La propiedad intelectual en nuestros días

Acaba de tener lugar en Barcelona el Foro Europeo de Industrias Culturales, con motivo de la presidencia española de la Unión Europea; una cumbre en la que se han presentado las líneas estratégicas del Libro verde sobre las industrias culturales y creativas para los próximos diez años en Europa.
A la vez ha tenido lugar una contracumbre disponible on-line en streaming veinticuatro horas al día, que propone una revisión de la forma de hacer negocio con los bienes culturales y cuyas dos exigencias principales son la retirada de la disposición final del anteproyecto de la Ley de Economía Sostenible, que acelera el cierre de webs que ofrezcan la descarga de contenidos protegidos por considerar que vulnera derechos fundamentales de las personas, y la petición de una reforma de la Ley de Propiedad Intelectual que implique el cambio del actual sistema de gestión de los derechos de autor.
La simultaneidad de ambos eventos es una muestra más del conflicto cada vez más radical entre el copyright y el uso de las tecnologías digitales que pone en cuestión el modelo de propiedad intelectual basado en la protección de las copias de una obra. El último episodio del mismo es el anuncio de Michael Lynton, director de Sony Entertainment, de que España puede ser tras Corea del Sur el segundo país del mundo vetado por las grandes distribuidoras de DVD debido a la gran caída de ventas en nuestro país.
Pero el hecho es que a lo largo de la historia el desarrollo tecnológico ha obligado a revisar los marcos legales vigentes porque la realidad ha convertido algunas normas en obsoletas. Un ejemplo muy ilustrativo lo encontramos en la ley que regulaba la propiedad de la tierra en EEUU, que incluía derechos sobre el cielo por encima de la misma; el desarrollo de la aviación civil obligó a revisar la norma eliminando el derecho de los propietarios de la tierra a exigir permiso para sobrevolar su propiedad. Lo cuenta Lawrence Lessig, uno de los mayores expertos en derecho informático, que explica con claridad cuál es la raíz del problema, y qué posibles soluciones se abren ante los agentes implicados en él.
Propone un modelo alternativo que permita conciliar los derechos de los creadores y los autores, los derechos de los ciudadanos y los intereses de la industria, en el que separa claramente a quienes se dedican a distribuir contenidos generados por otros sin el permiso de sus autores, de quienes utilizan obras ajenas para remezclarlas, crear algo diferente, decir algo distinto.
Mirando al siglo XX parte de un hecho: nunca antes en la historia de la cultura esta había estado tan concentrada, tan dirigida, tan profesionalizada; la caracteriza como una cultura de sólo-lectura, en cuanto que la mayoría de las personas se han limitado a consumirla y no han participado de su creación y recreación. Lessig presenta este hecho como una transformación histórica de una cultura de lectura-escritura a otra de solo-lectura, y para ilustrar la primera pone como ejemplo lo que hacen los jóvenes en la actualidad cuando oyen música y la mezclan y la remezclan con medios digitales creando algo diferente. Algo que, por cierto, ha estado al alcance de los estudios de grabación y edición desde hace cincuenta años; la gran diferencia es que ahora lo puede hacer cualquier persona con un ordenador doméstico.
No es Lessig el único que nos brinda esta perspectiva mirando al pasado; también José Juan Hernández Cabrera, nos recuerda que desde finales del siglo XVIII, y con la justificación de estimular la creación de bienes socialmente útiles, los estados han reconocido derechos que protegen las creaciones intelectuales; pero hasta entonces el conocimiento era libre.

Muy interesante resulta el relato que hace Lessig de la aparición de la BMI, frente al monopolio que ASCAP ejercía en la difusión de las obras musicales en Estados Unidos. En 1939 un abogado decidió acabar con él creando una organización, la citada BMI, que ofrecía un repertorio musical más democrático, en el que incluía obras de dominio público que eran arregladas y ofrecidas gratuitamente. Las emisoras optaron mayoritariamente por pasarse a la BMI debido a la subida de tasas de ASCAP, ante lo que esta respondió que no le preocupaba, que el público se rebelaría: entre la mejor música que ellos ofrecían y las obras de dominio público de la BMI la preferencia sería obvia. Nadie se rebeló y ASCAP quebró en 1941; la competencia fue suficiente para acabar con un cártel legal que controlaba el acceso a la música.

