Mañana es el fin del mundo, por Juan Gaitán

La Opinión de Málaga, 21.09.2017.

Tal vez usted, que me lee ante su café mañanero, también teme, como yo, que mañana se acabe el mundo, según las últimas previsiones, y está pensando que quizás ese sea el último café, que suena tan triste y tan injusto, y acaso lo está saboreando mejor.

Yo, que soy de natural crédulo, me he asomado muy temprano a la ventana buscando los prometidos caballos y sus pálidos jinetes, pero no he encontrado en el cielo más que un azul en retirada, uno de esos azules de septiembre que suelen generarme una intensa pereza, una inercia hacia la quietud y el amparo del sillón donde me gusta leer.

Es justo reconocer que no deberíamos tener demasiados motivos para la inquietud. El fin del mundo se anuncia a cada poco. Así, a vuela pluma, recuerdo varios que luego se quedaron en nada. Hubo uno en 2003 y otro en 2012, el famoso apocalipsis que predijeron los mayas y que tampoco fue, echando a perder así el consolidado prestigio de infalibilidad de las predicciones de su calendario.

De modo que el fin del mundo previsto para mañana probablemente será otro de esos clamorosos chascos y el sábado discurrirá plácido, como suelen ser habitualmente los sábados, y cuando anochezca miraremos al cielo con un poco de alivio y también con un poco de decepción (debe ser un privilegio ver morir el mundo, nadie, que se sepa, lo ha visto jamás).

A mí, estos anuncios que, con cierta frecuencia, nos llevan mitad a la alarma, mitad a la sonrisa condescendiente, me sirven para hacer un recuento de prioridades, preguntarme qué haría si hoy fuese el último día, apelar al viejo carpe diem, que, como a todos, se me olvida de tanto en tanto.

Si hoy fuese el último día quizás lo invertiría en recordar aquel día bajo la lluvia de Bruselas en que el capitalismo asesinó al amor y corrí hasta al otro extremo de aquel puente de Praga buscando un silencio que se escuchó por todo París, ese día blanco en que compré la sombra hueca de un gato, dejé atrás un jardín de Londres y Berlín fue bello tras la tormenta. Recordaría el tren que llegó tan pronto a la estación sosegada de Amberes, el jersey perdido de una muchacha en un parque de Gante y los cisnes insignes del Moldava, la luz simple de Ajaccio, el color de la lápida de Shakespeare y el dramático cielo de Estocolmo, todo eso que no he olvidado, o que quizás inventé, prudentemente, como quien acopia leña y comida de cara al invierno.

Haga un comentario

*