La Habana, 25 de Noviembre de 2016: Fidel Castro ha muerto. Era hijo de gallego nacido en Cuba. Otro dictador, Franco, hijo de gallego y gallego de nacimiento, murió también un mes de Noviembre de hace algo más de cuarenta años. Uno creó en España el Movimiento inmóvil y el otro en Cuba la Revolución sin revoluciones. De sus logros y hazañas estarán ambos discutiendo ahora.

La Habana, 5 de Diciembre de 2005: Aterrizo en el Aeropuerto Internacional José Martí acompañado de Nani y nuestras dos hijas, Mónica y Beatriz. Mónica estaba preparando una exposición colectiva de artistas andaluzas y cubanas, patrocinada por la Junta de Andalucía y la Diputación de Granada, titulada “Ultramar” que se llevó a cabo, bajo su comisariado, en Enero de 2007 en la Habana y, en Noviembre de ese mismo año, en Santa Fe (Granada). Sus contactos en Cuba para preparar tal evento nos animó a toda la familia a acompañarla en éste viaje que sucintamente relato e ilumino con algunas fotos.

El reciente fallecimiento de Fidel Castro, con los controvertidos juicios y debates que suscita entre fieles y enemigos, me ha recordado la Cuba que conocí, tanto como simple turista, como por los amigos cubanos de La Habana, especialmente la mujer de un amigo, profesor de la Universidad en Málaga, que nos acompañó todo el tiempo que pasamos allí. En 2005 había pasado casi medio siglo desde que Fidel accediese al poder como Jefe del Estado de Cuba y jefe del único partido político legal en el país: El Partido Comunista de Cuba. Fidel Castro, “el Comandante”, como siempre le llamaron los cubanos, nunca dejó de ser el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, garantes de su Revolución, como Franco siempre fue el “Generalísimo” de todos los Ejércitos, garantes de su Movimiento Nacional.

Algunos amigos cubanos, residentes en Málaga, nos dieron algunos regalos para llevar a sus familiares, y también nos comentaron que llevásemos toda clase de medicamentos, porque -nos dijeron- no faltará quién os pida alguno dada la escasez de fármacos en la isla. Así lo hicimos y recopilamos una buena cantidad de medicinas que no necesitaban recetas para obtenerlas.

Nos instalamos en el Hotel Nacional. Un decadente aroma nos invadió. Un hotel vintage en el que cada uno de sus rincones denotaba el glamour de su esplendoroso pasado. Quizá por eso fue tan agradable la estancia, tanto que no entendería volver a La Habana sin alojarme en él. y además porque La Habana es como el hotel, por todos sitios se palpa la belleza de lo que antaño fue, aunque hoy tan solo sea su propia imagen reflejada en un sucio y estropeado espejo. En la Habana, aún dentro del centro histórico y monumental, la mayor parte de las viviendas tiene una sensible y notable falta de mantenimiento y un inicial estado de ruina. Pese a todo su encanto es perdición.

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El Hotel Nacional

Una vez instalados en el Nacional, procedimos a llamar por teléfono a los familiares de nuestros amigos para que recogiesen los paquetes que nos habían encomendado entregarles. Eran varios, entre ellos, un ordenador portátil. Quedamos en la puerta del hotel que está precedida por una espaciosa plaza con jardines, que debió ser privada en su día y hoy es una plaza pública. Llegados aquellos, tuvimos el primer choque con la Revolución de Fidel. Les dijimos de subir a nuestras habitaciones para recoger los paquetes y espantados lo rechazaron: ¡No, no! Nosotros no podemos entrar en el hotel, está prohibido para los cubanos, salvo que trabajes en él. Cara de asombro: ¿Cómo? ¿Qué? ¿Qué no podéis entrar? Venid conmigo que ahora mismo hablo con el director del hotel y entráis ¡vaya si entráis! Porque sois mis invitados y es mi habitación -dije encolerizado-. No hubo forma, estaban aterrorizados ante la posibilidad de entrar al hotel y me rogaron que, por favor, lo dejase estar y les bajase los regalos ya que, de otra forma, les pondría en un grave aprieto. ¿Qué coño de revolución socialista es esta? Pensé cabreado. Les entregamos los paquetes y quedamos en volver a vernos en los días siguientes.

