Las razones del algua en la pintura de MC. Bujalance, por Antonio Abad

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La mirada hacia el agua, dada su riqueza en metáforas y símbolos, y por su valor incuestionable relacionado con la vida, se ha erigido desde las más diversas concepciones culturales y estéticas en un tema fundamental para muchos pintores. De hecho, decía Leonardo da Vinci, “el agua es al mundo lo que la sangre al cuerpo”, e incluso su condición simbólica en torno a lo divino ha desempeñado un considerable papel metafórico. Es el principio de todas las cosas como señalaba Tales de Mileto. Y siendo punto de partida de todo lo vivo: la vida que es la imitación de un principio trascendente; el arte aunque no sea imitación de la vida (Artaud), es quien nos vuelve a poner en comunicación con ella. De ahí que el agua, dentro del amplio repertorio de las intenciones artísticas de todos los tiempos, siempre haya estado presente en cualquier iniciativa pictórica.

Es el caso de MC. Bujalance. Para ella, como en David Hockney o Carlos Alcolea, la piscina es su recurrente en la mayoría de sus cuadros, aunque alejada de las síntesis textuales del pop de estos artistas y más bien apuntando a un cierto expresionismo.

Se trata (el suyo) de un “territorio” donde el río, la fuente o el mar no están. Solo el agua. Un agua recluida, acotada en su geométrico espacio de hormigón y gresite. En estos receptáculos de carácter público o privado el agua es otra.  Queremos decir que el líquido quido elemento ees una especie de líquido amniótico en donde la artista puede desvelar y descubrir su particular iconicidad humana. La figura del nadador vertebrará, por tanto, el argumento de esta plástica bajo unas resoluciones en donde el movimiento, la fluidez o los juegos de luz irán construyendo toda una sugerente yuxtaposición de veladuras y pinceladas nerviosas para penetrar en aquello que hay más allá de lo indescifrable.

La pintora, en este caso, –lejos de la expresión coloquial– se tira a la piscina pincel en ristre, y se sumerge junto a los nadadores bajo el agua, buscando lo que quizás no esté, recorriendo (nadando), “nadar es pintar”, los muchos azules, los convulsivos blancos, los verdes, los deformados cuerpos que bajo el agua se ocultan (el otro lado del espejo) después de la zambullida.

El cuadro de este modo hace agua por todas partes. Todo será agua allí donde el pigmento se rinde a una expresión bien calculada de sinuosos gestos y atrevidos cromatismos. El nadador vuelve a diluirse ante el empuje de sus brazos en formas no definidas, sin límites, como si lo sublime tuviera también su alojo en lo deforme o en la indefinición de su cuerpo.

La piscina permite esta poética. Mc Bujalance lo sabe. La imagen simbólica del agua en movimiento y el sentido de la ocultación de todo nadador crean un espacio lleno de sugerencias estilísticas tan manifiestamente palpable a lo largo de su obra.

 

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