La maleta de Jesús Aguirre, por Manuel Alberca

Manuel Vicent, Aguirre, el magnífico, Alfaguara, Madrid, 2011

Manuel Alberca, catedrático de Literatura de la UMA

 A este libro le esperan dos tipos de lectores: el incondicional de las colaboraciones de su autor en El País, y el apasionado de las vidas ajenas, es decir, el lector de biografías. La satisfacción o no de la lectura dependerá de sus diferentes expectativas. El acierto de Vicent, independientemente del resultado, reside en la elección del personaje. Pocas vidas y figuras españolas recientes tienen mayor interés biográfico que la vida y la figura de Jesús Aguirre. Con sus múltiples caras públicas (cura progre y antifranquista, intelectual con pedigrí centroeuropeo, melómano exquisito, político en la transición y finalmente Duque de Alba) y con otras caras privadas más o menos secretas, su complejo perfil  humano y psicológico representa un desafío de primer orden para el biógrafo. Por lo tanto, el itinerario vital del personaje constituye un privilegiado observatorio de la reciente historia española, y su trayectoria social abarca desde su origen pequeño-burgués a la aristocracia de más tronío. En fin, una escalada hasta lo más alto de la pirámide española, rematada en su caso, como se encarga de resaltar con malicia el biógrafo, por “un gran sarcófago de mármol”. Como personaje público, suma en su currículo importantes argumentos sociales, políticos e intelectuales. Como individuo, es una caja de sorpresas y de mudanzas personales. Una vida tan compleja como la de Aguirre exige un tratamiento a su mismo nivel: la finura y el rigor necesarios para desvelarla con similar complejidad.

Duque de AlbaJesús Aguirre, duque consorte de Alba.

La satisfacción del primer grupo de lectores, el de los admiradores de las columnas, está asegurada. Aquí encontrarán al gran Vicent con su incuestionable “calidad de página”. El articulista brillante que emplea su talento para pintar los gozos y sombras de la patria en los últimos 50 años, pasados por el cristal deformante de su prosa, cargada de imágenes y metáforas deslumbrantes. Toda esta habilidad se entrega a la pintura de un “retablo ibérico” de clara ascendencia valleinclanesca, al que le falta tal vez frescura, pues hay pasajes en el libro que nos parecen ya leídos en las crónicas del autor. Pero en general estos lectores encontrarán suficiente divertimento en los cuadros humorísticos y en las viñetas irónicas, sin preocuparse de si la copia del modelo es veraz o la documentación manejada es de crédito.

La satisfacción del segundo grupo depende de lo que el lector espere de una biografía. Vaya por delante que no sé si Vicent ha pretendido escribir una biografía. Unas veces, como en la contraportada, parece que una biografía parece poca cosa para una prosa de tantos quilates literarios: “Este relato no es exactamente una biografía”. ¿Qué es, pues? ¿Una crónica de calidad literaria? Nadie le niega a Vicent que escribe muy bien. ¿Un libro en el que “todo es verdadero”, como declaró el autor en el espacio televisivo El Público Lee, de Canal Sur? O, ¿“una ficción literaria”?, como también se insinúa en la contraportada, es decir, un relato sólo verosímil en el que el autor pretende esquivar la responsabilidad ante posibles querellas judiciales y otras molestias. En sus libros autobiográficos, novelas y/o memorias, Vicent nos tiene ya acostumbrados a una calculada estrategia de ambigüedad en la que se siente cómodo y libre de obligaciones, y a gusto con su bien ganado prestigio de estilista. Pero con todos los matices que se quiera este relato es o pretende ser la biografía de Jesús Aguirre.

manuel-vicent Manuel Vicent, escritor de esta polémica biografía.

El autor es un maestro consumado de la distancia corta o media de la columna y del artículo. Y del mismo modo, resulta menos dotado para la distancia larga de la novela, por ejemplo. La biografía es una carrera maratoniana: exige un ritmo sostenido y no permite el esprín o el lucimiento fuera de lugar. La paciencia es igualmente necesaria. La biografía es labor de un artesano que se demora en seleccionar y buscar los materiales, los observa y los valora. Estudia con detenimiento la estructura y composición del edificio que se propone levantar.