Nos fuimos a pasear por el centro de La Habana, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982. Es monumental y muchos de sus notables edificios están reconstruidos y bien conservados, como la Catedral, el Museo de la Revolución, el Museo de Bellas Artes, el Gran Teatro de La Habana, el Capitolio, el Malecón o el Castillo del Morro, por ejemplo.

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Pero también, junto a esos monumentales edificios, paseando por las calles de sus alrededores, nos encontramos casas, muchas de ellas antiguos palacetes coloniales de bellísima factura, en un evidente proceso de ruina, aunque siguen mostrando la belleza que antaño tuvieron.

La Plaza de Armas me pareció excepcional, tanto por su belleza arquitectónica como por el mercado permanente que la ocupa de libros antiguos y usados. En el bar-restaurante “La Mina”, amenizado con música en vivo y situado en la misma Plaza de Armas, viví otro contraste de la Revolución.

Sentado ante una cerveza, que saboreaba mientras contemplaba el ir y venir de turistas entre los puestos de libros, se me acercó un hombre mayor, quizá no tanto como yo lo soy ahora, avejentado, con barba corta cana y piel negra, para pedir una limosna. He de decir que solo en algún caso muy esporádico vi mendigar, ya que además de estar prohibido, sabido es el orgullo de los cubanos. Mal debía estar el hombre para decidirse a pedir, pero lo hizo y al recibir mi dádiva, a modo de suspiro, hizo un comentario que más me pareció un pensamiento evadido: En Cuba los negros aún seguimos siendo negros. Pero… ¿Qué coño de revolución socialista es esta que no ha acabado con el racismo? -Pensé-.

Nuestra primera comida en La Habana la hicimos en un paladar. Fuimos percatándonos de que el carácter cubano es alegre y la gente es simpática, amable y, como ya hemos apuntado, muy orgullosa, y la familia que regentaba el paladar, esto es, el restaurante con dos mesas en su propia casa, reunía todas esas cualidades.

Comimos una fuente de “moros y cristianos” (arroz con  frijoles negros) que a mí me pareció ser el plato nacional cubano por su fama, como en España puede ser la paella, y probé los plátanos fritos que me parecieron exquisitos. Con la señora, que además de cocinar nos atendía la mesa, entablamos conversación, y nos contó de la mucha escasez de artículos que tenían en la isla. La comida estaba racionada, pero lo que más echaban en menos eran las medicinas. Al final acabó pidiéndonos, más como favor que por caridad, si pudiésemos proporcionarle algún medicamento para calmar el dolor, ya que su madre -según nos dijo- sufría mucho con los dolores de huesos. Prometimos volver y llevarle alguna medicina de las habíamos que habíamos llevado por indicación de nuestros amigos cubanos de Málaga.

Una de las contradicciones, no ya de la Revolución sino de la propia Cuba, es que, pese a su situación económica, al racionamiento alimentario o a las pésimas infraestructuras de las que disponen, siempre se respira un ambiente alegre inmerso en una extraordinaria explosión de color.

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Añádanle a eso la increíble exposición, toda La Habana es un museo, de automóviles americanos de la época anterior a la Revolución que, milagrosamente, siguen funcionando, algo que convierte a los cubanos en los mejores mecánicos del mundo.

También resulta divertido desplazarse en una especie de triciclo motorizado cubierto con un cascarón que a mí me recordaban las “Isetas” que circulaban por Málaga en los años cincuenta, aunque éstas estaban completamente cerradas y las cubanas no lo están.

El régimen castrista no deja de recordar a los cubanos de forma permanente las consignas de la Revolución. Todos los grandes espacios están presididos con frases patrióticas y revolucionarias o con imágenes, como la Plaza de la Revolución presidida por una gigantesca imagen en hierro fundido del Che Guevara. La palabra “Patria” se repite por doquier. También es frecuente ver frases del gran poeta José Martí, considerado el padre de la patria cubana.
Es curioso que en España, para los “fans” del Comandante Fidel,hablar de “Patria” es cosa de los “fachas franquistas”. Para los ciudadanos cubanos, sean castristas o no, la “Patria” es algo sagrado.

