Mar Llorente

Como una esponja de mar, absorbe, digiere, interioriza, respira a un ritmo apenas perceptible. Inmersa en un proceso “vital” al que le lleva unos sensores indefi nibles que escapan, pasan desapercibidos ante la atenta presencia de monitores fi jados en las cuatro paredes del alma. No hay conexión posible desde una percepción exterior a no ser que la conciencia retorne a esos fantasmagóricos esperpentos recubiertos por la pátina del tiempo. Todo pasa en silencio. Todo está en devenir sorprendentemente velado por la opacidad. Todo es crisálida hasta incluso en los instantes del gusano que va mordisqueando la hoja de morera para depurarse en la creación de un diminuto capullo de seda pura que nos trajo el Oriente tejida en los más bellos paños que adornaron los muros de palacios, de la biblioteca de Samarcanda y que revistieron de esplendor los cuerpos de princesas enjauladas, de reyes y de reinas, de señores de las guerras, de los estandartes de los conquistadores, de senadores atravesando el Pórtico d’Ottavia en sus itinerarios romanos.
El nacimiento del arte es uno de los grandes misterios impenetrables como lo es los origines evolutivos de la vida misma porque de creación o de recreación se trata. Es como el bigbang, cuyo preludio es el subconsciente de los cielos que explosiona y que crea una nueva era cósmica apenas presentida. En cierta ocasión me y nos decía un astrofísico que en donde se detecta con mayor precisión imaginativa el ADN del Creador de los creadores –que, en principio y en hipótesis razonable, somos todos refl ejando su imagen en el espejo- es en el Arte, en la Música y en la Poesía, pero cualquier prueba de laboratorio que lo verifi que resulta imposible. Así pues, la belleza más excelsa quedará para siempre sin explicación hasta el fi nal de los tiempos y de los espacios. Quizás aquí se encuentran las razones para que la creación pictórica brote en los arrabales de los Parques Tecnológicos, en el interior de las cuatro paredes de un estudio, en el constante forcejeo entre el trasfondo del artista y un lienzo desprovisto del mínimo rasguño, contrariamente a otros bienes culturales, con presencia interactiva de tecnologías y de equipos multidisciplinarios, como el cine o los videojuegos.

Detrás de los velos tupidos y de los desvelos diáfanos, la pintura de Mar Llorente está plagada de “poesía concreta” que, multiplicándose sin cesar, ahuyenta la endogamia y acelera la repoblación minuciosa de paisajes bajo el sol naciente, bajo la luna o bajo los eclipses. El más grande cuadro del mundo, y no por su tamaño, arranca del más diminuto sentimiento. No hay arte sin sentido aunque el acceso de la razón quede desprovisto de toda capacidad para percibirlo. Es el misterioso silencio del artista que va trazando las líneas de la expresión ayudado por los colores, los aderezos y la capilaridad que se da entre el lienzo virgen, la piedra bruta o el hierro que descansa en la forja, y ese “mundo interior” al que una mirada solamente le sirve de ventana abierta. Lo filtros indefinidos,
que se van haciendo día a día, son impenetrables. Mar busca y pasa el detector sobre “el espacio donde duermen los pensamientos perdidos, las impresiones mágicas, el espacio vacío”. Su pintura no es pasional y en ella se contrastan los grises y los neutros que se retroalimentan con la complejidad de la acumulación de sensaciones yuxtapuestas. Mar toma posición: “Los románticos pueden llegar a dar forma y sustancia no al infi nito sino al deseo infi nito”. Para ello, se da la mediación mágica que logra sublimar lo conocido en el laberinto de lo indeterminado, del absoluto, del extremo de la nada que poco tiene que ver con el nihilismo y quizá mucho con la dialéctica sartriana. No me produce ninguna reacción sorpresiva que a Mar le transmita energías la lectura de “El monje frente al mar” de Gaspar David Friederich, porque sus creaciones se anclan, a mi limitado entender que se inspira en impactos, en el eterno retorno de los sueños que se superponen a las percepciones adormiladas. Los trances pausados suelen rebelarse y transmutarse en un destello de expresión pictórica o escultórica.
O, incluso, en un objeto trastocado que ilumina la lectura al comienzo de la noche. Si en la evolución de la pintura de Mar predominan los neutros y los grises se debe a una hondas raíces que ha logrado traducir en un grafi smo al que incorpora materiales del entorno que se expresa por sí mismo, disponibles a dar un salto para entrar en la escena defi nida por las fronteras de un cuadro, y así revivir un espacio en tiempo de espera. Analítica e intuitiva, abre las compuertas de las sensaciones: Mondrian, Rothko, Bellini, Giorgione… para reencontrarse con Anselm Kiefer y su ars poetica de la mano de Paul Celan mediante la cual asume
y traduce en su obra pictórica y en sus esculturas de hierro los horrores vividos de una guerra que, para él, no tiene explicación alguna sin el Holocausto.
Y Mar sigue digiriendo, como la misma mar, paisaje subacuáticos en donde descansa el silencio de las profundidades con sus estatuillas griegas y romanas, con sus barcas y galeones, con sus ánforas de barro rebosantes de trigo, vino y salazones, todo ello dando vida a un inimaginable escenario de los real y de lo imaginario para regocijo de millones de habitantes que se mueven como peces de lo desconocido que festejan la incólume belleza del coral blanco, del erizo rojo y de las acariciantes algas que parece cimbrean al plancton de las profundidades.
Belleza incólume que creemos aprehender cuando se manifi esta sobre la superfi cie. Y en realidad, así es el desconcierto en el que nos sumimos. La belleza en quietud aparente del fondo del mar, cuando emerge, sigue siendo belleza pero de otra manera, como la vida misma. ¿Cómo extrañarse si Mar se interesa y expresa en su pintura y en su escultura esa “metamorfosis” vital, al percibirla, también, en Jeff Verheyen o en Anish Kapoor?
El Contemporary Art ha logrado difuminar las fronteras del lenguaje artístico entre Oriente y Occidente, entre el norte y el sur.
Lo que más inquieta, sorprende, impacta en la obra reciente de Mar es el nacimiento de la luz desde la oscuridad de la noche que se rompe al amanecer o que se inicia al anochecer. El color gris, o la neutralidad de los efectos visuales, se integran en el cuadro con los materiales de un entorno casi otoñal cuando los árboles se transforman en bonsáis deshojados, casi disecados para crear el movimiento del lienzo en proceso de revestimiento sin solución de continuidad.
El cuadro se transforma en materia viva. Incluso las pinturas regresan a la tierra para travestirse en relieves que redefinen el dinamismo callado de una naturaleza aparentemente muerta. Nada se destruye en la pintura o en la diáfana concepción de las esculturas de Mar. Todo se transforma para trasladar a luz abierta, o descubierta, la recreación de esas captaciones que solamente es posible con los sensores inaprensibles de la conciencia de a flecha del tiempo y de un espacio. Creo, aunque no estoy del todo seguro, que en esta encrucijada se encuentran los caminos de las profundidades de los que aportan, y saben expresar sus cotos vedados, con la pintura, la escultura, la poesía o la música, como fue el caso –y lo es en Mar– de Turner, Miguel Ángel, Baudelaire o Mozart. A contracorriente, con velas desplegadas, para llegar a Ítaca y regresar, en asombrosa simultaneidad, a los infiernos dantescos para llevar la luz, para extraer
la luz.

Francisco J. Carrillo Montesinos
Académico de número de la Real Academia de B.A. de San Telmo.
Miembro del Consejo Internacional de Museos.

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