La narrativa de José Luis Sampedro

F. MORALES LOMAS

Quizá sean la estulticia y la brutalidad los escenarios humanos que más le han conmovido a José Luis Sampedro, y junto a ellos la alegoría con sus puertas, objeto de vida y pálpito de una transitoriedad necesaria.

Dieciséis obras narrativas que estremecen y emocionan, un mundo novelesco coherente en el que el amor, la vitalidad, la comunicación, la solidaridad y los grandes principios que han forjado nuestra creencia en esa bonhomía o maldad del ser humano han estado presentes. Dieciséis perspectivas, dieciséis mundos desde Congreso de Estocolmo (1952) hasta Cuarteto para un solista (2011) con Olga Lucas.

La visión humorística y crítica llega desde esa obra inaugural pero también la percepción de la naturaleza como espacio no resuelto y como sabiduría y vitalidad conquistada que corre pareja al amor del personaje y sus ansias de vivir.

Siempre ha dicho José Luis Sampedro que su narrativa es el viaje hacia sí mismo. Un viaje que, en el guilleniano El río que nos lleva, precisa de esa relación de lo individual y lo colectivo. Paisaje de los madereros en el torno de los mundos propios e imaginarios de Paula y Shannon, en una soledad bipolar de naturaleza y cultura.

Considerado como escritor furtivo, desde una supuesta marginalidad construye una obra acopiada por lo auténtico, como sucede en Octubre, octubre (acaso su obra más ambiciosa), magma babélico de indagaciones, reflexiones certeras y suculentas vidas que van y vienen en un ciclo arácnido, como en esa malla alambicada de la existencia, donde el collage se organiza sobre las esencias de la enumeración desequilibrada y la alternancia o la oposición de motivos, o la morosidad de la teoría del conocimiento propuesta y esta toma de conciencia personal, de lucidez en el espeso paisaje del recuerdo de una formularia y falsaria educación, siempre superada por el descubrimiento de la realidad. Una novela también ávida de sí misma, de perspectiva y de reflexiones sobre la creación, como en tantas otras obras suyas.

El mundo de Sampedro está como “fronterado”.  Con palabras se construyen las puertas y ventanas de la literatura, como en La sonrisa etrusca, y ese símbolo de la mueca de los esposos que connota la existencia dual del protagonista entre el pasado y el presente, la memoria y la actualidad, lo agrario y lo urbano…, y donde la novela crece sobre el filo mismo de la realidad y la ficción mientras Salvatore reconstruye su enigmático mundo.

Aranjuez y El Real Sitio fue decisivo para su vida y por eso ha permanecido siempre en el corazón de su novela, a través de los sucesos yuxtapuestos de un pasado que aspira a ser futuro concedido, porque la humanidad avanza en espiral o en círculos concéntricos, como dijo en su discurso académico.

Y La vieja sirena, adicción a lo fronterizo, paisaje histórico de una Alejandría que quiere ser descubierta por esa amante de Ahram y Krito. Una civilización de fronteras, no sólo fronteras espaciales sino temporales. Pero fronteras para ser franqueadas, trascendidas, invitaciones a la posesión

Y al final siempre la dignidad del hombre, el dar sentido humano a cuanto le sobreviene. Ésa es la obra y éste el hombre: José Luis Sampedro.

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