La feria jibarizada, por Alfredo Taján

Sur, 01.06.2017

Se produce una extraña similitud entre las caravanas de los hombres azules, los tuaregs y nosotros. Pero los tuaregs cortejan el desierto dejando ver sus ojos profundos, y nosotros, menos valientes, ni siquiera enseñamos los ojos, protegidos por gafas de sol, contra la luz de Málaga, luz cegadora. De esa forma, llegamos a la plaza de la Merced, uno de los emblemas del liberalismo español, donde se alza un obelisco que nos recuerda a nuestra abnegada ciudad como la primera en el peligro de la libertad. Antes de acceder a la plaza llevo a mis invitados a ver una placa que pusimos en honor a la escritora Rosa de Gálvez, que vivió por aquí, y hoy es negada en una estatuaria. A veces, las ciudades se comportan como madrastras de cuento, y las madres que se comportan como madrastras de cuento son las peores.

Avanza la caravana y por fin, con el terral a cuestas, invadimos las exiguas casetas que componen la Feria del Libro malagueña 2017. Me alegra que un espacio transitable por antonomasia como la Merced acoja la feria de los libros, lo que no me gusta tanto es que se haya convertido en una feria jibarizada, porque hay que escribirlo: la feria del libro sigue siendo digna y seguimos luchando por su supervivencia, pero ha quedado reducida a la mínima expresión. No es justo que una ciudad como Málaga, capital de la literatura, carezca de una representación más holgada. Me pregunto dónde se encuentran tantas librerías, editores y libreros que antes defendían con uñas y dientes una iniciativa que en su momento fue una de las más destacadas de este país y hoy no pasa, al margen, insisto, de loables y denodados esfuerzos, de ser un testimonio. Tampoco sé si lo que falla es la concordancia de las distintas administraciones o el modelo elegido para gestionarla. Tengo la sospecha de que, como siempre, se han unido todos los factores contra la cultura, contra el libro, a favor del lento declinar de las especies. Borges aseguraba que el hombre desciende del mono pero que también se dirige al mono, en esta cuestión, como en otras, Borges siempre tiene razón.

Con el terral a cuestas hablamos de Cien años de soledad en mitad de la plaza, junto al obelisco a Torrijos. Hace cincuenta años que, tras la defección de Carlos Barral -no importa si la leyó o no, la verdad es que no la publicó- el gallego Francisco Porrúa tuvo el valor, y el acierto, de editarla y así convertir a García Márquez en uno de los escritores clave del siglo XX. Una señora con bastón que ya debía haber cumplido los treinta en 1967 se me acerca y me dice: «Mire, Taján, he venido hasta aquí a pesar de este calor infame, he venido por Cien años de soledad y por los libros, sobre todo por los libros». Pienso que se puede extirpar la ignorancia pero no se puede hacer nada en contra de las condiciones climáticas.

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