La dama y la hormiga, por Alfredo Taján

Sur, 31.08.2017

La Historia de la humanidad está repleta de hormigas. Un amigo mío me comenta que desde hace unos años las hormigas han sido sustituidas por cucarachas que, en realidad, son las que ahora lideran el panorama de la Historia contemporánea nacional e internacional. Hay que destacar la calidad simbólica del símil, una certera metamorfosis que describe a la perfección el repelús que yo mismo, sin ir más lejos, he sentido al oír, ver o leer las noticias que se han sucedido este verano interminable. Pero lo que sobre todo nos interesa hoy es el caso, ya bautizado, como el de ‘la dama y la hormiga’; y es que los duetos dan mucho de sí. Precisamente ayer rescaté en la Dos de Televisión Española el capítulo octavo de la versión televisiva de esa gran novela de nuestro canario de oro, Benito Pérez Galdós, titulada Fortunata y Jacinta; superproducción -cerca de doscientos millones de aquellas pesetas-, dirigida por Mario Camus en 1980, y protagonizada por Ana Belén, Maribel Martín, Fernán Gómez, María Luisa Ponte, Berta Riaza y la gran Charo López, entre otros destacados actores; la verdad es que a las dos de la mañana la recreación del crudo y tenebroso Madrid de la Restauración -que no se refiere a los restaurantes de moda sino al turno de partidos que inventó Cánovas del Castillo-, con sus míseros conventillos y su hipocresía moral aún más mísera, me sobrecogió. Me fui a la cama con una lección visual, e ideológica, que debieran revisar los que hoy se alimentan de la denominada superestructura estrellada. Y es que en las series televisivas del momento, especialmente las más influyentes, en su mayoría de estirpe anglosajona, se encierran claves de aquella vacua fugacidad que en su momento definió Jean Baudrillard como «efectos nocivos del simulacro»; desconozco si además poseen otros efectos nocivos para la salud mental. Pero volvamos al célebre busto íbero ‘La Dama de Elche’ al que un turista le descubrió, hace unos días, una hormiga hurgando en su testa. El escándalo ha sido mayúsculo y ha servido para avivar las reivindicaciones de los ilicitanos para que su dama retorne a la tierra a la que pertenece y de la que nunca tendría que haber salido. Me pregunto qué hubiera ocurrido si la hormiga hubiera traspasado la urna estanca, en vez de en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, en un museo de su ciudad natal. No olvidemos que la biografía de esta dama de caliza bellamente engalanada ha sido turbulenta. Vendida y revendida, durmió en el Louvre hasta que los nazis galos de Vichy se la devolvieron a Franco en 1941 a cambio de una lista de lienzos de El Greco y de Velázquez. Franco la encerró en el Museo del Prado hasta 1971, año en que por decreto la Dama se transfirió al Museo Arqueológico. El asunto da que pensar, y surgen preguntas, la primera, indudablemente, es que si la hormiga está afiliada o no a Compromís.

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