superficie de sus cuadros con la misma nostalgia deleitante de un Velázquez que asumiera la imperfección humana –pero no por eso menos bella– de sus famosos enanos.

Digamos, entonces, que son ellos porque sí.

Nosotros, solamente los otros.

Antonio Abad

 

 

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