No podía faltar, como buenos turistas, la obligada visita a la “Bodeguita del Medio” para tomar un mojito, ni pasar una velada en el “Foridita, con el ilustre e inmortal Ernest Hemingway sentado en la barra, escuchando música en vivo y saboreando sus famosos daikiris, con rodajitas de plátano frito a modo de frutos secos.

¿Y quién se podía perder una cena en el restaurante “Fresa y chocolate”? Famoso por la premiada película cubana, así llamada, dirigida por Tomás Gutiérrez Alea y Juan  Carlos Tabío.

Fuera del centro monumental, la mayoría de los barrios de La Habana son muy pobres. La mayor parte de las casas están en estado lamentable, muchas son de auto construcción y presentan partes de su estructura sin cerramientos y todas ellas de pésimas calidades. En uno de ellos, Guanabacoa, vive la familia de Juanito. Un joven artista, pintor, amigo de mi hija Mónica, al que fuimos a visitar para ver su obra y conocer a su familia.

La casa donde vive es de las características que he mencionado antes, como la mayor parte de las viviendas de aquel barrio con calles sin asfaltar y pésimas infraestructuras. Me recordaba mucho a los barrios periféricos de Málaga allá por los años cincuenta. Lo que no tiene nada de extraño, ya que la Revolución de Fidel Castro comenzó en 1953, acabó en 1959 y, una vez alcanzado el poder, bajó las revoluciones de la Revolución y se quedó al ralentí, el tiempo dejó de correr en Cuba.

Los cuadros de Juanito estaban pintados sobre papel, en tonos ocres con una increíble variedad de tonalidades con las que conseguía los efectos deseados. La técnica que empleaba era muy simple: quemando con ácido de limón el papel. Esa técnica la utilizaba por falta de medios para obtener oleos, o cualquier otro pigmento al uso, y lienzos.

Le compramos varios cuadros por una cantidad de dólares, módica para nosotros, pero que a él y a su familia les pareció una fortuna, más o menos equivalía a su salario mensual durante tres años.  Y nos invitaron a una comida de lujo otro día antes de nuestro regreso. Con el producto de la venta de los cuadros podían permitirse comprar carne de cerdo o ternera para el ágape, alimento no incluido en la libreta de racionamiento. La única carne que pueden adquirir es una libra (medio kilo) de pollo al mes, (en www.google.es/libreta+racionamiento+cuba) se puede ver cuál es la ración máxima mensual de alimentos de una familia cubana. El salario medio mensual es de 20 euros).

Los amigos de Mónica nos llevaron a conocer a otra pintora cubana, Aziyadé, de reconocido prestigio. Vivía en un barrio elegante de chalets. Su casa era de dos plantas, nada ostentosa. Precisamente en ese barrio estaba la residencia de Raúl Castro; no pudimos ver más que el muro de varios cientos de metros que la protegía. Aziyadé nos mostró su obra y le compramos un cuadro.

Me resultó curioso que me vendiera solo la tela, sin el bastidor. Accedí sin ningún problema, al fin y al cabo el bastidor de madera no era más que un estorbo para el viaje de vuelta. Pero le pregunté qué importancia tenía para ella el bastidor del cuadro y me contestó que en Cuba tenían problemas, no solo para adquirir las pinturas y los lienzos, sino también para hacerse con bastidores. Indudablemente su problema no era económico.

En una galería de arte, justo enfrente del Floridita, también compré un cuadro, y también me lo vendieron sin el bastidor, lo que confirmó la escasez de medios que tenían los artistas en la isla. Pero lo que sí pude comprobar es que, sin lugar a dudas, en Cuba hay más pintores que albañiles.

Dedicamos un día a visitar Pinar del Río. Allí se produce el 80% de los cigarros puros de Cuba. Nos llevó un taxista que resultó ser una fuente de información inagotable sobre Cuba, la Revolución, la sociedad, la economía y la política. Por resumir, después de charlar todo un día con el taxista, llegué a la siguiente conclusión: En Cuba todo el mundo hace como que trabaja y el Estado hace como que les paga, todo el mundo cree que le sisa al Estado y el Estado mira hacia otro lado y les deja sisar, todo el mundo recurre al mercado negro y el Gobierno favorece que sea cuanto más negro mejor. En Cuba todo es una pura farsa, una mentira. Pero eso solo lo pueden decir los cubanos, porque su orgullo no les permite admitirlo si es dicho por un foráneo, y menos por un cubano disidente.

