La máquina, de Manuel Mellado Torres

Por fin había llegado el ansiado «week end». De acuerdo al convenio establecido en aquél rubro productivo, tenía dos días de vacaciones ganados a pulso –un día más que el resto de los sectores que trabajaban para el gobierno–. Dos días en que me libraría de la aburrida obligación de seguir pensando sin descanso.
Cada vez me era más difícil soportar ese maldito trabajo; aunque podía considerarme afortunado por tenerlo, toda vez que, en los últimos años, prácticamente había desaparecido mi anterior profesión de novelista.

Mi labor diaria consistía en componer escenas eróticas en mi mente. Las secuencias así elaboradas, me eran extraídas por una máquina a la que me mantenía conectado durante diez horas diarias, a través de un casco del que emergían un sinnúmero de cables y electrodos; diez horas encerrado en un cubículo acristalado, adosado a una hilera de habitáculos iguales, ocupados por el resto de miembros de la “Brigada de Generación de Visiones”. Lo que peor llevaba es que durante toda la jornada, las paredes transparentes permitían a los gestores del servicio observarnos desde fuera, como si de monos de feria se tratase.
Por suerte, durante la jornada podía alternar períodos en que permanecía tumbado, con otros en que la cama podía reclinarse y mantenerme sentado. Igualmente, se me permitía dar pequeños paseos, pero necesariamente cortos, dada la molestia ocasionada por la obligatoriedad de que el casco adosado a mi cabeza había de mantenerse con el mínimo movimiento posible. Menos mal que, durante el tiempo en que permanecía sentado, el dichoso casco y la posición no me impedían mover los brazos y piernas para ejercitarlos. En algunos de esos ejercicios, podía hacer uso de unas mancuernas que se hallaban solidarias a la cama y al alcance de mis extremidades, con un imperceptible movimiento.
Automáticamente, aquella máquina generaba una serie de películas transmitidas por la Intranet de aquella ciudad. Cualquier ciudadano, en sus horas de asueto, podía verlas gratuitamente desde su hogar.

Llegué a casa ese viernes por la tarde. Me coloqué los auriculares, me acomodé en el sofá con las piernas sobre la mesa y con una bandeja repleta de pastillas y bebidas alimenticias al costado. El sonido estereofónico se me colaba desde los oídos al interior del cráneo, sin dejar de repetir: “Roll up, roll up, for the magical mistery tour” –era la banda sonora que anunciaba el comienzo de la próxima proyección–. Delante de mí apareció una pantalla virtual, con una ilusión erótica fabricada en la empresa donde trabajaba.
Para cuando terminó la serie de varias historias encadenadas, habían pasado más de cuarenta y ocho horas y hube de levantarme para incorporarme de nuevo a mi tediosa actividad profesional, durante otros cinco interminables días.

Manuel Mellado Torres

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