Lo que Internet está consiguiendo es proporcionarnos la oportunidad de recuperar la cultura de la lectura-escritura, en la que la mayoría de las personas podemos participar como de hecho está ocurriendo en nuestros días, como yo mismo estoy haciendo con este artículo que usted está leyendo ahora mismo. Por supuesto que esto abre la posibilidad a que cualquiera pueda hacer cualquier aportación carente de valor -de hecho no le presupongo valor alguno a este escrito, eso lo decidirá usted- pero en la red sólo tiene seguimiento lo que despierta interés. Y aquí está la clave: cada vez son más las personas que están dispuestas a crear contenidos interesantes sin esperar una recompensa económica, simplemente por el placer de hacerlo. Que al no pertenecer a ningún medio pueden ser más independientes.

Pero expongamos ya con las palabras de Lessig el conflicto anunciado al principio.

El choque entre la ley de derecho de autor y el uso de las tecnologías digitales está produciendo como resultado la presunción de que estas nuevas formas de creatividad digital y el intercambio de archivos son una actividad ilegal.

La ley que regula el derecho de autor descansa sobre la base de la protección de las copias de una obra; pero cada vez que usamos la tecnología digital estamos utilizando copias y produciendo copias.

Cada vez que utilizamos medios digitales para reutilizar y remezclar copias de obras estamos atentando por tanto contra el derecho de autor; y como este hecho está en la naturaleza de la actividad digital nos encontramos con un dilema ante el que la industria cultural y los consumidores tienen que encontrar un punto de encuentro. Desde luego la citada presunción de culpabilidad encuentra cumplida respuesta, entre otras, en la reciente sentencia que defiende la legalidad del intercambio de archivos en España y condena a la SGAE a pagar las costas procesales, que es considerada histórica por la amplitud de su contenido. Y la sociedad civil también reacciona; la campaña de FACUA si es legal, ES LEGAL defiende que:

El Ministerio de Cultura viene desarrollando una política de criminalización de los usuarios al dictado de las entidades de gestión de derechos de autores y editores y las multinacionales que dominan la industria cultural.

El intercambio no lucrativo de obras culturales ha sido siempre una práctica social y moralmente aceptada.

Pero quizás más grave que la batalla legal sea el absoluto desprecio por los derechos de autor que se extiende entre los jóvenes, y cada vez más entre los no tan jóvenes. Ante este hecho irreversible, y pensando no sólo en las empresas y los negocios sino también en las personas, Lessig propone una vía de salida que implica por un lado la aceptación por parte de los creadores y los artistas de que su trabajo esté disponible de manera más libre, siendo gratuito para fines no comerciales. Y por otro lado que las empresas que están capitalizando la construcción de la cultura de lectura-escritura -Youtube es el ejemplo paradigmático- acojan estos contenidos de acceso libre en una plataforma neutral de manera que coexistan con los que no sean libres. Así le daríamos la oportunidad a la creatividad de crecer en esta competencia.
Como es natural la posición de los creadores será clave para la viabilidad de esta propuesta.

Para terminar un apunte personal; la experiencia de ver una película en un sala de cine me parece incomparable con la emisión o reproducción por televisión, por ello voy al cine siempre que puedo; los conciertos y las obras de teatro en una sala me parecen insustituibles como espectador, y asisto a ellos cada vez que tengo la oportunidad; compro películas y discos hasta donde me permite mi presupuesto, y hay opciones francamente asequibles a cualquier bolsillo.  Y por supuesto compro libros. Es decir, en casa invertimos una parte importante de nuestro presupuesto en cultura. Y por ello desde mi labor docente trato de inculcar la necesidad de respetar las creaciones de los artistas; tienen el derecho a ganarse la vida con su trabajo y los demás tenemos el derecho a disfrutar con él. Y al mismo tiempo tenemos el derecho de rechazar la criminalización de los usuarios  de Internet en aras de los beneficios de la industria cultural tal y como está concebida actualmente.
Disfruten con la cultura.


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