La ciudad frente al ruido, por Carlos Hernández Pezzi

Carlos Hernández Pezzi es doctor arquitecto.

http://www.bez.es/4586778/La-ciudad-frente-al-ruido.html

En la redes hay un anuncio que celebra el silencio y el espacio propio como si fueran lujos. El espacio de la ciudad es cada vez menos nuestro y el silencio aún más escaso. Los espacios de silencio se equiparan con lo que no es ciudad. De un tiempo a esta parte, la ciudad más silenciosa es objetivo de primer orden en las demandas urbanas, porque somos ciudadanos enfermos de ruido; necesitamos el silencio para curarnos de casi todo.

Según la OMS, España es el segundo país más ruidoso del planeta por detrás de Japón, lo que afecta a 19 ciudades. Esta ciudadanía, probablemente sea la peor educada en décadas en materia de silencio, como muestra de respeto a los demás. En las ciudades españolas faltan espacios de silencio que hagan calibrar mejor el impacto de la contaminación acústica.

ruido-oidos-molestia

Buscamos el espacio sin ruidos para poder sentir que ocupamos un sitio saludable en la vida cotidiana. Para respirar. Nuestra vida cotidiana es una eclosión de ruidos, unos audibles y otros –  tal vez los más dañinos, los más íntimos -, los de fondo, los peores. Como dice Joaquín Sabina en una poderosa canción llamada Ruido, todos sucumbimos a las ciudades y a los ensordecedores alborotos urbanos: Para la pareja, “Todas las ciudades eran pocas a sus ojos, / Ella quiso barcos y él no supo qué pescar. / Y al final números rojos/ En la cueva del olvido, / Y hubo tanto ruido / Que al final llegó el final.”

En las ciudades españolas, los niveles sonoros aumentan de año en año alrededor de 1,5 decibelios (dB) por año.

En las ciudades españolas, los niveles sonoros aumentan de año en año alrededor de 1,5 decibelios (dB) por año. Así, la Organización Mundial de la Salud (OMS) propuso en 1995 un nivel de ruido de 35 dB en los hospitales, y hoy ese nivel es de unos 75 dB durante el día y 60 dB durante la noche. Según el Informe DKV-GAES (la empresa de seguros y la de audífonos), seis de cada diez españoles reconoce estar expuestos al nivel máximo recomendado. Mientras las autoridades locales se empeñan en las ciudades inteligentes y los ciudadanos, por ejemplo, en recomendables huertos urbanos, más de nueve millones de españoles no pueden soportar los niveles de ruido cotidiano. Esto es así porque el ruido no se valora ni se siente tanto como si no fuese realmente un indicador muy cualificado de calidad de vida; salvo por el que lo padece. Desconocemos lo insalubre que es el ruido.

Bronce en ruido.

De hecho, según la OMS, España es el segundo país más ruidoso del planeta por detrás de Japón, lo que afecta a 19 ciudades españolas. Un 72% de los españoles considera que la población en la que reside es ruidosa. Las ciudades de España son ruidosas, principalmente, a consecuencia del tráfico, uno de los ruidos más odiados para el 48%; los bares, pubs y discotecas. La sobreexposición al ruido está provocando que la pérdida auditiva asociada al envejecimiento aparezca en edades más tempranas. Entre el 40% y el 50% de los españoles notan pérdida auditiva alrededor de los 65 años, pero en poco tiempo serán las personas de 40 y 50 años las que presenten signos de pérdida auditiva.

La mayoría de los españoles afirma que falta conciencia y campañas para evitar el ruido.

Solo en el año 2003 cuando fue publicada la Ley 37/2003, del Ruido, se hizo sonar la alarma general. La mayoría de los españoles afirma que falta conciencia y campañas para evitar el ruido y, además, considera que se trata de un problema asociado a la contaminación ambiental. Las denuncias por ruido urbano en los cascos históricos, – ruido ambiente, por obras o transportes, o debido a acontecimientos ensordecedores, como la Feria de Valencia, de Málaga o las Fiestas de Bilbao, por ejemplo –  son tan extendidas como inútiles, en su mayoría. El reglamento correspondiente, el Real Decreto 1367/2007, que desarrolla la Ley del Ruido, aún definiendo unos criterios básicos restrictivos, es prolijo y difícil en su aplicación local. Resulta muy difícil de aplicar si se tiene en cuenta la lentitud de la disciplina urbanística en manos de la policía local y la parsimonia de la justicia, que ya no se enfrentan a casos puntuales de pubs y discotecas, sino que tienen que afrontar toda la presión del turismo desbocado y la hostelería, sectores productivos mayoritarios en muchos barrios a la vez.

Espacios de respeto.

Además, las terrazas y exteriores de los bares se han convertido en espacios insalubres legitimados porque se han acondicionado como espacios para fumar. Esta transformación urbana, imparable hasta hoy, eleva los decibelios a niveles insoportables justo bajo las viviendas de los centros y los barrios más gentrificados, tematizados o atractivos para el turismo de masas. Alegría, alboroto, barullo, bullicio y caos no son motivos para legitimar el ruido, como no lo son el baile, o la charla, o la tertulia. Se trata de fijar espacios de respeto que sean, ante todo, lugares de respeto hacia nosotros mismos.

Los niveles de ruido existentes aumentas los niveles de volumen sonoro hasta hacerlos insoportables.

Locales y viviendas han obtenido muy tarde la regulación apropiada fijada por el Código Técnico de la Edificación (CTE), pero no todos se han acomodado a ella. La mayoría de edificios carecen de aislamiento acústico y térmico (que suelen ser inseparables). El laberinto urbano del jaleo sonoro se atribuye además, erróneamente, a la oralidad, los horarios, o la cultura de la calle como rasgos distintivos de la identidad española. Esta ciudadanía, probablemente sea la peor educada en décadas, en materia de silencio, como muestra de respeto a los demás: En las series de la televisión se grita. En la calle se vocifera. Los oradores se desgañitan en las reuniones. En los debates se alza la voz. Los sitios públicos siguen sin insonorizarse. Los niveles de ruido existentes aumentas los niveles de volumen sonoro hasta hacerlos insoportables.

Ruido mediático.

De hecho, hasta la confrontación política produce un ruido mediático sin precedentes, un estruendo que se suma a los otros. Lo lamentable sería que nos acostumbrásemos al ruido de fondo, como añoraba la canción de Miguel Ríos: “Oigo los gritos de mi vecina  / y los latidos de mi corazón. / Siento zumbidos en los oídos. / Interferencias en la emisión. /  ¿Que ha sido eso que me ha sobresaltado? / Un giro del planeta sobre su eje oxidado. / Huyo del vacío y me dedico a escuchar. / Es el ruido de fondo que sinceramente hará esto.” El ruido de fondo no silencia el de la jauría de máquinas y voces, lo aumenta hasta niveles inaudibles que crepitan en el fuego del consumo.

En las ciudades españolas faltan espacios de silencio que hagan calibrar mejor el impacto de la contaminación acústica y eduquen a la ciudadanía en el valor de las pausas, del calmado de tráfico, el sosiego de los espacios públicos, la tranquilidad de la comunicación y el respeto a la paz urbana. Algo que solo se consigue cuando la ciudad reduce su estrés y agranda su convivencia con urbanidad renovada.

La ciudad necesita de pausas sonoras para sobrevivir al fragor de su propio estrépito.

Haga un comentario

*