La importancia de la educación financiera

Dentro del panorama social y político, resulta ciertamente difícil encontrar alguna cuestión de gran alcance que logre concitar el consenso. Ni siquiera ha sido factible, por ejemplo, ante un problema tan relevante como el del calentamiento global del planeta. Por eso resulta tan llamativo el caso de la educación financiera, que sí parece ser acreedora al más unánime de los respaldos, acerca de la necesidad de incrementarla entre los ciudadanos de todos los países del mundo. No en vano, desde hace años, bastante antes de que se vislumbrara la actual crisis financiera internacional, se ha desencadenado, primero de manera sigilosa y más tarde dentro de una auténtica cruzada universal, una corriente generalizada en tal sentido, bajo el impulso de organismos e instituciones supranacionales como la OCDE, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Comisión Europea, a la que se vienen sumando entidades públicas y privadas nacionales, amén de especialistas a título individual.

¿A qué obedece esta tendencia que se percibe como algo imparable en todas las latitudes? En primer término, a la existencia de un diagnóstico, basado en un nutrido cuerpo de evidencia empírica, que revela el insuficiente grado de conocimiento de la población acerca de las cuestiones económicas y financieras básicas. Así, diversos estudios señalan que, en algunos países, un alto porcentaje de personas desconoce el significado real del concepto de inflación, mientras que son muchas las que son incapaces de evaluar las diferencias en costes, rendimientos y condiciones de las operaciones financieras ofertadas en el mercado.

Por otro lado, si hacemos caso del testimonio de Niall Ferguson, profesor de la Universidad de Harvard y autor del best seller “Dinero y poder en el mundo moderno”, quien ha manifestado que muchos de los estudiantes a los que ha enseñado en las mejores Universidades del mundo, incluyendo programas MBA, no conocían la diferencia entre tipo de interés nominal y tipo de interés real, deberíamos concluir que el problema sería bastante más serio de lo que aparenta. Además, es particularmente preocupante el hecho de que a menudo se sobrevalora la propia comprensión de los servicios financieros, hasta el punto de que la Comisión Europea ha señalado que el primer paso es sensibilizar a los que ‘no saben que no saben’ de asuntos financieros.

Si bien el problema es de carácter internacional, en España el terreno estaba especialmente abonado para que se agravara, a tenor de la marginación tradicional de los estudios de Economía en la enseñanza primaria y secundaria. Hoy día, el sistema educativo, de forma inexplicable y en abierta contradicción con las declaraciones institucionales, que reconocen su relevancia en la sociedad actual, sigue siendo refractario a las materias económicas y financieras.

La educación financiera beneficia a los individuos en todas las etapas de su vida: a los niños, haciéndoles comprender el valor del dinero y del ahorro; a los jóvenes, preparándolos para el ejercicio de una ciudadanía responsable; a los adultos, ayudándoles a planificar decisiones económicas cruciales como la compra de una vivienda o la preparación de la jubilación. Asimismo, contribuye a que las familias puedan ajustar sus decisiones de ahorro e inversión a su perfil de riesgo y a sus necesidades, lo que favorece la confianza y la estabilidad del sistema financiero. Igualmente, potencia el desarrollo de nuevos productos y servicios de calidad, la competencia y la innovación financiera.

Una serie de factores recientes tiende a aumentar la importancia de la educación financiera, tales como la creciente amplitud y sofisticación de los mercados y productos financieros, que aumenta la vulnerabilidad de los usuarios, o la mayor responsabilidad de los empleados en la preparación de su etapa de jubilación, a raíz de los cambios en los esquemas de previsión social.

El Parlamento Europeo ha subrayado los tres aspectos fundamentales que debe abarcar la educación financiera: adquisición de conocimientos básicos en materia de finanzas, capacitación para utilizar tales conceptos en beneficio propio y ejercicio de una adecuada responsabilidad financiera. En definitiva, la educación financiera debe permitir a los individuos mejorar su comprensión de los conceptos y productos financieros, y adquirir las competencias necesarias para mejorar su cultura financiera, es decir, para ser conscientes de los riesgos y oportunidades, y tomar decisiones con conocimiento de causa a la hora de elegir sus servicios financieros.

El reto por delante es enorme y justifica la suma de esfuerzos que ha empezado a desplegarse a partir de distintas iniciativas públicas y privadas. Una de éstas es la que, de forma pionera, se ha impulsado desde Málaga, mediante un proyecto tripartito entre Unicaja, la Universidad Internacional de Andalucía y la Universidad de Málaga, que ha cristalizado en el desarrollo de un portal de Internet (www.edufinet.com) y de una serie de actuaciones complementarias.

Precisamente en un encuentro celebrado recientemente se debatió acerca de la supuesta hostilidad de los conocimientos económicos y financieros como una de las causas explicativas de las dificultades para su asimilación por los ciudadanos. Sin embargo, desde mi punto de vista, no existe tal hostilidad intrínseca, sino que ésta deriva de una falta de familiarización con tales conceptos de manera natural y gradual desde las primeras etapas del ciclo educativo. Ya hace años, el profesor José Luis Sampedro, en el prólogo a la edición castellana del manual de Economía de Samuelson, dejó escrito lo siguiente: “el bachiller o alumno de enseñanza media y preuniversitaria sale de las aulas conociendo, p. ej., lo que es la calcopirita, pero sin haber recibido la menor información de lo que es un banco…”.

Parafraseando, lejanamente y con el mayor respeto, a un célebre dramaturgo alemán, podría decirse que todos los conocimientos son buenos y útiles en sí mismos; muchos pueden llegar a ser necesarios para la actividad profesional, pero algunos lo son para la propia vida de los ciudadanos: esos son los imprescindibles.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, con  fecha 4 de marzo de 2009).

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