Mi última clase, por Salvador Perán

Cuando vi entrar por la puerta del fondo un grupo, difuso en la distancia, pensé que se trataba de una humorada que algún amigo había organizado para despedirme, al estilo de los cumpleaños sorpresa americanos. Pero cuando apareció el cartelón con leyendas alusivas a derechos, entendí que se trataba de un piquete y que, quizás, iba a tener la suerte de que mi última clase en la universidad, tras cuarenta y cinco años dedicado a esto, terminara en el mismo clima de alboroto político que había cuando empecé la docencia. Los invasores, a los que invité a intervenir antes de que lo hicieran por su cuenta, explicaron con formalidad los motivos por los que llamaban a la lucha en defensa de la enseñanza pública.

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Una vez que se fueron, insté a mis pupilos al seguimiento de la huelga, a lo que respondieron con un clamoroso silencio.

-No iba a decirlo -comenté- pero esta clase, además de ser la última que os doy a vosotros, es la última que imparto en la Universidad y me haría ilusión terminar mi labor docente con una manifestación que podría significar que algo empieza a moverse, porque en mis tiempos yo era de los que iban con la pancarta.

-Cada generación es dueña de su futuro –continué-, la nuestra hizo lo que pudo, ahora os toca a vosotros.

Una alumna de la primera fila preguntó qué se ganaba con salir a la calle.

-Dignidad –contesté. Nosotros no trajimos la democracia, pero, por lo menos, evitamos que la dirigiera Arias.

Como era de esperar no sabían quien era Arias Navarro, no tenían noticia de los miles de malagueños que hizo fusilar contra las tapias del cementerio de San Rafael, ni conocían sus malas cualidades interpretativas al derrapar con pucheros de escolar cuando tuvo que informar por televisión sobre la muerte del dictador.

Así que, algo confundido, continué la clase con el… “como decíamos antes”, sin insistir más.

Por eso los aplausos con los que creían gratificarme me supieron a ceniza. ¡Cuánto me hubiera gustado terminar mi periplo académico al frente de una protesta por los pasillos de la Facultad!

En clase, a veces, aprendes más que enseñas. He tenido alumnos que al cabo del tiempo me recuerdan por las reflexiones filosóficas a las que me atrevía o porque me metía en política. Es decir, trasciende más la personalidad que el conocimiento. También hay cursos activos o pasotas, inquietos o silenciosos, participativos o evadidos. Mi última clase fue una lección sobre el paso del tiempo: no se acaba nunca como se empieza y estos jóvenes no son los de los setenta.

A partir de aquí lo que tengo claro es que a la larga (y quizás a la corta) no voy a tener razón (no tenemos razón porque nosotros, los de antes, parecemos los mismos). Los adultos debemos entender lo que viene, lo que ya está, o aislarnos. Y lo que ya está es lo que hemos generado: una descendencia burguesa, indiferente e inculta en el sentido tradicional del término.

El mundo va a ir por donde lo conduzcan los jóvenes y no por donde a nosotros nos gustaría que fuera. En las movilizaciones de los sesenta del pasado siglo, el impulso provenía de una población joven que aceptó la responsabilidad de pelear por los derechos que maltrataron los golpistas. Las manifestaciones de ahora se siguen nutriendo de aquellos luchadores (se decía) que no han cambiado de estrategia porque aprendieron que los ciudadanos no tienen más opción que unirse, si quieren reclamar justicia social como requisito indispensable para la libertad.

derecho a la salud

Pero los hijos de los juveniles de los sesenta han crecido libres, creyendo que por el mero hecho de serlo se van a mantener los derechos que otros consiguieron para ellos. Las guerras, las represiones y las reivindicaciones les quedan demasiado lejos y les importan demasiado poco. Se creen que porque puedan navegar con libertad por la red no les va a afectar el desmantelamiento de la educación y la sanidad públicas, o que los 216 desahucios diarios que ejecuta la banca tramposa no van con ellos.

Lo que parece que queda por definir es su perfil social (si es que eso no es una antigualla), además del virtual en el que se mueven, y que tendrán que sostenerlo con hechos. Porque, está claro, que alguna vez sedespegarán del rebufo que los arrastra. Para nosotros no hay otra opción que observar y aprender las nuevas tecnologías con las que capacitarnos para entretener a los nietos con responsabilidad. Como hacíamos cuando luchábamos por la democracia.

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