En Pinar del Río vimos cascadas, bosques, grutas, unos extraños y ancestrales grabados en las rocas, una bodega y una fábrica de puros. Llamó mi atención, en la fábrica de tabaco, que las empleadas que liaban a mano las hojas de tabaco me ofrecían puros para comprar, en tanto que el guía y vigilante se hacía el sueco. Después me explicó nuestro taxista que las trabajadoras lo hacen de acuerdo con los vigilantes para repartirse el producto de la ilegal venta. Con un salario de 20 euros al mes nada puede extrañar.

Sin duda, una de las más bellas estampas de La Habana es su Malecón. Todas las mañanas, veíamos a un basurero barrer su paseo a un ritmo acorde con las revoluciones de la Revolución cubana.

Íbamos a pasear por él contemplando el fortín, desde donde el Che Guevara se aplicó con ahínco a la depuración de los enemigos de la Revolución con juicios sumarísimos al más puro estilo franquísta.

Llegó la fecha de cumplir con la invitación que nos habían hecho los padres de Juanito y fuimos a su casa. Nos había preparado su madre un menú típico cubano en el que no podían faltar los “moros y cristianos” pero en su modalidad de ricos, esto es, con carne en abundancia. No puedo especificar los demás platos que nos pusieron pero reconozco que todos estaban muy ricos.

Fue entonces, en esa comida, cuando les dije que antes de nuestra regreso a España, queríamos despedirnos invitándoles a cenar en algún restaurante cercano al hotel. Ellos aceptaron la invitación y quedamos para la noche siguiente.

Se nos ocurrió reservar mesa en el restaurante Monsignore, en el que ya habíamos estado cenando una noche. Monsignore es un restaurante de lujo, famoso porque allí era donde cantaba y tocaba el piano el gran Bola de Nieve. Llegamos antes y nos sentamos en la mesa a esperarlos. Ellos eran cinco. Cuando llegaron nos percatamos de que no les querían dejar entrar.

Al parecer los ciudadanos cubanos no eran bien recibido en ese restaurante, especialmente si son morenitos. Tuve que salir al rescate y montarle un pollo al encargado del restaurante que se negaba a dejarles pasar. Al fin transigieron y nos sirvieron la cena no sin cierto desprecio hacia ellos. ¡Porca revolución, que diría un italiano!

Llegó el día de la vuelta y en el aeropuerto volvimos a presenciar otra de las contradicciones de una revolución que se dice socialista. A los cubanos que estaban en la misma cola que nosotros para el control de pasaportes, los maltrataban desconsideradamente, algunos, matrimonios muy mayores, estaban materialmente vejados y martirizados tras largas horas de espera en la cola. Cuando llegue al control, la joven agente de aduanas encargada de visar el pasaporte, hacía una especie de encuesta a los extranjeros y me preguntó por las impresiones de mi estancia en Cuba. No pude por más que responder que Cuba y los cubanos me habían encantado, pero que el régimen era una mierda a la vista de cómo trataba a sus propios ciudadanos. Y me quedé tan pancho.

Por eso, ahora, a la muerte de Fidel, cuando leo las declaraciones de algunos dirigentes de izquierdas diciendo que ha muerto un luchador en favor de los oprimidos, pienso: nunca le olvidarán… los reprimidos, que son muchos en la Cuba de los Castros. Y los cubanos, esos que le lloran, como le lloraban los españoles a Franco cuando murió, cuando puedan hablar, tengan derecho de reunión y asociación, tengan sindicatos y derecho a la huelga, tengan libertad de prensa, libertad de expresión, partidos políticos de distinto signo y tengan simplemente eso que se llama libertad, querrán que se olvide su etapa y su revolución, tal como ahora los españoles quieren que desaparezca de la Historia el régimen dictatorial de Franco. Fidel Castro no era un socialista, era sencillamente un castrista dictador.