Magia, por Antonio Soler

Ayer, en Málaga, 52 inmigrantes subsaharianos fueron puestos en libertad a causa de la falta de plazas en los centros de acogida. Otros 52 seguirán pronto sus pasos ante la petición del Ministerio de Interior a la Cruz Roja de que se haga cargo de ellos. Un verdadera cabalgata. Una peregrinación que llega a nuestra costa dejando un rastro de ahogados que siguen el dudoso fulgor de la estrella europea. No vienen a adorar nuestra presunta riqueza sino huyendo de algo que por suerte desconocemos en su verdadera dimensión. La miseria en estado puro. El oro, el incienso y la mirra que buscan es el de la supervivencia, la oportunidad de vivir. Un trabajo precario, unos años de pobreza y la esperanza de tener en un día remoto un pasaporte con el emblema de la Unión Europea.

Con todo, a los miembros de estas últimas oleadas les ha sonreído la fortuna. Los mandamientos judiciales que en condiciones normales los obligarían a ser retenidos durante uno o dos meses no se cumplirán gracias al overbooking de los centros de acogida. La policía teme el efecto llamada que esta circunstancia pueda causar. La peregrinación orientada hacia nuestras costas, donde aquel que consiga salvar la vida en el viaje podrá adentrarse a sus anchas en suelo occidental y medrar en este incierto paraíso en el que vivimos. Las almas prudentes se empiezan a sobrecoger. La miseria no puede traer nada bueno. Delincuencia, enfermedades, terrorismo. El español es un pueblo que suele demostrar su espíritu solidario ante los desastres. Quizás porque no hace tanto tiempo éramos nosotros quienes cruzábamos las fronteras a pie, huyendo de la represión y la muerte, o, un poco más cerca, con maletas de cartón repletas de chorizos y ropa recosida camino de Alemania o Suiza.

Ahora hemos cambiado los chorizos por un título universitario. Es la nueva versión de la diáspora. Un drama, pero con los bordes limados frente al verdadero drama de quienes se ahogan un poco más allá de donde tomamos los espetos. Para muchos esta noche llegan los reyes magos de Oriente a un portal humilde. La magia ha alcanzado cotas tan altas como para transformar ese acto de recogimiento en un enorme monumento al consumo y a la fiesta, aquí focalizado en la calle Larios. De todos los rincones de la región acuden los peregrinos a ver el espectáculo de luz y sonido. La estrella errante ha ido a posarse sobre una calle comercial escoltada por macetones y policías que recuerdan la precariedad en la que se asienta nuestra tumultuosa existencia. Luz, alegría, caramelos en el aire, camiones asesinos y mártires forrados de explosivos. Mal haríamos en relacionar a los desgraciados de las pateras con los terroristas y entregarnos al populismo ultraconservador que campa por el corazón de Europa, inútilmente empeñado en hacer retroceder las manecillas del reloj de la Historia. Es el momento de una solidaridad menos aparatosa, sin terremotos ni catástrofes naturales. Sin otra plaga que esa que nosotros, o nuestros enviados, hemos creado.

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