La poesía contemporánea: ISMOS, ENCIAS, por Francisco Fortuny

Los inicios del siglo nos saturaron de “ismos”: desde el Modernismo hasta el Postismo, pasando por el Futurismo, el Ultraísmo, el Surrealismo y demás Vanguardismos, además de algún otro ismo antivanguardista que no pudo zafarse de aquella tan vigésima proclividad al ismismo.

Nuestro reciente final de siglo y de milenio pareció haber querido ser lo contrario del principio: pareció estar queriendo mostrar su diversidad literaria por medio de otro más productivo sufijo, de origen coloquial. Acaso sea sólo un Espejismo o una mera Apariencia, pero lo cierto es que tan sólo en una sola década se acuñaron dos términos famosos en los que dicho sufijo aparece. Primero fue la Poesía de la Experiencia. Un movimiento o escuela literaria que, rescatando a los poetas de la experiencia de la generación de los 50 como modelos a imitar o perseguir de cerca, usó desde Granada la machadiana reivindicación de una “Nueva Sentimentalidad” para referirse a una manera no amanerada y por lo tanto no manierista de hacer una poesía que versara sobre la cotidianeidad de la vida, a la manera de la clásica tradición (de la tradición clásica no manierista, se entiende).

Francisco Fortuny

Francisco Fortuny

Estos planteamientos, que nada tienen en sí mismos de malos y que de hecho resultaron sanos y recomendables en aquellos años en los que un exceso de culturalismo neovanguardista había construido una “pesadilla estética” de signo opuesto a la que habían producido los excesos de la experiencia de los 50, empezaron a reconstruir la pesadilla estética primitiva cuando, después de una larga década de éxitos, empezaron a aparecer tantos neopoetas de la neoexperiencia que su neomayoría eclipsó a manera de un sol de justicia a otras posibles “encias” alternativas que por entonces parecían estar en la luna (aunque no necesariamente en la de Valencia). Fue entonces cuando toda una serie de poetas diferentes se juntaron para fundar una poesía alternativa: la Poesía de la Diferencia.

Como se habrá podido observar, el tema de las pesadillas estéticas es viejo: es anterior incluso a los ismos de principios del siglo pasado. La expresión la acuñó Machado motivado por el prolífico anquilosamiento a que había llegado la poesía del realismo decimonónico, hija del prosaismo poético campoamoriano, y la consecuente reacción que contra ella representaron Modernismo y 98; pero la usó Vázquez Montalbán en la antología de los novísimos (casi un ismo) de Castellet para decir de la poesía del 50 lo mismo que Machado de la decimonónica.

La Poesía de la Diferencia aparece en el momento en que la Poesía de la Experiencia se ha constituido pesadilla estética hasta tal punto que los propios poetas de la experiencia, o quizá debería decir sólo los mejores, curiosamente los que más contribuyeron a recrearla y convertirla en tendencia hegemónica, comienzan a manifestar en su poesía los síntomas del cambio, o al menos de su voluntad.

Pero lo más curioso de todo esto es que, al menos para mí, la diferencia entre la Diferencia y la Experiencia es algo que no resiste la experiencia.

O dicho de otra manera, que la manera de hacer poesía de la Experiencia y la Diferencia no es lo que las diferencia, sino más bien tan sólo el hecho de no ser la misma escuela o colegio, esto es, el de no ser colegas sus poetas.

Porque tanto entre los poetas de un colegio u otro se da el caso de que hay de hecho poetas mejores y peores, e incluso yo me atrevería a decir que en ambas escuelas poéticas hay colegiados que hacen buena poesía y otros que la hacen mala.

Es más: entre los no colegiados en colegio alguno también se da el mismo portento: unos somos mejores y otros peores.

Lo que es triste de todo esto es que se estén utilizando criterios extraliterarios relativos al color del coleguismo (o habría que decir la “coleguencia”) del poeta en cuestión para juzgar, no al poeta, sino a sus textos literarios.

Algún día, si tuviera tiempo y espacio y ganas, cogería a dos de los más significados colegiados de los colegios enemigos y demostraría, verso a verso y poema a poema, que las diferencias son sólo de gusto. Y cuando se habla de gusto se habla de arbitrariedades personales radicadas en manías aún más personales que sólo hallan explicación si acudimos al arbitrario recurso del psiconálisis. Sobre gustos sí hay mucho escrito, pero todo lo que se haya escrito y se escriba a tal respecto es arbitrario, y retaría a un ejército de sabios a que explicara qué es de mejor gusto: el fútbol o los toros, los jeans o las corbatas, las charcas de los cerdos de Epicuro o un rato de apacible wind-surfing por el Leman. A mí, v. gr., me gustan las mujeres y es obvio que no todo el mundo tiene ese gusto.

Yo sé -por experiencia- que al final lo que el sentido común y los caprichos del tiempo salvan del olvido dista mucho de tener que ver con los gustos poéticos de los autores. No: la caprichosa ley que salva del olvido una obra literaria tiene que ver más bien con el grado de acierto con que los componentes de sus textos han sido ensamblados, tiene que ver con la armonía entre signos y también entre significantes y significados, entre formas y fondos; con el grado de inteligencia creadora, de ingenio e imaginación con que los obstáculos y embarazos que toda materia textual opone al escritor hayan sido salvados y resueltos por éste. Y todos sabemos, o deberíamos saber, que ese grado es independiente de la escuela de la cual sea colega el autor de nuestros rápidos juicios.

En cualquier caso haría falta una tercera tendencia que se añadiera a la iniciada lista de “encias”. Hace falta una Poesía de la Independencia, escuela que debería dar cobijo a los colegas que no se colegian, pero que quieren participar en esta guerra de la independencia, que más que guerra es sólo una pendencia, lo que me da lugar a la solicitación del nacimiento de una nueva escuela, la Poesía de la Pendencia, en donde podían pender y ondear todo los pendones pendientes de colocación, pero también pienso ahora que sería necesaria una Poesía de la Dependencia por si se diera el caso de que algún poeta sufriera el mono de no depender de la sociedad de la que era dependiente cuando a ésta le iban bien los negocios, y, más todavía, una Poesía de la Incoherencia para aquellos poetas que todavía defienden el sinsentido en literatura, una Poesía de la Concupiscencia para los poetas de erotismo monotemático, una Poesía de la Conciencia para poetas moralistas, una Poesía de la Convalecencia para los poetas que se recuperen de esta guerra de la independencia, una Poesía de la Paciencia para los poetas a los que les cueste aguantar semejantes cotarros, una poesía de la Indiferencia para todos aquellos a los que les dé igual todo esto y una Poesía de la Valencia para los poetas nacidos en Castellón de la Plana, Valencia y Alicante.

Finalmente, una Poesía de la Inteligencia -creadora- a la que me apunto yo. ¿Alguien se apunta?

Francisco Fortuny, escritor y doctor en Filología

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