Los economistas, en el banquillo de los acusados

Posiblemente, la definición de economista que ha logrado alcanzar cotas más altas de popularidad es la que lo identifica, con habituales dosis de regocijo, con un especialista en explicar hoy por qué no ha ocurrido lo que él mismo había pronosticado ayer. Es una especie de sambenito con el que, merecida o inmerecidamente, todo economista tiene que acostumbrarse a convivir.

Ya antes de la reciente crisis económica y financiera internacional eran frecuentes las descalificaciones provenientes de los intelectuales más diversos. Así, recuerdo, cómo, no hace muchos años, un escritor de la talla de Juan José Millás ridiculizaba a los economistas por su incapacidad para predecir el rumbo de los mercados bursátiles. A este respecto, cabe recordar la célebre leyenda del mono utilizado por los analistas de Wall Street para seleccionar, mediante el lanzamiento de dardos a un tablero con los nombres de las compañías, las inversiones a recomendar, con bastante más acierto que los sesudos asesores financieros. En no pocas ocasiones, se revela que los “fundamentales” (datos o factores básicos) de las sociedades son ignorados por los movimientos de las cotizaciones, que obedecen a circunstancias muy diversas. A raíz del desencadenamiento de la crisis, se ha levantado la veda contra los economistas, ya sin ningún tipo de contemplaciones.

Es posible que los economistas se hayan ganado a pulso esa peculiar fama. No obstante, sin pretender erradicar una opinión tan ampliamente extendida, parece conveniente, aunque sólo sea como elemento de reflexión, exponer algunas consideraciones. De entrada, el fracaso en vaticinar el curso de los acontecimientos futuros no parece que sea monopolio de los economistas. La lista de fiascos ajenos a éstos puede ser bastante larga. Baste mencionar, a título de ejemplo, pronósticos como la posible desaparición de la radio como consecuencia de la irrupción de nuevas tecnologías, el del cataclismo informático asociado al año 2000, los de grandes producciones cinematográficas que estaban llamadas a arrasar y que acabaron en situación ruinosa o, más recientemente, el de la incidencia de la “gripe A”.

En algunos de estos episodios puede aducirse la complejidad de las previsiones debido a la incidencia de muchos factores. Sin pretender solicitar el indulto para los economistas, también debe tenerse presente lo arduo de la tarea de predecir una realidad económica en la que continuamente millones de individuos y empresas toman decisiones de manera independiente y alteran su comportamiento.

Esa dificultad intrínseca se acrecienta en una época de globalización, sujeta a cambios permanentes, y, aun más, en una fase como la actual, de transición económica, afectada por múltiples incertidumbres. Lo anterior no significa que no sean útiles ni necesarios los análisis de prospectiva, siempre que estén bien fundamentados y se basen en el mejor uso de la información disponible en el momento de realizar las previsiones, aunque no haya que olvidar, como sentenció Winston Churchill, que “cuanto más hacia atrás miremos, mayor será el alcance de lo que podemos ver”.

En línea con lo señalado, no es menos cierto que a veces hay algún desenfoque sobre el carácter de la ciencia económica y el papel de los economistas. La Economía no es una ciencia exacta y no se presta a la realización de experimentos en el marco de un laboratorio donde puedan fijarse determinadas condiciones básicas. La argumentación ofrecida por Karl Gustav Cassel, una gran economista sueco del siglo pasado, es particularmente clarificadora: “Lo que el economista puede hacer es examinar hechos presentes y líneas propuestas de acción, y mostrar cómo es probable que influyan el desarrollo de la vida económica. Pero nunca puede hacer una predicción de nuestro futuro independiente de nuestras acciones. Y no podemos perder nunca de vista que el futuro está influenciado por hechos venideros sobre los que no sabemos nada, y cuya predicción, en cualquier caso, no pertenece a la ciencia económica”.

Quizás más relevante que los fallos de las previsiones económicas sea la pretensión de ciertas teorías de emular las ciencias físicas, intentando negar o ignorar el carácter social de la Economía. Algunos enfoques, empecinados en distanciarse de una realidad imperfecta y sumamente compleja, bajo una envoltura aparente de ciencia pura, se han sustentado en una fe ciega en la existencia de agentes ultrarracionales y plenamente informados operando en mercados eficientes e infalibles. La situación económica ha provocado la ruptura del paradigma dominante en los últimos años, evidenciando, una vez más, que los fallos del mercado pueden llevar a crisis duraderas.

En este contexto, no deja de ser significativo que algunas de las críticas más feroces a la Economía provienen de dentro de la profesión. Así, Paul Krugman ha cuestionado claramente el papel de algunas de las proposiciones económicas contemporáneas. Según el Premio Nobel estadounidense, la mayor parte de los trabajos en macroeconomía de los últimos treinta años ha sido inútil, en el mejor de los casos, y perjudicial, en el peor.

Asimismo, no deja de ser llamativo el sectarismo doctrinal que ha venido caracterizando a las distintas corrientes de pensamiento económico. No hace mucho, el diario Financial Times ponía de relieve que “los economistas pueden haberse ganado una mala reputación por ver a la gente ordinaria como ceros en una ecuación, pero se tratan entre sí como virus que, de otro modo, serían una pieza útil de software”.

Los economistas tienen, en consecuencia, una gran tarea por delante para realizar una síntesis de su pensamiento, aprovechando lo que de útil existe en cada planteamiento. Sin embargo, no serían los únicos que tendrían que aceptar el sarcasmo de Mark Twain cuando advertía de que “el arte de la profecía es muy difícil, especialmente con respecto al futuro”.

José M. Domínguez Martínez

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, con  fecha 24 de marzo de 2010).

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1 respuesta a "Los economistas, en el banquillo de los acusados"

  • msvicioso says:
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