Las Misiones Pedagógicas, por Antonio Orihuela

La educación se puede entender como un derecho constitucional, como un negocio o sencillamente, como un estorbo, que es la consideración que tenía para el ministro Bravo Murillo quien, a mediados del siglo XIX, fue un activo represor de la educación popular, cerrando toda escuela libre que los obreros conseguían establecer porque, según él, “en España no necesitamos hombres capaces de pensar, sino bestias de trabajo.” Escuchando estos días al ministro Wert hablar de que el Estado no se puede permitir el lujo de invertir en estudiantes malos o que los que no encuentren trabajo que emigren, podemos estar seguros de que Bravo Murillo estaría satisfecho con su predecesor.

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Las Misiones Pedagógicas se pueden ver como el máximo exponente de la actividad revolucionaria de nuestros intelectuales de la Edad de Plata de la cultura española, o bien como parte del programa político republicano que aquí se materializa en la pretensión por llevar el imaginario cultural de la burguesía  (la poesía, el teatro y la pintura del Siglo de Oro) y las tecnologías de la cultura urbana de consumo espectacular (museo, teatro, cine, gramófono) a zonas todavía insertas en dinámicas propias del Antiguo Régimen que había que redimir para el capitalismo.

En pueblos donde la gente aún utiliza el arado romano ellos llevaran documentales sobre las fábricas Ford y allí donde se iluminan con candiles, enseñan cómo se construyen las presas hidroeléctricas que iluminan las ciudades. Es la fe en el nuevo régimen político lo que llevan a los pueblos los misioneros republicanos, y como todo misionero, su labor es que el pueblo crea en el mensaje, aunque lo que anuncia ese mensaje de progreso material aún quede lejos y poco más que las imágenes fantasmales del cinematógrafo puedan argüir como pruebas los nuevos misioneros del progreso.

Sin embargo, frente al  optimismo en el mundo futuro, dominando por la producción en cadena y las tecnologías, ni el krausista ministro de Instrucción Pública ni los cuadros de la intelectualidad orgánica republicana son capaces de pensar o mostrar un arte y una cultura igualmente de vanguardia. Al contrario, defienden como propia la del Siglo de Oro, paradójicamente asentada en los mismos modelos socioeconómicos del Antiguo Régimen que critican, dando lugar a una cultura neopopulista dominada por el romancero, las músicas populares, tradicionales o cultas, y el teatro de Calderón. Estamos, en fin, ante un conglomerado que remite a una estética españolista, tradicionalista, católica y rural, defendida también por otros proyectos republicanos como La Barraca de García Lorca, que será asumida sin grandes conflictos por el fascismo español como propia.

Lo mismo puede decirse del que se sigue rememorando como buque insignia de intelectualidad española republicana: La Institución Libre de Enseñanza, pues, por más que se trate de ocultar, es necesario reconocer que buena parte de los intelectuales y artistas que se terminaron acomodando al régimen franquista habían tomado parte muy activa en el impulso creativo que, sostenido por medios gubernamentales, se había conseguido imprimir a la cultura española durante los años treinta. Es el fascista Ernesto Giménez Caballero quien primero hablará de Edad de Plata de la cultura española para este periodo, y esto en los años más duros de la dictadura franquista que, como sabemos, fue la encargada de demolerla. En el Noticiario de Cineclub, creado en 1930 por el propio Giménez Caballero podemos ver a muchos de esos jóvenes intelectuales reflexionando sobre la crisis de la creación sobre un tejado de la Residencia, tal vez porque todos tenían muy bien asentados los pies en la tierra.

El film de Buñuel, Tierra sin pan, rodado en 1933, se construye como un alegato radical contra el fracasado e inoperante reformismo republicano. Con sustanciales variaciones, el film es sonorizado tres años después para ser estrenado de nuevo en París dentro del programa propagandístico del gobierno de la República para recabar apoyos a la causa del gobierno legítimo contra el golpe militar fascista. La película, a pesar de no haber sido estrenada jamás comercialmente en España, influyó decisivamente en el devenir hurdano hasta el punto que desde 1940, año en el que el régimen franquista inicia allí una importante programa de reformas para mejorar la vida de la población en esta zona, ningún gobierno de los habido en España desde entonces ha dejado de invertir y llevar a cabo proyectos allí.

Fragmento del libro PALABRAS RAPTADAS. Ed. Amargord. Madrid, 2013

Antonio Orihuela, escritor y doctor en Historia

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