La voz de mi cambija: BELLEZA

 

Por CRISTHINE FÉLIX

A veces pasear entre los despojos de la cultura es un ejercicio vital. Una estatua, un cuadro, una imagen o una melodía son capaces de iluminar los lugares más ocultos de nuestro ser donde habitan  los conceptos que acumulamos tras años de experiencia y reflexión. En este caso, Vivian Gornik relata el deseo de traspasar el concepto de belleza, porque más allá de la belleza se encuentra el anhelo de comunicación y la constatación de que un hilo invisible, más allá de las palabras, nos une a los primeros seres vivos que se conmovieron ante lo innombrable:

BELLEZA

Deambulando sin rumbo por el Metropolitan Museum, voy a parar a la sección egipcia. Es época de vacaciones -¿qué demonios me ha empujado a venir aquí hoy?- y el museo está plagado de turistas: cada vecina está rodeada de hombres, mujeres y niños armados con esas terribles cápsulas de cultura grabada en cintas cuyos auriculares emiten un sonido siniestro a los que se encuentran a menos de tres metros de ellos. En este momento odio la democracia.

Pero entonces las hordas se marchan y me encuentro frente a una pequeña estatua de madera recubierta de pan de oro, con los ojos perfilados de koh. Es la imagen de una joven diosa,  (se llama Serket) cuya labor era proteger los intestinos que habían sido extraídos del cuerpo momificado de Tutankamón y colocados en un pequeño ataúd dorado hecho a su imagen. La diosa es increíblemente hermosa; sus pechos, sus hombros y su estómago son curvas de ternura esculpida.  Está de pie y tiene los brazos delgados extendidos,  como si conjurara la oscuridad en la que Tutankamón está entrando para dejar que la pureza de espíritu de su fragilidad humana interceda por él. De un modo que no espero,  me conmueve tan profundamente que el ruido a mi alrededor se desvanece y en el repentino silencio siento que las lágrimas salen a raudales no de mis ojos, sino de un lugar mucho más hondo en mi interior.

Aunque estoy a solas con la diosa, y no hay nadie a quien pueda decirle nada, siento que no tengo palabras: soy incapaz de encontrar las palabras para describir la sobrecogedora emoción que este pequeño pedazo de madera y pan de oro ha despertado en mí.  Una terrible melancolía me abate. De nuevo, como me ha ocurrido con frecuencia a intervalos irregulares durante toda mi vida consciente, tengo esa inquietante sensación de que un lenguaje enterrado a mucha profundidad me recorre los brazos, las piernas, el pecho, la garganta. Si lograra que llegase al cerebro, tal vez podría empezar la conversación que tengo pendiente conmigo mismo misma.

 

Vivian Gornick:  La mujer singular y la ciudad. Traducción de Raquel Vicedo

Editorial Sexto Piso, Madrid, 2018. Páginas 111-112

Grupo Literario Las tardes de Atenea

Etiquetas: , ,

Haga un comentario

*