La silla de Suso de Marcos, por Antonio Abad

Toda palabra es del aire. El aire tiene alas. Sentado en una silla Suso de Marcos se ha puesto a esperar a que caiga del cielo un buen montón de ellas (las de un poema, por ejemplo Hierro y acero de Manuel Alcántara). Luego las ha ido recogiendo una a una, letra a letra, como si fueran gotas de una lluvia de su Galicia ancestral.

Cada eco de sus voces, cada estigma de silencio o sonido que iba recibiendo, las ha vuelto a colgar (eso sí, fundidas ahora en la dureza de otro acero) de no se sabe qué círculo, qué dosel o cubierta de un espacio mineral que arriba hay. Todo como si se alzara o pendiera en el abismo de este particular glosario (caligráfico) un panal de exquisitos fonemas, un chaparrón de una grácil grafía imbatible a los vientos, firme, sin ruido, como si su denodado impulso por significar y significarse fuera algo que el propio Suso de Marcos (solo él) supiera. Las letras, entonces, comenzaron a pender de un hilo igual que cualquier vida.

Lo curioso es que en la silla que vemos, además de Suso de Marcos (su mano), hay otra silla. Nada invita a sentarnos en ella que no sea nuestra propia mirada de espectador (perplejo) que acaba por disimular algún torpe cansancio. Lo suyo sería acomodarse plácidamente en tal hábil ofrecimiento.

Pongamos que decidimos eso. Sentarnos como él. Darle todo el sentido a semejante asiento, ya que toda silla debe cumplir dicha funcionalidad.

Pero la realidad es una suerte de espacio ambiguo y polivalente. Eso lo sabe muy bien Suso de Marcos. Por eso esta silla no es una silla, y menos son dos sillas. Qué es, se me dirá.

— Puede que otra silla ­­—contesto.

—¿Entonces, la palabra, el poema, qué hay de ellos?

Los hombres escribimos en el /aire/.

 

 

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