Vicent ha demostrado su dominio y capacidad para la semblanza. Este género biográfico representa de manera estática al personaje al que se ha congelado en un conjunto de escogidos atributos. El peligro que acecha a la semblanza es la caricatura, su hermana, y en consecuencia la tendenciosidad. Vicent ha exhibido sobradamente su habilidad para la semblanza en la colección Póquer de ases (2009). Sin embargo, la biografía es otra cosa: debe ser por fuerza dinámica, observar y demorarse en los cambios, seguir al personaje que se va haciendo paulatinamente, atraparlo en sus metamorfosis y desde luego debe ser explicativa de su devenir. Nunca una foto fija.

Vicent está dotado sobre todo para la semblanza y, a juzgar por el resultado, menos para la biografía. El primer tercio de esta biografía, hasta la salida del seminario alemán en que Aguirre es ordenado sacerdote, se somete a las reglas de juego del género y no por eso baja su calidad literaria. La infancia y la juventud son las etapas mejor documentadas de la biografía. Pero, a partir de ese momento, de la página 85 y sobre todo de la página 126 en adelante, bien por falta de documentación, bien por cambio de estrategia, el autor construye su libro de modo distinto. Para resumirlo, a partir de ese momento, gana protagonismo la crónica en detrimento de la biografía. Según avanza el libro, va aumentando la extensión de los cuadros históricos sobre el tardo-franquismo y la transición y sus bien conocidos hechos y protagonistas, y el relato biográfico se desinfla. Vicent se limita a poner al personaje en un panorama. Y el panorama pesa más que el personaje, que de este modo va quedando cada vez más reducido a un perfil, en parte ya conocido. En consecuencia, las apariciones de Aguirre se limitan a viñetas aisladas, a instantáneas, en que es sorprendido en una postura o escorzo comprometido, y el flash es elevado a valoración definitiva.

Casi al final del libro, Aguirre, ya duque de Alba, al bajarse del AVE en la estación de Sevilla, se encuentra por casualidad con Vicent. Hace seis o siete años que no se han visto. Aguirre le pide a Vicent: “Querido, llévame la maleta”. Y este obedece automáticamente. “Cargado con su equipaje, caminé unos veinte pasos a su lado. En este breve trayecto me dijo: ‘He convencido a mi mujer para que compre un palacio en Venecia y lo ponga a mi nombre’. En ese momento reaccioné: ‘Oye, capullo, carga con tu maleta porque no soy tu esclavo, a menos que me nombres el secretario de ese jodido palacio’. Dejé el bulto en el suelo. El duque bajó un poco los humos y se quedó diciendo que tenía lumbago. Lo encontré notablemente envejecido” (p.238). Después Vicent aclara que la maleta apenas pesaba, pero el daño, me temo, ya estaba hecho, y la herida del biógrafo, apenas rasguño, tiene difícil gestión.

Un gesto, como este, registrado así, pretende ser solo un retrato instantáneo, una caricatura improvisada del personaje, en el que, de un plumazo, el biógrafo descalifica al biografiado. No es la primera ni será la última vez que ocurra esto en el libro. A partir de determinado momento, que coincide con el ascenso meteórico de Aguirre en la política y en la vida social y el consiguiente alejamiento de los que habían sido sus amigos hasta entonces, Vicent no consigna ni un sólo dato o acción positiva de su personaje. Hacía más o menos una década que, con el rey Juan Carlos de testigo, Aguirre había nombrado a Vicent, en bromas, en serio, su biógrafo, y este a lo que parece aceptó. Es el momento del arranque espectacular del libro.

Hay biógrafos que piensan, que es mejor no conocer personalmente al biografiado. Si nos atenemos a este y otros casos, tal vez no les falte razón, pues es difícil evitar que en el trato personal no se produzcan roces o desconfianzas mutuas. Es verdad que hay excepciones, y que Boswell, por ejemplo, después de tratar casi a diario durante 20 años al Dr. Johnson, lo admiraba incluso más. Por eso es un modelo de biografía y un clásico del género. No es este el caso que nos ocupa, pues en el balance final sólo vemos el perfil negativo del personaje. Este es, a mi juicio, el mayor defecto del libro. Incluso un personaje tan criticado y controvertido, tan intrigante y viscoso como Aguirre, merecía algo más de análisis y de documentación que la sistemática parcialidad y simplificación con la que es tratado por Vicent. En definitiva, esta biografía carece de falta de comprensión, ponderación y, por qué no, de piedad con el personaje.

 

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